LA MESA QUE MÁS APLAUDE

DESDE esta columna, hemos apoyado ese diálogo auspiciado por la ONU ya que no hubo forma que los políticos se sentaran a platicar por cuenta propia, como líderes sensatos, a discutir los ingentes problemas del país que solo competen a los hondureños, prescindiendo de chaperones internacionales. Da pena no tanto que hayan sido incapaces de acercarse por sí solos, sino que ya una vez iniciadas las pláticas –no con los jefes de los partidos sino con emisarios que enviaron a las dos docenas de rondas preparatorias– sigan insistiendo en el tema de traer mediadores de afuera a terciar en los asuntos soberanos de Honduras. Los metiches, por lo general, traen su agenda propia de figuración no siempre en consonancia con los intereses nacionales. A lo que vienen es a que les coloquen una estrellita en la solapa para encumbrar su imagen y, de paso, encasquetarle al país maquetas plagiadas de sus ambientes –que a veces ni funcionan bien en los mismos países de donde las calcan– desconociendo que la historia, la idiosincrasia y la identidad de estos pintorescos paisajes es cosa distinta de lo que vienen a empujar.

Qué mal resabio ese que la xenofilia le ha inducido a la incrédula sociedad, pidiendo prestada hasta la confianza ajena para agudizar la enfermedad que se padece. Para que nada camine si no es con ayuda importada. Que las parapléjicas instituciones no puedan rodar si no es que de afuera vienen –expertos, mediadores, acompañamientos– a empujarles las sillas de ruedas, perpetuando su tullidez. Dicho lo anterior –que a nadie debe enorgullecer– después de un año de piruetas de circo y apangadas infantiles, desde que estalló el conflicto, sin que los actores de la reyerta pudieran sentarse a discutir los temas urgentes mientras duró la crisis, por fin lograron arrancar. Montaron cuatro mesas temáticas. Sin embargo, pese a que sacaron sus votos y algo representan, hasta ahora invitan a los partidos chigüines para que se integren. Pero de mirones, tal vez con voz pero sin voto, sentados en los pupitres donde discutirán la agenda para alcanzar acuerdos. Por consenso; término que cada cual interpreta a su manera. Con razón estos se muestran reacios a participar como platos de segunda mano. Han exigido que les coloquen una quinta mesa para asuntos sociales y de seguridad. Sin embargo, los socios fundadores del club –según versión ofrecida por Igor– se opusieron a la mesa que más aplaude. No quieren otra mesa porque durante todo un año que duró la preparatoria mucho hicieron –durante ese largo proceso de “inducción y de aprendizaje”– para convenir sobre los asuntos objeto de análisis de las 4 mesas instaladas.

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Papo, ¿hasta qué nivel de descomposición ha llegado este enredo, que para sentar políticos a platicar ocupen de un año de “inducción y aprendizaje”? Como catequizar herejes. O enseñar a leer y a escribir a analfabetos. Si es un diálogo. Cualquiera platica, en una banca, en el parque, en el bar, en la fiesta, en la kermés, en el restaurante, a la orilla de la carretera comiendo pupusas o elotes asados. Para eso no se ocupa más que voluntad de sentarse a platicar. En este caso específico, con miras en los intereses del país no en los personales. ¿Qué tanto cuesta, si se trata de conversar, incorporarlos a todos, menos a los que han sido convidados que se resisten a asistir porque su agenda es otra, no la del diálogo? Al diálogo están incorporando como observadores a todo interesado que quiera ir a mirar, a contemplar, a vigilar, a sintonizar, a holgazanear o simplemente a curiosear. Están llenando salones con asesores nacionales e internacionales, conocedores en temas de derechos humanos, constitucionales, reformas políticas, seguridad, tarjeta de identidad, presos y reos, amnistía política, plebiscito y referéndum, en fin, el mar y sus conchas, mientras esperan que se incorporen los que fueron a solicitar a la OEA, como si la ONU no tuviera expertos suficientes. Este proceso, es chiquito, es un reflejo de cómo estamos. Pero de terapia por lo menos ha de servir.

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