Temporada de adviento

MC
/ 2 de diciembre de 2018
/ 12:36 am
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Temporada de adviento

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PARA la “civilización occidental”, y los países occidentalizados, es de primerísima importancia la “Temporada de Adviento”, que justamente comienza este primer domingo de diciembre. Se trata de la fecha simbólica anual en que se prepara el advenimiento del Redentor del mundo, es decir, del Rabino Jesucristo, que se festeja, litúrgicamente en la Iglesia Católica, con el hermoso color morado. Y de distintas maneras en los grupos humanos afines a las iglesias protestantes, también llamadas “evangélicas”. Desde ya se respira un ambiente de alegría y de posible hermandad, incluso en sociedades pobres y extremadamente pobres, en tanto que la luz redentora ilumina el horizonte de la humanidad, hoy por hoy enzarzada en tantas confusiones y problemas inéditos de diversa índole.

En Honduras, particularmente, la larga temporada navideña se presenta propicia para recapacitar sobre los caminos andados, positivos y negativos. Pues resulta que hace poco más de diez años un personaje malcriado oriundo de lejanas tierras suramericanas, vino a inyectar odio insustancial entre los hondureños, con propósitos ulteriores, que han coadyuvado al deterioro físico y moral de nuestro pueblo. Los hondureños como individuos y como sociedad, se habían caracterizado por su capacidad de diálogo, comprensión y pacto frente a cualquier adversidad natural o humana, exceptuando aquellos lejanos momentos de las montoneras improvisadas y de las guerras civiles del siglo diecinueve y comienzos del veinte, que al final nunca condujeron a casi nada bueno.

Sin embargo, la Navidad se ha presentado siempre como una oportunidad para desembarazarse de los rencores reales o imaginarios, y de los verdaderos agravios. Los seres humanos, que por principio de cuentas debieran inclinarse en favor de la hermandad de la especie, por aquello de la racionalidad moral, encuentran en la temporada navideña y de año nuevo la gran oportunidad de reconciliación y de confraternización humanas, habida cuenta que las diferencias antagónicas, ambiguas o no antagónicas, al final de la tarde son superadas por la historia misma, siempre y cuando convivan dentro de una auténtica civilización, con una cultura interior sólida, que sabe amortiguar el choque de los contrarios.

Es curioso que hasta los mismos ateos y agnósticos celebren con cierto fervor la Navidad. Los niños, los ancianos, los abuelos, los amigos genuinos, la buena música y los novios querendones, suelen ser el motivo principal que conduce a esta confraternización especial, en distintas sociedades. Pero también las personas hambrientas, enfermas y desamparadas, que arrancan del corazón el más noble sentimiento de auxilio mutuo. Una taza de café, un chocolate caliente, un pastelillo oportuno, un nacatamal, un abrazo espontáneo, un pequeño aguinaldo, pueden convertirse en los símbolos de la paz y de la búsqueda del bienestar de todos los hombres y mujeres, al margen de las ambiciones desmedidas y de cualquier consigna ideológica perturbadora. Es el símbolo del Niño en el pesebre cálido de Belén, el que alimenta la ilusión por un mundo mejor. Una ilusión que podría convertirse en realidad, a pesar de los predicamentos apocalípticos.

Sería aconsejable que en esta “Temporada de Adviento” que hoy se inicia, los dirigentes y líderes hondureños sintieran la poderosa necesidad de abandonar sinceramente sus egolatrías, y llamaran por teléfono a los supuestos adversarios, toda vez que los intereses de la hondureñidad debieran colocarse por encima de las aspiraciones sectarias, de los caprichos estériles y de las verborreas vacías. El encono sólo podrá conducir hacia otro encono. El abrazo fraterno habrá de conducir al bienestar espiritual y a la fraternidad.

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