Navidad en la aldea

MC
/ 20 de diciembre de 2018
/ 12:01 am
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Por J. Wilfredo Sánchez V.
General y abogado

No son los escaparates iridiscentes ni las tormentas mercantilistas en los medios de comunicación los que perturbaban la santidad de la festividad de la Navidad que celebré en mi pueblo, eran, como debió ocurrir en Belén, humildes, tranquilas, sin fanfarrias, sin tilingos mercachifles, sin oropeles ni fuentes bullentes de vino ni explosiones. Era la noche del veinticuatro de diciembre a amanecer el veinticinco de diciembre; no eran desde octubre hasta enero del año siguiente, solo una noche, una noche santa, alegre, pacífica, familiar.

Previamente, el pueblo se preparaba para tan esperado feliz acontecimiento, “la Nochebuena”, la autoridad municipal emitía la ordenanza de rigor: limpiar las casas y la calle frente a las mismas, era lo usual en todos los días festivos, el pregonero salía a recorrer las calles notificando a viva voz el “bando”, con un tambor sonando para que la gente saliera a la puerta de la calle a escuchar el mandato, un corro de mozalbetes le seguía, curiosos, en cada esquina se paraba a leer en alta voz el mandato del alcalde de Policía: “Por orden del alcalde de Policía se manda, que se limpien las casas, que se barran las calles frente a cada casa, que el que tenga bestias y chanchos que los encierre, que el que tenga chanchas con chanchitos que amarre a su nana y que el que no que no”. Y seguía a la siguiente esquina, tam, tam, tam, rataplán, tam, tam… el muchacho del tambor con su vaqueta hacía resonar su tamborcito.

En una esquina de la casa se arreglaba un “nacimiento”, reproducción de lo que se interpretaba simbólicamente cómo podría ser el lugar de un pequeño pesebre en donde vio la primera luz el hijo de Dios, Jesús. El piso se cubría con aserrín y hojas de pino, colguijos de paste de cerro, retazos de musgo y en la parte superior una estrella de cartón; el misterio, de figuritas de barro hechas en el pueblo, la Virgen María, San José, el Niño (que aparecía hasta después de media noche), una vaquita, el burrito, las ovejas, y nada mas, los reyes magos no estaban ahora, ellos llegaron después.

No eran, los nacimientos de mi pueblo, las maquetas arquitectónicas de ciudades con automotores, aviones, pistas de aterrizaje, túneles, estadios, rascacielos, eso no era del ambiente del Belén romano, durante el gobierno de Augusto, emperador en Roma y Herodes, gobernador judío en Israel, época en que nació Jesús.

En las calles se encendían fogatas alrededor de las cuales los niños jugábamos al casco de la rueda, la cebolla, esconde esconde el anillo; conocidos los lugares en donde habían nacimientos, los grupos familiares íbamos a visitarlos, las casas con sus puertas abiertas invitaban a los transeúntes a entrar y admirar los arreglos de sus bellos decorados del nacimiento, de uno en otro los admirábamos todos; al repique de campanas se asistía a la misa de gallo, con ello, terminaba la Nochebuena y, a dormir.

En las aldeas, es aún más cercana a Dios, así como es Él, humilde, solidario, amoroso, los aldeanos elaboran el nacimiento en la capillita, durante la noche se reúnen en ella, y bajo la magistral dirección del “celebrador de la Palabra de Dios” rezando celebran el nacimiento del redentor, con cánticos bendicen las horas de espera hasta la madrugada.

No hay tamales ni torrejas, ni cohetes, ni fanfarrias, estos caminos no los conoce Saint Niklaus o Santa Klos o San Nicolás, aquí no hay chimeneas por donde él entra; suficiente con el regalo que nos da el Señor: mucho amor, la esperanza y la paz en el corazón de cada uno.

Después de experimentar el momento la felicidad por el natalicio del Niño Jesús, cada grupo familiar, en la fría oscuridad se enfila para su humilde hogar, a sus casitas desperdigadas en la campiña va el grupito, con espíritu festivo, en silencio, es en el silencio donde se escucha la voz de Dios, van en su comunión.

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