Literatura femenina: Una mirada en memoria a Clementina Suárez

MC
/ 23 de diciembre de 2018
/ 12:00 am
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Honorable concurrencia: Muy buenas noches. Deseo manifestar un agradecimiento especial a los miembros directivos de la Fundación Clementina Suárez, por invitarme a disertar sobre uno de mis temas favoritos, el de la literatura femenina en Honduras, aclarando por “femenina” el concepto que es la mujer quien escribe y no el deslinde de lo poético entr5e lo femenino y lo masculino, pues ya decía Alaíde Foppa de Guatemala: “que alguien escriba singularmente bien, no deja de ser un hecho misterioso, se trate de mujer o de hombre” y bien dicho está.

Gracias de nuevo, amigos, por ofrecerme esta oportunidad.

Estamos ante un aniversario más de la muerte de Clementina Suárez. No es tan grato ni poético recordar tan dantesco e inmisericorde acto de muerte un 7 de diciembre de 1991. Eso fue y es un momento a la ignominia,  pariente de la aún hoy impunidad. Pero no vinimos a llorar por este lamento nuestro; estamos aquí para hacer viva la imagen de la mujer poeta que se convirtió en un mito, una leyenda, un símbolo, una bandera. Como versa el poeta Villeda Arita: “los espíritus altos no tienen muerte”…/ mujer sin tiempo…/ por eso Clementina Suárez vive…/ en la conciencia que mira amaneceres.

Quiero ser franca ante ustedes: exponer sobre Clementina Suárez es un atrevimiento de mi parte, es a la vez complicado, pero agradablemente sencillo. Sencillo porque se ha dicho, se ha escrito y se ha pintado toda su existencia. Pero a la vez, puede resultar difícil la tarea si tergiversamos una tan sola idea o no la interpretamos como fue originalmente concebida.

Por ejemplo quienes han determinado:

  • Vida y obra han crecido trenzadas, coyuntadas por la firme y fecunda pasión de existir, de perdurar.
  • Mujer por la gracia del sexo… y poeta por destinación inclaudicable, la única en su género que ha logrado aquí, hasta hoy, ejercer tal oficio con suficiente propiedad y trascendencia.
  • Prácticamente no hay poetisas en Honduras. Puede decirse que Clementina es la poetisa, las demás se ensayan, pero no han encontrado su voz, ni se han hecho sentir, ni ha trascendido su nombre. Repito: parecen demasiado románticas, no han superado esa etapa del sentimentalismo y parecen estar literalmente obsesionadas por los pinares.
  • Nada más acertado al tratar de la poesía hondureña que pensar en Clementina Suárez. Con ella puede decirse, nació la poesía femenina de Honduras, por lo menos en lo que va del tiempo. (Estos dos últimos pensamientos fueron escritos por una mujer llamada Juanita Soriano en San Salvador en 1957). Puedo no estar totalmente de acuerdo con ella si nos situamos en 2018. Puedo estar de acuerdo con los demás pensamientos.

Sobre esta mujer extraordinaria que fue Clementina Suárez me sorprenden algunos peculiarísimos detalles sobre todo al leer el volumen de su biografía maravillosa traducida del inglés al español y escrita por la doctora Janeth Gold, a quien le guardó una especial estima. Ella me engalanó con un prólogo exquisito, la Antología con la selección de 37 poetas mujeres de Honduras, publicada en 1998, obra de la cual les contaré luego.

Tuve el privilegio, como muchos de ustedes aquí, de haber interactuado de manera personal con Clementina. Fueron efímeros esos tiempo, pero tan llenos de conocimiento y admiración. Si algo nuevo puedo compartirles  sobre esta “mujer única”, fue lo que pasó el día en qu7e personalmente la conocí. Año 1988.Motivo: Proponerle la creación de un Colectivo Cultural formado por mujeres de letras que llevara su nombre y necesitábamos su consentimiento y firma en un acta formal. Aceptó con una sonrisa en sus labios gruesos. Lo recuerdo como si fuera ayer. Yo rebosaba de emoción. La recuerdo postrada aún en su lecho por una enfermedad que adquirió en ese entonces, cuando viajó a Nueva York y el frío le causó un herpes interno que la aquejaba mucho. Pero aun así su afabilidad era manifiesta. Se alegraba tanto con las visitas que recibía. Platicaba pausadamente, muy receptiva a las ideas que escuchaba, dispuesta a abrir su corazón… Cuando recuperó su salud, y es un recuerdo  muy lindo, invitó al Colectivo Cultural “Clementina Suárez” a Juticalpa, a acompañarla al homenaje que le brindara su pariente cercano, Manuel Zelaya Rosales (expresidente de Honduras). Entonces, la misma Clemen como cariñosamente le decían, nos  dio la calurosa bienvenida a los círculos literarios femeninos. Tuvimos varios años de actividad y ene se entonces conocimos a Janeth Gold, su biógrafa  y amiga, quien nos brindó su franca amistad, de ahí, fue otra historia, se encendió la primera llama con el calor de Clementina Suárez,  para después fundar la ANDEH, (Asociación Nacional de Escritoras de Honduras, que tuve el honor de presidirla por algunos años, y actualmente es dirigida por la escritora Anarella Vélez. Luego, desentrañaré de lo más profundo de mi ser, la idea del proyecto de la Antología: rescatar la labor poética de la mujer hondureña. Honduras: Mujer y Poesía, testimonio de un grupo de voces femeninas creando versos y haciendo historia, trozos de estas historias impregnadas con ese espíritu indómito de la olanchana nacida en cuna de oro.

De Clementina Suárez hay escuela desde su infancia.  El ámbito familiar de esa niña asombrosa fue muy llamativo y poderoso. La relación que ella mantuvo con su padre, a quien admiraba a lo sumo hasta convertirse en su sombra. Para don Luis Suárez, era su hija consentida, a quien le formó con un espíritu de libertad y de espontaneidad fuera de lo común.  De las cuatro hermanas, Clementina era la más resuelta, libre e independiente, abrazando siempre su emancipación con energía, y descaradamente traspasando los límites de lo establecido. Desde niña, empezó a romper los esquemas de la tradición y salirse con la suya. Su padre le estimuló el pensamiento y le abrió las alas para que emprendiera el vuelo a su destino. Él percibió su precocidad y la llamaba “la literata”. Discutía con él los libros que había leído. Se convirtió en su secretaria, confidente, compañera y mejor amiga. Decía ella: “Tuve la dicha de ser criada por un padre comprensiv0o que me enseñó a ser libre”. ¡Si todas las niñas del mundo hubiesen tenido un padre como el de Clementina a, habría más Clementinas en Honduras!

El acontecimiento de la muerte de su padre, cuando ella era una joven de 21 años, marcó su sino vital. Juticalpa ya le quedaba estrecha, había soledad, mucha tristeza y sin futuro. Se vino a Tegucigalpa “y se perdió” (decían en su pueblo). Y es que ella no encajaba en los moldes rígidos sociales y educativos de la época, eran opuestos a su carácter. Su educación fue la gente, los libros, su sueño de viajar por el mundo, lo logró con sendos sacrificios y renuncias. Clementina desde muy niña visitaba la única librería de Juticalpa, el dueño era don Carlos Gálvez. Leía la Revista Esfinge de Froylán Turcios, la cual era una delgada y atractiva edición en la que uno podía leer traducciones de Shopenhauer, D’Annunzio, Baudelaire, Walt Whitman y Kant, así también a notables escritores de lengua española como Rubén Darío, Julio Herrera y Reissing, Delmira Agustini, Ramón Valle Inclán y autores hondureños de la talla de Juan Ramón Molina, Rafael Heliodoro Valle, Luis Andrés Zúniga y el mismo Froylán Turcios. A comienzos de 1925 Turcios continuó llevando las joyas literarias del mundo con la publicación del periódico Ariel. Clementina leía Esfinge y Ariel como igual leía cualquier escrito que cayera en sus manos. Muy jovencita ya se había leído el Quijote y a los 9 años según se cuenta, ya había saboreado un ensayo del ecuatoriano  Juan Montalvo. Sus libros eran sus mejores amigos. Ella misma reconocía sus diferencias en cuanto a preferencias de vida, en comparación con los demás  niños y jóvenes de iguales edades. “Desde niña yo comprendí que era una persona diferente, porque no tenía comunicación ni siquiera con mis hermanas, ni con los demás niños de la escuela. Siempre estaba como ensimismada, interesada en otras cosas que ellos no veían…”. (JG,p71).

Ella viví8a su mundo de enseño. Ginés Parra le pintó un óleo como una niña sentada ante un escritorio, leyendo, con una mano deteniéndose la barbilla y con la otra sosteniendo un libro abierto. Decía Clementina: “…¡Cómo será posible sumergirme en la realidad? Yo quisiera ser una mujer como las demás; me duele no ser como ellas. Para mí, lo que se vive, se piensa,  se recuerda, se sueña, eso soy yo. Soy propiamente mía…”.

Cuando leo la biografía de Clementina Suárez, una y otra vez me estremece que se haya parecido tanto a otras extraordinarias mujeres del mundo, unidas por las mismas ansias de búsqueda del ser, como necesidad y urgencia femeninas. Así se le comparó muchas veces con la bailarina californiana Isadora Duncan, con Gertrudes Stain, Frida Khalo, y otras, Janet Gold las unía en una galería de mujeres extraordinarias porque fueron heroína por su estilo de vida y vocaciones. Porque una Clementina pasiva, sumisa, estacionaria sería una Clementina imposible, irreconocible. Para ella no hubo un Ulises a quien esperar sentada en una hamaca tejiendo, ni una bella durmiente esperando el beso de  un príncipe para despertar. Fue ella misma.

Clementina no usó la palabra búsqueda sino que la necesidad persistente de seguir su propio destino, de llegar a conocerse a sí misma. Llegó a darse cuenta de que su destino era ser poeta. De Clementina Suárez son estas palabras: “…La poesía es la única auténtica expresión de todo mi ser; además me ha servido para revelarme, para dar mi limpio testimonio de la época que estoy viviendo y para tener un mundo interior, que constituye mi mayor fortaleza”. (Versión 1982), p. 173.

En 1930 Clementina partió para México, una vez radicada en este país, continúa viajando no como turista, sino como ciudadana  de un mundo grande. Buscaba a los artistas y escritores para conocer sus trabajos o para festejar con ellos y leer su poesía. Pasaba a ser una especie de ciudadana cultural honoraria. Publicó  sus obras en distintos países y en 1969, retorna a su tierra hondureña, con inquebrantable ahínco para continuar su labor cultural en favor de Honduras y de los hondureños, demostrando el carácter de una “mujer nueva” en todo el sentido de la palabra.

Ya lo decía en sus versos:

No puedo llegar…

porque jamás  me he ido…

eres una patria construida

en lo interior.

Caminas dentro de mí

Como un abierto río.

Vienes desde muy atrás

rebelde y vegetal,

todo en ti en nuevo y viejo

tierra para la infancia

y para inmortalizar el tiempo.

(Poema 1 del Canto a la Encontrada Patria y su héroe).

¿Cuántos aquí conocemos fielmente a nuestra matriarca de la lírica hondureña. A Clementina Suárez en todo su esplendor?

Su obra: 8 libros, 2 antologías, 1 biografía completísima. Publicaciones de su obra de algunas editoriales particulares. Artículos publicados en Antologías, en obras de literatura centroamericana. Y todos sus más de 100 retratos. ¿Cómo no conocerla, cómo no estudiarla?

Si nos gusta la lectura, no dejemos por fuera a esta incomparable poeta del siglo XX que trascenderá por mil y una generaciones en nuestra anquilosada Honduras.

La colección de retratos de Clementina es un testamento de las proporciones legendarias de  su carácter y la amplitud de su espíritu, pero también de un récord de incalculable valor que refleja las técnicas y estilos  de numerosos artistas tanto hondureños como de otras naciones a lo largo del siglo XX. Desde el famosísimo Diego Rivera hasta la niña Suyapa Carías, desde Paraguay hasta Canadá, estas obras testimonian un espíritu internacional que nos puede servir de inspiración a todos. La mujer muchas veces pintada y posiblemente la más retratada del mundo, tuvo una larga vida, pero un final muy triste. Mario Castillo pintó a Clementina de rostro afable, Alejo Lara la prefirió casi negroide, con peinado afro; Rendón con faz indígena, Ruiz Matute captó su peculiar manera de sentarse, con los pies descalzos. Uno de los primeros hondureños en dibujarla fue Manuel López Callejas.

Hoy estamos aquí retomando la esperanza sembrada por Clementina Suárez. Ella es un referente invaluable, un modelo para mujeres con aspiraciones creativas. Su aporte cultural consistía en espacios llenos de arte y poesía, de energía y esperanza. Ella disfrutaba de ser mujer, vivió su propia realidad y abrió la puerta para que otras generaciones de mujeres pudieran ver por sí mismas lo que es y poder ser mujer y ser creativa. “Una palabra es suficiente para armar la esperanza”.

Por esta razón, y en honor a esta esperanza, una obra antológica se publicó en 1998.

Hay un verdadero movimiento de mujeres produciendo poesía. Obras que buscan reconocimiento, escritoras que retoman esa búsqueda por ser ellas mismas y certifiquen que la herencia de Clementina Suárez pervive y tiene ciudadanía en nuestra patria.

La Antología Honduras: Mujer y Poesía cuyo título es un concepto sinérgico. Reúne las voces femeninas en la poesía, voces acicaladas de sentimiento, sensualidad, erotismo, compromiso social, sensibilidad humana, injusticia, testimonio, rebeldía, protesta por la desigualdad e inequidad y propuesta encaminada a la construcción de una mejor patria para todos. Una muestra fehaciente son las producciones de las obras poéticas, reconocidas por lectores y críticos nacionales y extranjeros, premiadas algunas dentro y fuera de Honduras.

Esta obra resume en tres grandes segmentos la expresión lírica que han producido las escritoras seleccionadas. Se da cuenta del grupo de las precursoras, féminas que marcaron su historia en las reminiscencias del siglo XIX, entre ellas, Teresa Morejón de Bográn, Lucila Estrada de Pérez, Josefa Carrasco. El segundo grupo lo completan voces femeninas que crearon un hito en la literatura nacional, cuya pionera fue Clementina Suárez a partir de 1930. Agregamos los nombres de Ángela Ochoa Velásquez, Victo0ria Bertrand, Ángela Valle, Eva Thais y Litza Quintana, las últimas tres forman, lo que doy en llamar, la trilogía del 50. Se decía que con excepción de Clementina Suárez, carecían de una obra coherente y unitaria, sin embargo, había un remanente de agrado. En el caso de Ángela Valle, don Andrés Morris decía: “lo sentimental aparece mezclado con la vida de las gentes humildes, en toda su sencilla riqueza de oficios y aficiones. El estilo se convierte a veces en una simple afirmación con un gran valor expresivo”. (1969).

El tercer grupo es el contemporáneo, este se nutre con la poesía joven.  Las poetas nacen entre 1940 y 1970. Comienzan a escribir con la influencia de Clementina Suárez y Roberto Sosa. Sobresalen escritoras como María Eugenia Ramos, Amanda Castro, Alejandra Flores, Blanca Guifarro, Lety Elvir y otras, que aún en la actualidad continúan publicando poesías con buen suceso, logrando preseas dentro y fuera del país.

Lo expuesto en líneas anteriores nos muestra que la poesía escrita por mujeres en Honduras sigue en pie, no terminó, labrando surcos, combatiendo obstáculos, creando espacios, elevando las voces al unísono, creyendo en la expresión de Alaíde Foppa. Como sentenciara esa voz fundacional de la poesía en Honduras, la poeta Clementina Suárez:

“No me considero poetisa no soy ni cursi n i sentimental, ni hago versos de amor de esos que se hacen solo cuando una se enamora, trabajo con profesionalismo y por vocación auténtica. Amo la poesía, al grado que he dejado todo por ella”.

Yo termino diciendo que esta es la lección, el camino diseñado para cualquier voz poética de una mujer que quiera llegar a ser la Clementina del siglo XXI.

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