Amor carcelario

MC
/ 16 de diciembre de 2018
/ 02:42 am
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Por: Dagoberto Espinoza Murra

Por una afortunada coincidencia, cuando el poeta Valladares (licenciado Óscar Armando Valladares) llegó a mi casa, yo estaba en la sala viendo un programa de televisión y, cuando él se aproximó a mi asiento, en esos instantes apareció el programa que con gran sentido patriótico, nos muestra el joven Emilio Fonseca. Son –le dije al poeta Valladares– verdaderas cápsulas históricas de Honduras, pletóricas de civismo. Emilio recurre a dos autores casi olvidados: Rafael Heliodoro Valle, polígrafo nacional, autor del libro “Tierra de pan llevar” y al gran pedagogo, ingeniero Pompilio Ortega con su libro “Patrios lares”, así como de otros autores hondureños.

A Emilio lo conocimos cuando caminaba, acompañado de su padre por una de las aceras del Barrio Abajo “de la capital” y desde esa fecha tuvimos varias conversaciones, en las que siempre afloraba su vena de poeta. Su padre más bien se valía de cortos ensayos, pues sostenía que cuantas menos palabras contiene un artículo la gente los lee y los asimila con mayor precisión.

Después de algunas apreciaciones a la obra televisiva de Emilio Fonseca le dije al amigo Valladares que este joven me obsequió un en febrero de 1995 el poemario titulado “Carcelario”, magníficamente ilustrado con fotografías del artista nacional y Arturo Sosa y que, durante el mes que yo estaría fuera del país me gustaría lo leyera detenidamente para que, a mi regreso, discutiéramos el contenido de ese pequeño libro.

A mi retorno a la patria, le pedí al poeta Valladares que viniera a la casa para que le diéramos seguimiento a lo que habíamos dejado inconcluso de la obra poética de Emilio Fonseca.

En un par de horas ya estábamos platicando sobre el tema y noté que el amigo con frecuencia sacaba de sus bolsillos una página con un texto escrito a máquina para leerme algunas de sus apreciaciones.

Con todo respeto le pedí al poeta Valladares me entregara la hoja que él portaba ya que la encontraba muy interesante y me gustaría que tanto Emilio como otros lectores conozcan la opinión de alguien, como el poeta Valladares que es un avezado crítico literario: He aquí lo que encontré en aquella página ya ajada por el tiempo:

“He podido concluir que en los treinta breves poemas que conforman “Carcelario” palpita en logradas imágenes de hombre leído el tema recurrente del obsesivo amor y de las penas y alegrías que de él suelen emanar, según el oleaje sobre el cual transita: soledad, nostalgia, tristeza, silencios, adioses, resignaciones, olvidos aparentes…: “Sus labios de amor navegante/ ahora se alejan./ Secaron su mar en mi tiempo/ y su luz en mi arena./ Salieron a ser fantasía/ y salvaje belleza./ Sus labios me dieron la vida/ y ahora me dejan…”. “Me hubiera gustado quererla/ para siempre…/ Me hubiera gustado quererla/ sin distancia…/ que en sus cartas de amor ella volviera…/ Y a veces creo que logré/ lo que quería:/ cuando escucho su voz en el silencio, /cuando siento calor en el recuerdo,/ cuando respiro su aliento,/ cuando disfruto sus besos,/ cuando le digo al vacío que se convierta en olvido,/ y las paredes replican/ que aún la quiero…”.

De los títulos y esencialidades creativas, conjeturo que el poeta Fonseca se tomó el tiempo –como costumbre de muchacho, dice él- de leer y gustar tanto la poesía romántica como la poesía modernista y asumir de uno y otro movimiento sus mejores acordes estéticos, para consustanciar, en versos breves, sin métrica pareja y de acentuada musicalidad, un texto muy íntimo, muy personal. Así, en su poema “Propiedad”, expresa:

“Ella consiguió poner/ al tiempo/ un cascabel que llora/ cuando pasa el viento…/ Ella consiguió robarle/ al cielo/ ese secreto antiguo y nuevo/ de la calma…/ Y es toda mía,/ son todas mías las caricias/de sus manos. /Su sinfonía hecha tormenta/ conmigo escampa,/ y es junto a mí que tanta magia/ es mujer…/ Por eso,/ queda la flor de su esperanza/ en llamarada,/y, mientras dure su visita,/ soy el titán más egoísta,/ pues las cadenas de su dicha/ me hacen ser…”.

Tres partes –“silencio”, “círculo”, “rincón de castigo”– configuran la obra que comentamos. La primera que lleva como trasfondo la Playa de San Diego, nos habla de arena, de playa, de mar y, desde luego, de amor: “Los dos que empezaron/ esta historia/ no tenían pensado/ terminarla/. Se adoraban más allá/ de las palabras/ y esperaban que después/ no hubiera nada…/ los dos creían en el tiempo/ y la sonrisa,/ vestían de alegría/ a la esperanza…”.

En la parte segunda destaca, para mi gusto, la poesía de siete tercetos y un cuarteto de cierre, que transcribo completa: “Si el camino del tiempo/ nos llevara de nuevo/ hasta el mismo lugar…/ Si los gritos del viento/ se volvieran silencio/ para oírte cantar…/ Si tus ojos volvieran/ a prestarles sus luces/ al primer despertar…/ Si tus manos quisieran/ inventar primaveras/ que impidieran llorar…/ Si tu risa le dice/ a la estrella más bella/ su razón de brillar…/ Si tu cuerpo de niña/ floreciera de nuevo/ en mi gris soledad…/ Si tus labios perfectos/ devolvieran al cielo/ la canción de tu piel…/ por la fe que reniego/ tomaría el infierno,/ si el camino del tiempo/ te dejara volver”.

Para denotar con creces la vena de Emilio Fonseca, dejo al fino lector esta última cita que, salvando situaciones y distancias, traen a la memoria las cuitas amadoras de Dante a Beatriz, de Romeo a Julieta, de Flaubert a Colet, de Acuña a Rosario, de Fitzgerald a Zelda: “Todavía quedan trazos de tu risa/ en mi interior./ Todavía me despierto a medianoche/ con el sueño de encontrarte junto a mí…/ Todavía no consigo ser el mismo/ que dejaste,/ y me ahogo en la nostalgia de tu amor…”.

Emilio: Cuando veo tus programas me imagino cuán orgulloso se sentiría de ti tu padre, don Gautama Fonseca compartiendo alegrías con su esposa doña Sidalia Batres. Al ver que tú también transitas por los caminos del civismo y el decoro que él recorrió tantas veces. Como lo vimos en el gobierno del ingeniero Carlos Flores al desempeñarse en la Secretaría de Seguridad y tener la valentía de señalar y tratar de corregir anomalías que observó en mandos intermedios de la Policía Nacional. Tiempo después los hondureños nos dimos cuenta de las grandes fallas éticas de algunos personeros de la institución creada para brindar seguridad a la población.

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