Apologistas del caos

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/ 20 de diciembre de 2018
/ 12:15 am
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Por Segisfredo Infante

Los amigos de la ambigüedad rampante, viejos y jóvenes, son las personas que se encuentran en mayor disposición psicológica, consciente o inconsciente, de cederle un enorme terreno a la nueva barbarie que desde hace algunos años ha comenzado a gestarse en el interior de las sociedades democráticas y en las estructuras de los Estados nacionales que antes habían sido más o menos sólidos. Los problemas actuales internos de Francia, son un ejemplo claro de las grandes calamidades que puede desencadenar una globalización descarrilada, por la ya trillada vía neoliberal. Lo mismo que las circunstancias aislacionistas del “Brexit”, un fenómeno cargado de ambigüedades complejas para los gobernantes británicos y para el mismo pueblo inglés inconforme o desinformado, que votó a favor de la separación de la Unión Europea. Menciono a Francia e Inglaterra porque son dos de los países que se han encontrado arraigados en mi imaginario individual, desde los tiempos de mi niñez y de mi adolescencia. Y sobre todo a partir de mi segunda juventud.

En todas estas cosas aparentemente novedosas, hay un problema de fondo: Una nueva barbarie, más o menos caótica, pareciera pretender apoderarse del mundo. No es la barbarie nórdica que terminó por destronar al Imperio Romano de Occidente, y que puso en graves aprietos al Imperio Romano de Oriente, asentado en Constantinopla o Bizancio, cuando los vándalos y alanos acorralaron al solitario obispo de Hipona (“San Agustín”) y se tomaron por un tiempo la parte civilizada del norte de África. Los nuevos bárbaros, muy por el contrario, han sido usufructuarios directos e indirectos de casi todos los beneficios que, a pesar de los graves problemas, ha deparado la “Civilización Occidental”. Han sido usufructuarios de los avances de la medicina, de las urbanizaciones, de la educación formal y de las tecnologías de punta. Algunos de estos nuevos bárbaros son incluso inversionistas y archi-millonarios, que por motivos enigmáticos se aprovechan de la democracia y aborrecen al “Mundo Occidental”. Democracia a la cual desean destruir. O por lo menos prestarse al juego de su destrucción, consciente o inconscientemente.

Aquellos apologistas del caos actual, que hablan en nombre de la democracia y que dicen representar las instituciones republicanas del “Mundo Occidental”, incluyendo desde luego a América Latina y a países vulnerables como Honduras, son unos apologistas inocentes o voluntariosos, directos e indirectos, que dan la impresión de poseer muy escasas lecturas acerca de la “Historia” de la Civilización Occidental, la cual fue fraguada, originariamente, durante siglos, por los visigodos cristianizados y romanizados del norte de España, y finalmente consolidada por el emperador franco-galo Carlomagno. Desconocen, salvando las excepciones, las particularidades históricas de los países en donde intervienen discursivamente, y a veces maquiavélicamente, abriéndoles las puertas, de par en par, a los nuevos bárbaros que inclusive manejan con mucha habilidad las tecnologías digitales.

Los bárbaros novísimos, algunos de extrema derecha y otros de extrema izquierda, y algunos archi-criminales, a pesar de las innegables diferencias entre ellos, poseen ciertas propiedades comunes. Por regla general son irracionales, dispuestos a llevarse de encuentro todas las instituciones republicanas de las cuales ellos mismos han sido beneficiarios. No les importa destruir viejas amistades; a sus familias y a su propio país. Los tres grupos son propensos a la mentira sistemática, a la difamación y al ninguneo del prójimo, motivo por el cual rechazan los estudios históricos pormenorizados e imparciales. Y rechazan, parejamente, sin ningún escrúpulo, los principios generales estratégicos de la democracia republicana. Les disgusta sobremanera que se aborden nuevamente los estudios sobre el fenómeno de los totalitarismos extremos del siglo veinte, que arrasaron con una buena parte de la humanidad “civilizada”. Participan (los extremistas de izquierda y de derecha) en diálogos nacionales, con el objetivo ulterior de boicotearlos, mediante agendas dinamiteras escondidas. Utilizan la palabra “democracia” cuando en el fondo son partidarios de la intolerancia ideológica hasta las “heces”. Inclusive les molesta la posible “racionalidad” de las viejas izquierdas y de las antiguas derechas. Aceptan con arrogancia supina todo lo que es nuevo, en representación del caos abismal. Persiguen, a veces, a personas indefensas. Se les olvida que si hubo algo novedoso durante el siglo veinte central, fue el nazi-fascismo hitleriano, respaldado por la mejor tecnología de punta de aquella época.

En estos años de grandes confusiones ideopolíticas, sería harto saludable volver a leer el libro “De la democracia en América” del pensador francés Alexis de Tocqueville. (Además de la sugerencia de varias lecturas, de mi artículo del jueves 13 de diciembre de la semana pasada). Y luego pronunciarse sobre los grandes defectos y fortalezas de la penúltima globalización neoliberal, y de los chauvinismos extremos del proteccionismo  comercial. Para analogar el asunto en forma risueña: “Ni con Marx ni contra Marx”, según una expresión que se le atribuye al filósofo demócrata italiano, imparcial, Norberto Bobbio.

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