De días y Enjambres

MC
/ 13 de diciembre de 2018
/ 12:01 am
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Mi primera reacción frente a la obra de Celsa Flores denominada “Enjambre” y parte del proyecto “Instalaciones” que se exhibe en el Centro Cultural Español (CCET) fue la de asombro. Perplejidad ante un trabajo dividido a su vez, en dos espacios donde se juntan una infinidad de elementos y que una primera mirada, mi cerebro se negaba a entender. No es una obra de fácil consumo, pensé, eso sin duda. Y no fue hasta una segunda mirada, incluso una tercera, más pausada e introvertida que logré descifrar un poco de lo que la artista nos quería transmitir: La sensación de la colmena exiliada, que furiosa es obligada a desplazarse hacia otro destino, incierto en si mismo, pero con una probable llamada, de esperanza.

Debo confesar que pude también escuchar en mi cabeza, sin necesidad de recurrir a auxilios auditivos, las abejas trabajando, chocando entre sí, peleando, construyendo afanosas los paneles de cera desde donde gotea la miel. Luego pude oler el humo, el choque de otro enjambre que viene a desocupar al presente y pude sentir la furia, el desconcierto, la desorientación de la huida. Y pude permitirme experimentar todo esto, porque hace muchos años, mi madre tuvo que huir también de un país que empezaba a sentir los embates de un conflicto armado que escalaba día con día y desde donde la acompañamos sus hijos e hijas. En nuestro caso, la guerra se desarrollaba en las calles y en la casa, este último, tal vez el único espacio donde es casi imposible huir, porque es una de las cárceles más aceptadas y toleradas para las mujeres: Nuestro lugar. Pero por otro lado, también recordé que poco tiempo después de llegar a casa de mi abuelo, que nos recibió en medio de risas y chistes, mi tía instaló muchas colmenas a los dos lados de la calle donde teníamos obligadamente que pasar para alcanzar la calle y no solo una vez mis hermanos llegaron con el rostro hinchado de las picaduras de abejas, bien por haberlas molestado, bien por haberles querido robar la miel. Así aprendí a transitar entre cuerpos diminutos y aguijones, procurando moverme al mínimo, hablar con ellas, sentirlas. Aprendí de sus humores colectivos, de sus iras bien conocidas y hasta de los días alegres, donde solo se escuchaba un run-run afanoso y diría, casi feliz. Aprendí a conocerlas y creo que ellas a mí, más debo decir que la única prueba que tengo de ese completo entendimiento es que jamás, ni aun cuando se enredaban en mis colochos de niña-adolescente, ninguna de ellas, dejó su aguijón en alguna parte de mi cuerpo.

Resumiendo, todo eso fue parte de la experiencia que tuve cuando me atrevía a acercarme a esa obra, que tanto esfuerzo debió costarle a la artista. Ella misma, abeja, ella misma desarraigada con todo un pueblo que transita, ella misma parte de esa colmena. Ella misma y yo, la escritora que contempla con el corazón en el camino y una fuente inagotable de amor entre las venas.

Celsa Flores: (Biografía libre): Es una de las más reconocidas artistas plásticas hondureñas, con más de 35 años de experiencia. A pesar de dedicarse a un arte en específico, congenia con todas las artes, es lectora incansable y escritora a su modo, es parca para hablar de sus virtudes pero pese a ello una de las más cultas y divertidas conversadoras con las que me he topado. Gestora cultural sin llamarse como tal, tiene un corazón que se emociona con la belleza o la injusticia y una mente curiosa y abierta al mundo. Amiga, me gusta llamarle.

Jessica Isla

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