Sobriedad política-analítica

Columnistas  16 Julio, 2009

BARLOVENTO:

Segisfredo Infante

Segisfredo Infante

Las situaciones cualitativamente nuevas, ocurridas tanto en Honduras como en América Latina, han provocado profundas confusiones nacionales e internacionales. Y aunque existan interesantes analogías históricas lejanas o recientes que jamás de los jamases deberemos desdeñar, los hechos actuales han traspasado los límites de las realidades conocidas, generando fenómenos inéditos que hacen trizas de los viejos formatos ideológico-políticos, y que por tanto merecen un análisis aproximativo cargado de sobriedad cerebral. Desde luego que corremos el riesgo (advertido por el pensador liberal Karl R. Popper) “del ensayo y del error”. Pero es nuestra obligación moral buscar un camino analítico intermedio, desapasionado, para compartirlo con los demás; alejándonos, en la medida de lo posible, de la vieja tentación sectaria o antidemocrática de imponerles nuestras ideas o percepciones a las personas que opinan diferente. Tal es la esencia de la democracia política en los regímenes en donde se respiran los aires de la libertad espiritual auténtica; situación que es imposible en los regímenes totalitarios de ultraizquierda o de ultraderecha, como en el caso del malcriado comandante venezolano que pasa amenazando la dignidad y la soberanía de un pequeño país indefenso llamado Honduras.

Pues bien. En múltiples artículos, desde hace más o menos quince años, nosotros veníamos advirtiéndole a la clase dirigente hondureña (política y empresarial) que el neoliberalismo de burbuja y el sectarismo político tradicional le estaba dejando demasiados espacios abiertos a los demagogos que tarde o temprano terminan endulzándole los oídos al pueblo marginado y alzándose como seudomesías prometedores y generadores de nuevas calamidades concretas. Parecía que hablábamos en la soledad casi absoluta de un desierto inhóspito. Ahora los hechos han demostrado que nuestras advertencias bienintencionadas presagiaban, muy a nuestro pesar, situaciones apocalípticas reales. Sin embargo, al margen del curso positivo o negativo de los nuevos acontecimientos políticos y económicos nacionales e internacionales, se detecta en la atmósfera la posibilidad de darle una sacudida al sistema político hondureño, sin perder para nada el contenido democrático y republicano de aquellas instituciones públicas que ya poseen un valor universal.  

Por supuesto que muchos desean (sobre todo los del pequeño bando ideológico más agresivo), arrastrarnos hacia el territorio de la confrontación verbal excesiva y, de ser posible, de la confrontación física. Aunque ellos pregonan el concepto de “democracia”, en la vida real rechazan a cualquier persona que disienta mínimamente de sus “verdades absolutas”. En el fondo de sus corazones siguen siendo los totalitaristas de siempre que causaron estragos humanos y económicos durante el siglo pasado. Nosotros haremos todo lo posible por mantenernos en nuestras convicciones socialdemócratas y en el pacifismo activo que predicaba con el ejemplo Mahatma Gandhi, ya que hemos observado que en los últimos tiempos los neopopulistas han abandonado las lecturas, las teorías y las ideologías para sustituirlas por el esquema constante de la ofensa de bajísimo nivel y por las amenazas personales de todo tipo. En el neopopulismo actual (sin olvidar el peronismo de los anarquistas argentinos de hace más de sesenta años que perseguían a escritores universales como Jorge Luis Borges) hay una extraña mezcla de neofascimo con ultraizquierdismo incógnito. Naturalmente que existen, en América Latina, individualidades de izquierda respetable que muy poco o nada tienen que ver con el neopopulismo rampante de estos aciagos días de intolerancia casi extrema. (Inácio “Lula” da Silva es un ejemplo loable de un hombre de la vieja izquierda moderada realmente democrática). 

En cuanto a la sacudida pluralista que proponemos para todos los partidos políticos hondureños del signo ideológico al cual aparentemente pertenezcan (sobre todo los más grandes), debemos comenzar por evitar la tentación de la intolerancia que nos han hecho padecer, en fecha reciente, los neopopulistas. Hay que incluir en las estructuras de dirección partidaria a las personas más humildes históricamente excluidas que provengan de todas las zonas del país. No se trata –lo hemos repetido algunas veces— de aglomerar cantidades de individuos manipulables dentro de los viejos esquemas sectarios de la política rencorosa ultramontana. De lo que se trata, más bien, es de agregar sin muchos trámites a las gentes pensantes, con opiniones propias y con capacidad para enriquecer la diversidad democrática heterogénea. Sospecho que tenemos, todavía, la oportunidad histórica de democratizar, hacia adentro y hacia fuera, a los partidos políticos tradicionales. De lo contrario deberán aparecer nuevas agrupaciones masivas con liderazgos genuinos que entiendan el funcionamiento de las democracias reales antitotalitarias, en tanto que el excesivo “calculismo” coyuntural, en función de intereses personales inmediatos, ha quebrantado el alto perfil de los viejos partidos “de masas”, sin exceptuar del problema a los mismos partidos pequeños. No perdamos la gran oportunidad histórica. (sinfante1@yahoo.es)

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