Poeta dominicano Fausto Leonardo Henríquez, que residió en San Pedro Sula, ganó Premio Mundial de Poesía.

Prólogo

Para realizar esta pequeña introducción, a modo de prólogo, al libro Gemidos del ciervo herido del poeta dominicano  Fausto Antonio Leonardo Henríquez, residente en Espala como miembro de la Congregación de la Misión (PP. Paules), nada mejor que traer aquí el juicio que suscitó en los que tuvimos la dicha de formar parte del jurado de la XXIX edición del Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística.

Elegimos esta obra como la que  mejor reflejaba el espíritu del Premio. De una parte, representa la búsqueda de una experiencia personal trascendente y, de otra, es un auténtico itinerario de la mente hacia Dios. Como experiencia mística se nos ofrece una interlocución excelsa entre el hombre y Cristo, un camino este de los Gemidos del ciervo herido que se remansa  en tres partes y que anhela anegarse, al cabo, en el gozo de la luz. Poesía  y encuentro místico  se adecúan con nítida sencillez: la desnudez versal se corresponde a la espiritual y la tradición mística (Cantar de los Cantares,  el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz) se trenza con nuevos hallazgos expresivos y formas versales de libérrimos ritmos.

Al leer el poemario por vez primera, procuramos responder a una pregunta central: qué  valores encontramos en este rapto que nos propone Fausto Antonio Leonardo Henríquez hacia las esferas más elevadas del espíritu? Y la respuesta deviene -como ya algún estudioso ha dicho- inmediatamente un anhelo de santidad,  hacia lo infinito, hacia el éxtasis.

Gemidos del ciervo herido presenta una poesía que busca objetivar una experiencia de aridez religiosa, no sin momentos de místico gozo. El  yo poético se yergue  solitario frente al rigor de los elementos: El frío, la bruma,  las sombras, el viento,  el declinar del día y de las cosas.  Hay una voluntad poética de búsqueda, que es también una superación de adversidades y tribulaciones. Esta lucha es  contra el vacío que acosa al universo exterior, y que amenaza al poeta: De  ahí la cierta fragmentación de su visión, el sentimiento de tribulación, de pesadez al avanzar. La salvación del sujeto lírico se cifra en sus apóstrofes a lo alto: Un fondo de impetración traspasa esta poesía;  aún cuando el poeta no increpe de modo explícito, lleva el tizón de la súplica en los labios, y se lanza hacia adelante con el ímpetu de la fe. Toda esta densidad de contenidos se combina con una cuidadosa expresión formal,  que ofrece sugerentes relieves compositivos.

Este poemario expresa,  con dominio y destreza literaria,  en tres partes, bien estructuradas: a) el balbuceo y la súplica al Verbo en medio del ejercicio ascético y la conquista de la virtud; b) la mística alegría y experiencia de amor en la soledad, el silencio y la purificación; y c) la celebración litúrgica que acompaña a la humanidad del Verbo. Es una poesía testimonial que, por la forma de comunicar la superación, la esperanza y el gozo de lo divino en lo humano, y de lo humano en lo divino, nos ha merecido, como miembros del jurado, nuestro más ferviente  aplauso.

Si como dijera Fernando Rielo en 1985, en la sede de la UNESCO, con motivo de la Vª edición del Premio de Poesía Mística que lleva su nombre,  “La poesía es forma de una cultura que pasa por una espiritualidad insobornable”, Gemidos del ciervo herido hace gala de este aserto del poeta y pensador, pues nada aleja a esa voz lírica mística de su cabal sentido del amor a la verdad y todo la aproxima a una axiología  cristiana del hombre de hoy. También por eso era nuestro libro,  nuestro poeta y nuestra voz en su voz.

Rafael Fernández Hernández
Profesor de Literatura
Universidad de La Laguna

TENGO SED.
¿Adónde vas cervatillo? ¿Qué es esa ansiedad
que te consume? Avanzas por lomas
y llanos en busca de aguas vivas; acezas,
jadeas, te entristeces. No hallas
la Roca que mana cielo.Nada te sosiega, salvo ÉL, su gloria,
su rostro transfigurado.La belleza de estos valles
no te calman, no sacian tu hambre.

Solo tu rostro hará descansar mi locura.
Ay, Amado, mira mi agonía,
el fuego que me quema sin consumirse.

Sofócalo con tu abrazo.
Cervatillo, se agranda tu pasión por ÉL.
Te subes a los riscos y allí
oyes su rumor y te provoca.

Ay, Roca mía, detente, descúbreme
tu rostro. Llévame contigo a tu Gloria.

Apaga estas llamas,
esta sed infinita deberte. Termina
ya este rito de seducción, “tú sabes
que te quiero”.

AGUIJÓN
Pervivo ensartado de un aguijón,
hondo me amanece
terrible es su mordida,
mis pasos recaen en su veneno.Todas las colmenas de abejas son este aguijón.
Me duerme con su cicuta, se ríe
de mis fuerzas. Burla de mis plegarias
es este gusano que recorre mi habitación.Da coces contra mí como un animal.
Este aguijón es del tamaño de mi cuerpo.
No se cura extrayéndolo. Duele más
extirparlo que su furia.

No hay huerto de olivos en que no me haga sudar angustia,
ni cruz en que no me haga sentir abandono.
Oh, espada del tábano, ¿por qué provocas mi frente?
¿A qué viene tu filo en este meridiano?
El aguijón –no es materia- pulula en mi cuerpo
con Tizón goteando furia.

Un punzón husmea mis llagas.
Sácame esta aguja
que me pasea el esqueleto.

Detén este tormento que relampaguea
en las profundidades de la sangre. Calma
la tormenta de este antidiós. La casa
que me dieron es un enjambre. No puedo salir
de ella porque es cielo herido el que tengo.

La muerte me pesa, se anuda en mi pecho
como un coágulo de oscuridad.

LÁMPARA
Mi lámpara, con sus ojos abiertos,
te ha esperado. Le pesan los párpados,
el cielo sin luna.Mi lámpara respira profundamente,
se espanta el sueño. El aceite se consume,
el ansia prolonga tu llegada. ¿Es que
no ves su boca reseca de angustia? ¿Por qué
la abandonas con su pabilo sin Padre?Las sombras llaman, piden asilo.
Se derriten mis párpados. Ponle esperanza
A mi lámpara, que no basta el aceite. Abriga
su mecha con alas,
no se apague su pupila.

Años de vigía
es esta noche única. Eternidad, la aurora
que llega sin llegar.
Resiste, lámpara, ya viene el Sol.

 

 

 

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