NUESTRO OTOÑO

19 octubre, 2014 Sección Editorial

arquero3AUNQUE desde época remota se repita que en Honduras sólo hay dos estaciones, la verdad es que los rayos solares se desplazan por sobre el territorio nacional, según sea la inclinación del eje magnético y según las traslación elíptica del planeta, lo que induce que  también en países tropicales como el nuestro, se registren algunas señales distintivas de las cuatro estaciones. No tan claras como ocurre en los países nórdicos, o en los territorios australes. Esto lo saben muy bien aquellos que conocen algo de “geografía física”, y que comprenden que la repetición verbal de las dos estaciones, conecta con la percepción distorsionada de los primeros conquistadores españoles, que así bautizaron a la temporada larga de lluvias, y a la ausencia de las mismas, como invierno y verano.

Pero el hecho científico es que ahora mismo en Honduras se experimenta el otoño, una de cuyas características es que puede ser perfectamente lluvioso. Como lluvioso suele ser, un poco antes, el ardiente verano, cuando nuestros campesinos siembran los primeros granos de maíz. Naturalmente que el otoño hondureño, que coincide con los meses de septiembre y octubre, es más peligroso por aquello de las inundaciones y de los posibles huracanes, con las respectivas tormentas tropicales. Pero también nuestro otoño puede caracterizarse por unas leves vaguadas y unos vientos bienhechores, tal como se experimentaban en la Tegucigalpa de hace unos cuarenta años aproximados.

En Honduras, con raras excepciones, hay dos estaciones claramente secas, que son el invierno y la primavera, que coinciden con la mitad de noviembre hasta alcanzar los  primeros cinco meses del año siguiente. Esto significa que el invierno tropical es seco y a veces muy frío. Y lo mismo ocurre, hasta cierto punto, con la primavera, que suele ser floreada pero de temperatura cálida. Lo común es que de noviembre hasta finales de abril casi nunca llueva. Por eso los torrenciales comienzan, por regla general, en el verano de los “julios”, hasta alcanzar la hermosa época del otoño, en el mes de octubre, en que se siembran las milpas y frijolares de primera y de postrera.

Los anteriores son aparentes tecnicismos habituales en la vida de los europeos, canadienses, chinos, rusos y japoneses, que no necesitan aclaraciones de ningún tipo, porque viven cada estación en forma muy diferenciada. Aunque allá también llueve en el otoño; y nieva en el invierno. En Honduras, en cambio, hemos repetido una desinformación durante siglos, en tanto que apenas algunos poetas, con buen olfato, han logrado identificar las pequeñas diferenciaciones de nuestras cuatro estaciones. La verdad es que este tema debiera clarificarse en las aulas escolares a los niños y a los jóvenes, en las asignaturas de “ciencias naturales” y “estudios sociales”. Pero habría que empezar por los estudiantes universitarios que se preparan para impartir clases en los colegios y escuelas, a fin de que se evite la repetición absurda que en Honduras sólo hay dos estaciones, con lo cual se exhibe una ignorancia innecesaria, que se puede comenzar a solucionar ahora mismo.

Por regla general el otoño, con sus hojas amarillentas cayendo lentamente de los árboles, bajo el gozo que produce un clima agradable, es algo que se vive en casi todos los países del mundo, con la excepción que en territorios tropicales como el hondureño, de unas décadas hacia el presente, se corre el riesgo de sufrir las tormentas destructoras de cosechas, de vidas y de las infraestructuras físicas vulnerables. La experiencia catracha ha sido dolorosa en este esquema, con el agravante producido por los humanos mediante la deforestación continua y la erosión de los suelos. Por eso en las sociedades civilizadas, desde tiempos muy antiguos, sobresalían las élites mayas, egipcias y sumerias, ya que se preparaban, sistemáticamente, en el conocimiento de los astros, de las estaciones, de los números y de los climas, a fin de reducir los riesgos imprevistos.

“POR LO QUE SE MIRA”

18 octubre, 2014 Sección Editorial

arquero3TANTOS son los pesares que aquejan, y a veces tal la impotencia de enfrentarlos, que el resignado auditorio mejor hace broma de sus aflicciones: “Supiste vieja –le dice el marido a su mujer– que además del dengue y el chikungunya nos viene otra peste”. “¿Otra, viejo –le contesta– qué tuerce, cuál peste es esa?”. “Es el DÉBOLA, vieja –le responde el marido– el débola… eso fue lo que escuché”. “Eso ya ratos que nos pegó, viejo –interrumpe la doña– débola luz, débola pulpería, débola agua, débola casa, débola escuela de los cipotes…”.

Aquí, que no son frecuentes los temblores, este último sacó tremendo susto, cuando muchos se empijamaban para acostarse a dormir. No hay peor espanto que no saber qué hacer frente a un azote desconocido. Para desbordamientos, derrumbes, inundaciones y huracanes el país medio se ha preparado. Y a lo otro se ha resignado. El dengue, ya es parte de la desgracia nacional todos los años, así como la gente se fue acostumbrando a los incrementos semanales de la gasolina. En esta temporada son unos 22 mil casos de dengue que se han reportado. Este año sorprendió el virus de chikungunya. Semanas han pasado desde que el mal sorpresivamente atacó la Villa de San Francisco, suponen, debido a que unos religiosos venían contaminados de El Salvador. Cuando aquello provocó pánico, las autoridades informaron haber enviado a hacer unos 80 análisis a un laboratorio de los Estados Unidos, por casos sospechosos. No llegan aún los resultados, hasta el fin de semana, pero creen que van a ser positivas. Por el momento solo pueden diagnosticar “por lo que se mira”.

Mientras, comprueban a ciencia cierta lo que se mira –reconforta, hacemos la salvedad, que haya una buena y diligente ministra de Salud– se han dedicado a fumigar, a dar pastillas a los enfermos empapados de calentura y con fuerte tronazón en las articulaciones, feas náuseas y dolor de cabeza, erupciones en la piel, como a acordonar la zona para evitar la propagación. En las últimas horas confirman que ya hay chikungunya en el país y que la población debe tomar las medidas de precaución y prevención. Si fueran tan amables de compartir, ¿cuáles podrían ser esas medidas que debe tomar la población para espantar zancudos, o evitar el contagio? Recomendaciones sobre tomar medidas nada hacen si no se explica en detalle cuáles sean y ofrecerlas en forma repetida para conocimiento del ávido auditorio. Escuchando a uno de los expertos de Copeco, consultado unos minutos después que se sintió el hamaqueo, sobre cuáles medidas tomar en caso de estos temblores, dijo con palabras algo sofocadas, pero enfáticas para que escucharan que provenían de alguien que conoce de estas cosas: “Hay que mantenerse tranquilos y estar pendientes de la información”. Papo, si esa es toda la ilustración que ofrecen los expertos, cuando la gente lo que quiere saber en la tembladera, es ¿dónde meterse, cómo protegerse, cómo evitar que le vaya a caer algo encima? Agarre focos y agua, agregan. ¿Para qué? Deberían ser más específicos. ¿Para alumbrar el temblor o por si atacan los apagones y regresan los racionamientos? Escasa cultura hay para orientar sobre cómo protegerse de calamidades infrecuentes.

Si con enfermedades tropicales estamos a “lo que se mira”, que nos agarren confesados si llega ese ébola africano que nada tiene que ver con los frijoles de Etiopía. Ya les advertimos que hay miembros del ejército salvadoreño en misiones de paz en Liberia. En el estado de Dallas, en los Estados Unidos, acaban de diagnosticar el primer caso de ébola contraído dentro del país, y se trata de una trabajadora que había atendido a un liberiano fallecido. Pese a que la enfermera usó guantes, máscara, ropa de protección y escudo cuando atendía al paciente. Allí anda la OMS y la OPS con unos trajes espaciales en caso que algo suceda. Ojalá no venga ese ébola y, dada la fatalidad, ojalá no vayamos a estar a última hora tratando “por lo que se mira”.

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