Devotos de dos estrellas

MC
/ 7 de diciembre de 2018
/ 12:09 am
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Por: Óscar Armando Valladares

Se avecina la fecha en que la comunidad cristiana recuerda -y el comercio mercantiliza- la nacencia del Mesías. Adviene, de igual manera, la finitez de 2018 y, de sus cenizas, el brote del año entrante con sus doce momentos inciertos.

Con tanteada antelación, apresta sus escenarios el régimen mercantil a la luz de precisos artificios: el árbol atestado de rutilantes esferas y de bombillos multicolores que con móvil apariencia alborotan las miradas; a la vez el papel impreso y los avisos cantados animan la temporada y el producto ofertado se promete -por enganches atractivos- a precios de quemazón, con inclusión del “Black Friday” que la lengua popular traduce “Black Fraudei”.

Amén de que este juego bursátil no congenia con el prístino mensaje de Jesús – como que montado en cólera echó del templo al mercader-, la tradición navideña carece hoy más que ayer del encanto y sencillez de tiempos idos -mayor pobreza, compleja desigualdad, modernidad consumista, corrupción, diáspora familiar…-, aunque para quien chapotea felizmente en su opulencia le importa eso un comino y enfada a su entendimiento que se oreen cosas de índole tal que, a su sabor y saber, inventa en el país la envidia politizada.

Por descontado se da la disparidad al uso: en el comedor suntuoso el festín pantagruélico del cerdo asado a la parrilla y el pavo a la americana en medio de otros manjares y burbujeantes bebidas; la familia, bien vestida con los trajes del estreno; los chicos, entusiasmados con los presentes de finísimo envoltorio, bajo el árbol, -¡ah, el árbol iridiscente!- en cuya punta apunta regia estrella palpitante en amena sintonía con las doce campanadas de la torre relojera, en tanto la vigilancia -en las airadas afueras- asegura la defensa para que nada ni nadie ose romper la quietud domiciliaria, excepto -llegado el instante- la burlada cohetería que habrá de atronar en torno del alto enrejado.

En contraste, la otra Honduras, la otra marca de país, la rural, la de barriada. En las mínimas viviendas que se alzan en los contornos y en las filas de casucas que componen cuarterías; en suma, la pobrería que habita en ellas, que asumen en ancha medida la carga de los suyos, tantos en condición de emigrados, ¿qué alegre Navidad le espera y conforta, cuando otra estrella, por más seña solitaria, profundizó aún más su infortunio ancestral? Resignada y pastoreada por la prédica evangélica-católica que le infunde mansedumbre y le vende por el diezmo bienandanza celestial, pasará su 24 y el ulterior 31 como dos días iguales, sorbiendo un café tardío, un nacatamal modesto y, si alcanza, una torreja o un trozo de ayote en miel; gris y amarga realidad -como la tamaca angélica- ordinariamente alumbrada por un foco de luz privatizada, en derredor de la cual ha de yacer un nacimiento de figurillas de barro y un can aguacatero.

Lo que allí quizás no habrá son obsequios, aunque sí abrazos y votos mutuos; tampoco mudada de primera, ni especial seguridad en la noche buena; antes, como cualquier noche mala, el crimen encostalará sabrá Dios a cuántas almas, mientras la pólvora estalla y fulgura, y a fe que la autoridad llegará al rayar el 25 a cumplir su rol de “juntacadáveres”, al par de que la extorsión no dejará de figurar en el proscenio del crimen.

Así pues, recapitulando, ¿qué fruto estelar invocan los que -siendo causantes- propugnan una celebración decembrina en plena paz, que nadie arruine? ¿La estrella de Belén, guía y conductora -según Mateo- de tres magos al pesebre del ungido Rey de reyes?; o, en rara confusión, ¿la solitaria estrella de un gallardete político, cuyo fulgor temporáneo de una década continúa dando luces al acceso privado de una vida mejor? Y en esa confusión, o más bien bifurcación astronómica-gastronómica, ¿no es en la que viene incurriendo -con amagos de castigo- parte del ala liberal plegada al plumaje azul?

Puesto que la “Navidad catracha” sigue revocada con ese mismo color, a repasarla íntimamente en los entornos configurados, entre los cuales podrán hallarse relativas gradaciones sociales que, por los duros costes de la energía, ya no visten de luces las puertas y ventanas.

Fiados en una esperanza no aguardada porque sí: construida de alguna forma, devendrá la “redención” que buscara Morazán en su bregar y Molina deslizara en su poesía, para que al final de mejores y halagüeños doce meses pueda invocarse -con disminuidos embustes- el deseo tantas veces formulado de “felices pascuas y venturoso año nuevo”.

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