CLEMENTINA, ¿Y AHORA, ¿DÓNDE HABITAS?

MC
/ 16 de diciembre de 2018
/ 07:36 am
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Por: María Guadalupe Carías z.

Ginebra. Sonó el teléfono. La voz de mi hija se escuchaba diferente, apagada: “Mataron a Clementina, la asesinaron a golpes, tan brutalmente que su rostro quedó desfigurado, casi irreconocible…”.

Era un día de diciembre, 1991. Transcurría fresco y tranquilo, y los delegados del mundo entero se encontraban inmersos en sus tareas de última hora en el Palacio de las Naciones Unidas (ONU), en un intento febril por avanzar, aunque fuera un poquito, en la ardua tarea de lograr la paz y la seguridad mundiales… antes de lanzarse de lleno a las compras navideñas.

Apenas había regresado a mi diminuto estudio y escuchaba, negándome a creerlo, el lúgubre relato de mi hija: “La atacaron en pleno mediodía, casi a la hora de almuerzo. En el callejón frente a su casa mucha gente platicaba, los niños gritaban y corrían y las muchachas de servicio iban de prisa a la pulpería a comprar el pan de yema para el café de media tarde. Nadie vio, nadie oyó, nadie sabe nada”.

Cada año por los meses de mayo -su cumpleaños- y diciembre -su deceso- mi pensamiento gira en torno al recuerdo de una de mis más queridas amigas: Clementina, escritora, poeta, impulsora de las bellas artes, ícono, cuya personalidad heterogénea e infatigable estilo de vida la hicieron destacar, durante su prolongada existencia, en los círculos intelectuales, culturales, sociales y del activismo de izquierda en América Central y otros países en distintas latitudes.

Clementina Suárez nació en el seno de una prominente familia de hacendados alrededor de principios del siglo XX en Olancho, una vasta región ganadera del oriente de Honduras. Contrario a lo que podría esperarse, su padre no era la imagen del “hombre macho”, con resabios
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feudales y costumbres y tradiciones características de aquella época, particularmente en las zonas rurales, cuando la mujer en realidad era una reclusa en su hogar. El señor Suárez, su padre, era más bien un hombre de espíritu libre que inculcó en la mente de su hija ideas de independencia y autosuficiencia; le enseñó a amar los libros; la llevaba consigo en sus actividades diarias, mientras mantenía con ella largas conversaciones que desarrollaron su innata inteligencia. Su madre era, en contraste, la respetada y mimada señora de la casa. Clementina la recordaba sentada frente a su espejo antiguo, mientras una niñera la cepillaba lánguidamente, contando hasta cien como era la costumbre, para dar mayor brillo y opulencia a su larga cabellera oscura.

Medardo Mejía, un abogado, escritor, historiador, sociólogo y maestro, de reconocidos méritos en Honduras, oriundo de la misma región de Olancho que Clementina, en forma totalmente imprevista me narró una simpática anécdota sobre la infancia de la futura poeta que, según él, marcó el inicio de su inalterable amistad.

Don Medardo y su amigo, el licenciado Guillermo Ayes, compartían una imprenta en la Avenida Cervantes, en Tegucigalpa, por donde yo solía pasar todas las tardes. Siempre los veía adosados a la puerta de entrada, enfrascados en lo que parecían ser muy interesantes discusiones, a las que finalmente me integraron, por haber sido ambos caballeros buenos amigos de mi padre en su juventud y porque les hablé de mi recién tomada decisión de estudiar Derecho.

“Fue en el circo”, Medardo inició su narración. “En uno de esos circos populares, la mayoría provenientes de México, que en el pasado acostumbraban a ir de gira por las pequeñas ciudades y pueblos de las zonas rurales de América Central. El sitio estaba repleto de campesinos que habían bajado de las montañas con sus niños para disfrutar de los payasos. Vi una silla vacía y me senté”.

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Medardo calló y se reclinó en su silla por unos instantes, sus ojos entrecerrados, perdido en las memorias agridulces de su niñez.

“Empezaba a disfrutar viendo los trapecios cuando sentí que “algo” brincaba para arriba y para abajo y luego me pegaba en la cabeza y en el pecho gritándome: !devolveme mi silla!, ¡devolveme mi silla! Ese “torbellino” era Clementina, una niña de nueve años. Yo tenía alrededor de doce”.

La pequeña ciudad provinciana donde creció Clementina no pudo retenerla por mucho tiempo. Ella se marchó de casa siendo muy joven, y su personalidad audaz la llevó a viajar extensamente por su propia cuenta, realizando trabajos muy poco convencionales para una joven de la clase alta rural. En Tegucigalpa, la ciudad capital de Honduras, trabajó de mesera, en Nueva York vendió medias y revistas, en México posó para pintores, y al hacerlo tuvo la oportunidad de conocer a famosos artistas de entonces, incluyendo a Diego Rivera, el gran muralista azteca. En El Salvador manejó varias galerías de arte. Eventualmente, publicó su propia revista “Mujer”, y cultivó amistad con escritores y artistas por doquier, ya fuera en Buenos Aires o en la Gran Manzana.

Hacia finales de su existencia, Clementina había reunido más de cien retratos de sí misma, pintados por artistas de diferentes países. Esos retratos colgaban de las paredes de su casa-galería donde, ¡por fin!, se había instalado en Tegucigalpa. Sin lugar a dudas, los retratos eran visiones extravagantes de femineidad: en uno era una niña colegiala en su uniforme y gorrita pintoresca, sumergida en sus libros; el otro, una bonita joven virginal coronada de flores; o era una horrible “mujer-diablo” con su cabellera en llamas; una Venus, una matrona pudorosa, o una diosa de la naturaleza. En la pared de su dormitorio -al que adornaban muchas plantas verdes- encima de su cama colgaba un retrato de Clementina centenaria, obesa y desnuda, dormitando en su trono.
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Cualquiera que mirara esos cuadros se impresionaba, ¡claro está!, pero el colmo fue una humilde mujer rural que llegó a solicitar trabajo y, al ver toda esa miscelánea de retratos, libros, flores, candelabros, y una compleja variedad de objetos exóticos, lanzó lejos su escoba y corrió a la puerta como si hubiera visto al demonio, exclamando asustada: ¡esta doña es una bruja!

¿Era bella Clementina? Tal vez no, si uno se guía por los estándares aceptados durante el tiempo de su juventud, cuando las únicas mujeres admiradas parecían ser las de tez blanca y ojos claros. Ella era pequeña (“petite”, dirían los franceses), bien proporcionada, de piel clara, tenía piernas torneadas y manos y pies delicados. Una fotografía de Clementina, alrededor de 1935, la muestra en pose, de perfil. Alguien al mirarla comentó: “Se parece a Jennifer Jones”, refiriéndose a una actriz americana famosa en los años cuarenta. Su carisma trascendía su físico y, más que todo, poseía una gran inteligencia.

De ella se decía que era “escandalosa” para su tiempo. Se casó y divorció dos veces, y tuvo dos hijas con un “dandy” bien parecido y de alta sociedad, con quien nunca se casó. No temía a la bebida, ni tampoco a la parranda, mucho menos al amor o a expresar su pensamiento. Según ella refirió, en una ocasión le negaron la entrada a una fiesta exclusiva, debido a su estilo de vida pero, con el correr de los años, la misma gente que la había despreciado la honró por su trabajo como escritora, y por su permanente e inflexible dedicación a la promoción del arte y la cultura.

Clementina fue fiel a su ideología de izquierda, y no ocultó su solidaridad y, más bien, su apoyo fue genuino y muy firme a movimientos revolucionarios en los países latinoamericanos: Cuba, México, Chile, Nicaragua, El Salvador, y otros, en los años 70s y 80s.

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Por aquel entonces, América Central era uno de los muchos escenarios de la “Guerra Fría” entre las dos superpotencias: los Estados Unidos de
América y la Unión Soviética, y sus respectivos satélites o enemigos. La actividad revolucionaria era intensa y arriesgada, incluso en Honduras,
pero Clementina fue, por lo general, respetada.

El octogésimo cumpleaños de Clementina fue un acontecimiento social memorable. El callejón empedrado frente a su casa-galería se convirtió en un patio privado alfombrado con agujas de pino (con la buena voluntad de autoridades y vecinos), mesas cubiertas con toldos de colores y una marimba que amenizó toda la noche. Clementina deambulaba como una reina con su hermoso atuendo enviado, desde México, por su hija Silvia Rosa. La rodeaban -además de sus incondicionales amigos de siempre- artistas, escritores, actores, diplomáticos, gente de la universidad y jóvenes seguidores.

Para entonces, Clemen y yo habíamos llegado a ser excelentes amigas. Poco entusiasta con las tertulias de medianoche, yo favorecía las visitas sosegadas de las tardes de domingo, cuando conversábamos largo rato y comentábamos buenos libros. (Para el caso, Clementina me dió a conocer interesantes obras de literatura sueca, la cual es considerada, en cierto modo, como similar al “realismo mágico” latinoamericano, y las que mucho disfruté). Como es de esperar, dado los acontecimientos tenebrosos del acontecer de la “Guerra Fría” en América Central y alrededores, estos momentos gratos no dejaban de ir acompañados por situaciones de mucha tristeza, en especial cuando personas queridas o conocidas eran directamente afectadas.

Un domingo la encontré haciendo sus maletas. Sobresaltada le pregunté:

-Clemen, ¿qué estás haciendo? ¿te vas? ¿por qué?: Guardó silencio unos instantes y luego empezó a hablar sin parar, un poco fastidiada:
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“No he vendido ni una sola pintura en semanas… a nadie le importan ya
las pinturas ni los libros, ni los objetos de arte. Tengo que emigrar a otro sitio… no puedo quedarme aquí ociosa, pensando sin cesar en “la indeseada visita”, que pronto puede venir a llevarme consigo”.

Los años pasaron, empujando a Clementina, en forma acelerada, sobre su octava década. La escena de empacar y regresar se convirtió en algo rutinario. Sin embargo, ella siempre volvía entusiasmada, llena su cabeza de proyectos y viajes, sin pensar en la Muerte, y celebrando cada uno de sus cumpleaños como si fuera el último. Hasta que un día regresó de Nueva York muy enferma: una infección de herpes -que se presentaba en cierta forma extraña, como las cuentas de un rosario alrededor de sus pechos- la mantenía en su lecho soportando fuertes dolores. Una tarde, sentada a su alrededor con varios amigos y amigas, vi como su cabeza se inclinaba sobre la almohada y sus ojos giraban desesperadamente alrededor del cuarto, como los de un animalito a punto de ser engullido por un depredador, mascullando incoherencias. Creí que estábamos en presencia de su fin.

Por esa época, un evento inesperado dio a Clementina una razón adicional para sobrevivir: una intelectual norteamericana, Janet Gold, mientras buscaba un tema para su tesis doctoral sobre mujeres escritoras latinoamericanas, se había topado sin querer con el nombre de Clementina Suárez, en un libro olvidado dentro de un polvoriento estante. Interesada, voló a Honduras esperando, como ella misma refirió, encontrarse con una impactante “femme fatale” latina, y, en cambio, la presentaron a una señora anciana, pequeñita, casi perdida entre las sábanas de su enorme cama.

Unas semanas más tarde, con Clementina plenamente restablecida y su amistad con Janet firmemente consolidada, la colega norteamericana tomó la decisión de escribir un libro sobre la apasionante realidad de la

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poeta hondureña, y desde ahí, la traducción del libro al español se convirtió en el proyecto soñado de las dos nuevas amigas.

Una tarde, sentadas Clementina y yo en el andén de su galería, gozando de un dorado clima de octubre, enfrascadas en una conversación (que más bien fue un sobrecogedor presagio que años después se volvió realidad al destruir completamente el huracán Mitch la galería Clementina Suárez), me había dicho: “¿sabes? mientras me empeñaba en triunfar sobre la Muerte, esperando arrebatar, para mí y mis proyectos, unos cuantos años más de vida, tuve extrañas pesadillas sobre mi colección de retratos -perdidos, robados, vendidos al mejor postor, desperdigados, sumergidos…”-. Guardó silencio durante un rato y después continuó, su voz casi un susurro: “…esta vez sí la vi, y estaba muy cerca, “la indeseable huésped”, sentada sobre mi cama, entre ustedes, mis amigos”. Y luego, sobreponiéndose, a medio sonreír y desechando sus oscuros pensamientos con gestos de sus manos, exclamó: “la verdad es que esas pastillas que me daban para el dolor me hicieron alucinar”.

Un día Clementina y yo nos despedimos, esta vez para siempre. Y fue así como una tarde, algún tiempo después, en diciembre de 1991, escuché, sin poder creerlo, la voz acongojada de mi hija continuar su escalofriante narración: “Nadie vio, nadie oyó, nadie sabe nada”.

Clementina, con su fuerza de voluntad increíble, había sobrevivido al brutal ataque y se encontraba en un profundo coma, rodeada de sus familiares y leales amistades, comprometidos a acompañarla hasta el instante mismo en que su alma finalmente iniciara el insondable camino hacia la vida eterna.

Su velatorio reunió a una gran multitud de personas. La trasladaron a su ciudad natal. La gente repetía sin poder creerlo: “¿Quién habrá sido

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capaz de asesinar a una persona de 92 años con semejante despliegue de odio y sadismo?

Días después de la llamada de mi hija, desde el balcón de mi apartamento contemplé el lago Ginebra, que se dejaba ver por sobre las terrazas de la ciudad principal de la Suiza Romanda, que en esos días se encontraba cubierta por esa nube espesa y gris -llamada stratus- que ominosamente pende sobre la ciudad en ciertas épocas del año, y a la que temen los pobladores. Me era imposible abandonar el pensamiento sobre cómo, alguien de carne y hueso, haya logrado penetrar en la bien guarnecida casa-galería de Clementina en Tegucigalpa, en pleno mediodía: ¿por las grietas de las paredes? ¿o filtrándose por las goteras del techo de tejas rojas? ¿o tal vez deslizándose por las ventanas protegidas por barrotes de hierro?

¡Ahh… la pérfida Muerte -pensé- entró como solo ella puede hacerlo, sorprendió a la desprevenida poeta, mientras ella, ya vestida, coqueta y nítidamente, se aprestaba a salir para realizar sus múltiples ocupaciones; se le abalanzó a traición, pateándola, golpeándola, destrozándola sin misericordia para arrebatarle el alma! ¡para que no se le escapara ese espíritu rebelde! ¿Qué atinó a ver Clementina en esos espantosos instantes? ¡Tal vez simplemente una sombra, en el más profundo silencio, o una presencia demoníaca detrás de la cara de un ángel!

Muchos años han transcurrido después de estos hechos y nadie sabe aún de qué forma Clementina Suárez se encontró, sola e indefensa, pero aún luchando por su vida, en presencia de la Muerte.

Tegucigalpa, 3 de diciembre del 2018.

A tu recuerdo Clementina. María Guadalupe Carías Z.

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