Orígenes de los llamados Bailes Folklóricos en Honduras

Por Rolando Zelaya y Ferrera

Los orígenes de los actuales bailes folklóricos hondureños se remontan al momento del contacto con mundo europeo. Las tradiciones indígenas de danzantes y voladores son reprimidas por la iglesia pero encuentran nuevas formas de manifestación a través del sincretismo cultural y religioso, esto es, de la unión de los elementos culturales y religiosos tanto indígenas como españoles, dando como producto una mezcla de ambas culturas en donde la cultura indígena, como cultura subyacente, sustituye todo su panteón de dioses por las imágenes españolas cuyo culto es permitido por los sacerdotes españoles sin percatarse de que lo mismo es un escape cultural ante la presión de la cultura dominante.

De esta manera comenzamos a ver ritos indígenas bajo la forma de ferias a algún santo patrón, tal es el caso del Guancasco y el Baile de Moros y Cristianos en la región de Intibucá. La Compostura del Maíz es otro ejemplo claro del acomodo de la fiesta a Tláloc para darle gracias por la cosecha como una feria a San Esteban para darle gracias por una cosecha fructífera de maíz. La libación de chicha, bebida hecha de maíz fermentado, no falta en estos rituales así como tampoco la danza, que como en tiempos antiguos, narra luchas entre el bien y el mal para favorecer a los hombres que confían plenamente en sus dioses, y ahora narra los éxitos de los santos en el mismo enfrentamiento.

Sin embargo, el establecimiento de los sistemas de encomienda y repartimiento en el siglo XVII, como formas preliminares de la formación de la hacienda, permite el establecimiento de una serie de grupos sociales en interacción cultural, bajo un esquema más homogéneo. En este sentido, muy importante es el establecimiento del terrateniente feudal y los trabajadores de la hacienda conocidos como peones dirigidos por un gamonal; estos dos antagonistas son los que darán origen a las diferentes formas de bailes folklóricos que encontramos en Honduras. ¿Porque? La respuesta es muy sencilla.

No se sabe exactamente cuando introdujeron los españoles la música y en especial la guitarra a las culturas coloniales, sin embargo es obvio que con el establecimiento de autoridades y el desarrollo de las clases sociales, la misma pasó a formar parte importante en los procesos de socialización al igual que lo rea en Europa. Los poderosos daban fiestas en su casa como una forma de compartir la bonanza económica a la vez de permitir que sus propiedades fueran la vitrina a través de la cuál mostraban el poder que detentaban al interior de “X” grupo social. Los sirvientes, tanto los que laboraban en la casa como en el campo eran testigos de los bailes y las modalidades rítmicas de la época, mismas que fueron copiadas por los grupos menos favorecidos en sus propias reuniones sociales, a menudo animadas con música de guitarras y vigüelas en sustitución de una orquesta.

Lo cierto es que para fines del siglo XVII e inicios del XVIII, las clases menos privilegiadas del sistema colonial, ya poseían sus propias composiciones musicales con ritmos de moda como la polka o el vals, inclusive la moda de las mujeres pardas (pardos se les llamaba a los desposeídos en la época colonial), que consistía en una falda corta había sido sustituida por la falda larga española sin alambrete, es decir, sin la estructura que daba cuerpo a la falda, por lo que esta caía sobre el cuerpo hacia abajo en forma demasiado simple; como una forma de darle más volumen a la misma se hicieron faldas con mayor cantidad de tela y se adornaron con cintillo de color en sus extremos inferiores. La parte superior era copiada íntegramente de la moda de la mujer española. En el caso del hombre, esto no tuvo mayor importancia, ya que todos habían sustituido el sayal por un pantalón corto parecido a los de los pescadores, es decir, apenas por debajo de la rodilla; una camisa simple de amarrar en el pecho y sombrero de mimbre; el machete se colgaba del pantalón a un lado del cuerpo como forma de tenerlo accesible para matar culebras, limpiar el camino o responder ante una urgencia personal.

Se ha recopilado información sobre estos vestuarios, por ejemplo el traje típico colonial estaba confeccionado de tela floreada y vistosa, escotado, llevaba gola y vuelos de un mismo color; con este traje se bailan danzas de salón como La Varsoviana, las Cuadrillas, el Callado, La mazurca, las Polkas. El traje típico de Copán se confeccionaba con telas brillantes de diferente color y trencillas de colores fuertes y variados.  El traje típico de Intibucá se confeccionaba en manta blanca, con ribetes de colores chillantes en medio de la gola, la pechera, los puños de las mangas y las enaguas (falda). En la pechera llevaba botones de colores variados y fuertes.

Precisamente y en cuanto a los colores, era muy difícil que los vestidos fueran excesivamente coloridos (a excepción del de Copán) debido a que los mismos eran hechos de un tipo de tela creado en Mesoamérica y que en tiempos coloniales se conocía como manta india. No se usaban ni caites ni ningún otro tipo de zapato pues no era del rango de los pardos el andar calzados, esto se introduce posteriormente, casi cuarenta años después de la independencia. Pero lo que si es cierto es que para mediados del siglo XVIII ya existía música y danza por parte de los pardos a imitación de los terratenientes españoles y esto seguirá sin variar hasta el final de la colonia, que es cuando comenzarán a introducirse telas de otros colores por ser de algodón, traídos desde México y Europa hacia Honduras.  William Wells, quién visitó Honduras en 1835 cuenta: “Toda la concurrencia se dio luego al placer que para la raza hispana constituye su segunda naturaleza: la danza…es muy raro encontrar entre las muchachas centroamericanas alguna que sea indiferente al baile, por lo general son sueltas, naturales y flexibles en sus movimientos; danzan con un garbo augusto, majestuosos pero a la vez animado, sin la menor tendencia al salto. Los hombres, con pocas excepciones, también bailan bien. Se inició un vals al que siguieron después los cotillones y todos los bailes de moda, a excepción de las polkas modernas que aún no habían llegado al país…”([1]).

Si bien es cierto, los esquemas de baile continuaren vigentes hasta nuestra época, tanbién es cierto que su conformación es lo que nos ha llevado a encontrar en estos bailes algo propio que nos identifica como país y nos une como nación. Posteriormente en el siglo XXX, folkloristas estudiosos del ámbito nacional inician la recuperación de todos los bailes y canciones de la Honduras colonial, mismos que varían de lugar en lugar sin dejar de ser por ello parte de un todo. Música y danza las encontramos juntas en todas las áreas culturales del país. Entre los investigadores del folklore en Honduras podemos mencionar a Rafael Manzanares, Rony Velásquez, Jesús Muñoz Tábora, Nathan Pravia Lacayo, Alma Caballero entre otros.

Las investigaciones han arrojado desde canciones para rondas infantiles como Los Pollitos, A la víbora, Materine rine rero, Arroz con leche, Canto de arrullo Arrurrú, una serie de tonadas campesinas hasta llegar a lo conocido: Flores de Mimé, Candú, La Lola, Priscila, La Valencita, La Valona, Parindé, El Sapo Chiminike, El Barreño, El Torito Pinto, Sós un angel, Sensible despedida, El Pitero, Tat-Sap, El Zopilote, Adios Garcita Morena, El Estiquirín que es una canción de navidad y otras más que sería largo de enumerar.  Cada una posee su propio estilo de baile pero en forma genérica se conoce como xique que es una forma abreviada de xixique, el ruido que hacen los caites al rozar el suelo durante el baile([2]). Bajo este genérico, otras danzas son La Tusa, Sós una angel, La Cadena, Las Escobas, La Pieza del Indio, El Sueñito, las danzas con carambas (instrumento de persución del litoral norte del país) y las danzas criollas de imitación, ya que los criollos, hijos de españoles nacidos en América, también copiaron de los españoles; danzas como ser EL Torito Pinto, LA Coyota, El Gavilán, El Zopilote, La Galopa, El Caballito, El Revuelto, El Guapango Chorotega, El Zapateado o de los Machetes, La Correa, El Barreño, El Jutikile, El Palito Verde; y para terminar las danzas de salón como LA Varsoviana, EL Callado.

En los últimos años se han incorporado las danzas garífunas, propias de una subcultura del nororiente del país llamada Garinagu o Garífuna, de quienes se han incorporado danzas como Uyanu, Abudurujani, Jungu Jungu, Parrandas, Guarini y otras que tiene que ver con rituales propios de su cultura.

Fuentes:
[1] Wells, William, Viajes y exploraciones por Honduras 1857, publicación del Banco Central de Honduras,1978, pag.182.
[2] Muñoz Tábora, Jesús, Honduras: Folklore y Educación,  Editoria Guaymuras, 1973, pag.79.
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