El triunfo del fracaso

MC
/ 18 de diciembre de 2018
/ 12:57 am
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Por Juan Ramón Martínez

Desde el principio, anticipé que el diálogo, basado en la “filosofía” de la OEA, que buscaba repetir elecciones, sosteniendo la ilegitimidad de las del 26 de noviembre del 2017, y que tendía como indicador de éxito, la entrega del Poder Ejecutivo a Salvador Nasralla, estaba condenado al fracaso. Y ahora, hasta los más optimistas, –incluyendo a no pocos oportunistas que, usan los problemas de Honduras, para conseguir dinero en el exterior– reconocen que se equivocaron. Y, aunque no lo han hecho, dentro de poco dirán; o ya lo están haciendo, que la culpa es fruto de la intransigencia de los políticos que, han perdido la capacidad para lograr acuerdos. Con el fin de esconder un hecho indubitable: que el objetivo planteado por la misión de la OEA, era impracticable, ilegal. Por carecer de base jurídica y porque las fuerzas confrontadas, casi empatadas, se encaminaban en direcciones diferentes. El Partido Nacional, amenazado, tenso y ansioso, cada día que pasaba y el diálogo no llegaba sino a acuerdos insustanciales, se fortalecía más y más. En tanto, Nasralla –que juraba que había ganado las elecciones–, perdía confianza en sí mismo y concluía, separado, de Zelaya, en un final, clamorosamente divorciado.

Y es que el diálogo, manejado por personas inexpertas, con poco conocimiento de la cultura y la personalidad de los hondureños, pasó por alto que las partes confrontadas, tenían dos objetivos contradictorios. Mientras el Partido Nacional, buscaba ganar tiempo, para consolidar sus fuerzas y legitimar la operación del gobierno de JOH, la Alianza contra la dictadura, diluida casi desde el principio, buscaba, con una ingenuidad terrible, que el diálogo le permitiría lograr exitosamente, la entrega del poder por parte de los nacionalistas a Salvador Nasralla que, todavía sigue creyendo, sin pruebas, que ganó las elecciones del 26 de noviembre del 2017. Al finalizar en un juego interminable, como que se tratara de un campeonato de ajedrez, se reconoce en forma, que parece poco diplomática por parte del representante de la ONU en Tegucigalpa y silenciosamente ingenua por parte del embajador de España, que el diálogo ha fracasado. Cosa que, como demostraremos después, es absolutamente falsa.

Lo que fracasó fue el intento de revertir los resultados oficiales de las pasadas elecciones presidenciales. La búsqueda que, lo que había declarado el Tribunal Supremo Electoral era, si en efecto ilegal, fue infructuosa. Pasando por alto las enseñanzas de Maquiavelo, poco conocido por la mayoría de los dialogantes, fuera de su uso como adjetivo calificativo, “que el poder nunca se entrega, porque este se conquista”; el Partido Nacional y el gobierno, nunca tuvieron la disposición de llegar a un acuerdo en que, le obligarían a pasar por alto la voluntad de la soberanía popular expresada en las urnas. Y reconocidas parcialmente –alcaldes y diputados– por la totalidad de los hondureños. Porque desde el principio, el ámbito de la discusión era equivocado: aunque el proceso tenía tres dimensiones (presidencial, municipal y diputadil), la discusión se centró en la primera, rodeándose de otras exigencias, derivadas de la confrontación violenta de los hechos ocurridos hace casi un año. De forma que, lo que fracasó fue la pretensión de ilegalizar las elecciones presidenciales. Pero fue un triunfo el que, al final, agotados, los que la buscaban se rindieran, incondicionalmente. Es decir que fracasaron los que querían alterar el sistema ilegal electoral; pero al final, se impuso la fuerza de la institucionalidad del TSE que, pese a sus debilidades, dio resultados que fueron reconocidos por casi todos los interventores externos, con la excepción de la OEA. Por ello es que, si alguien ha fracasado, es la OEA.

Para Honduras fue un triunfo. Aseguró la paz y la tranquilidad. Los más fieros opositores, que no pudieron probar sus tesis y convencer a sus adversarios, perdieron fuerza y unidad. Los brotes de resistencia se alimentan de un liderazgo extra dialogal. El diálogo, calmó los ímpetus de los participantes; deslegitimó el lenguaje de Nasralla en alguna proporción, y frenó el impulso hacia la ilegalidad que algunos quisieron imponer. Fortaleciendo finalmente, al Partido Nacional.

Por ello, el diálogo fue positivo, incluso en contra de la voluntad de muchos de sus intervinientes. El gobierno se consolidó. El único que queda buscando alterar la paz es Zelaya que, anda asegurando sus espacios defensivos, particulares.

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