LA ERA MÁS CALIENTE DE LA GUERRA FRÍA

MC
/ 24 de diciembre de 2018
/ 12:48 am
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LA ERA MÁS CALIENTE DE LA GUERRA FRÍA

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LA primera holgada conversación que sostuvimos fue en su casa de habitación situada en una esquina del bulevar Morazán. Había que tantear el momento preciso en que se había “tomado” la capital, ya que allí permanecía solo el tiempo necesario, apenas unos días, cuando renuente abandonaba los embrujos de La Paz, su lugar habitual de residencia. El día anterior había llegado a las instalaciones de LA TRIBUNA a hablar de política con el director fundador del rotativo, cuya amistad se remontaba a días pretéritos, cuando Óscar Armando Flores dirigía Diario El Pueblo, órgano oficial del Partido Liberal, vocero de la candidatura presidencial del emblemático líder Ramón Villeda Morales. Aunque intuimos que su motivación más era abordarlo sobre el interés que pudiese tener, quien escribe estas líneas, de aceptar integrar la nómina de diputados a la Asamblea Nacional Constituyente. Quizás no tanto por nuestra valía personal sino por la influencia a nivel nacional que ya tenía el periódico.

El diario, desde sus tempranos albores, venía martillando en la conciencia cívica nacional –en las postrimerías de las tres largas etapas de eclipse constitucional– para que la nación pudiese restaurar el Estado de Derecho que le había sido arrebatado. El ofrecimiento cambió de ocupar una suplencia en las casillas, a la improbable sexta posición por Francisco Morazán que solo se materializó gracias a la carambola del residuo nacional electoral. Sin embargo, con ánimo de incursionar en los espinosos terrenos de la política –perdiendo o ganando– convenimos e iniciamos el desafiante recorrido por aquel accidentado camino, cuesta arriba, de reveses y de realizaciones, de ingratitudes y satisfacciones, bajo su tutela magisterial. Desde el inicio fuimos acogidos con especial cariño. Sin contar con el suficiente bagaje en la iuris integramos la Comisión Coordinadora de la Asamblea Nacional Constituyente –una escuela invaluable para cultivarnos, llenando contrarreloj en la autodidaxia jurídica la carencia académica y aportar a la historia– que redactó bajo consenso de los partidos, gran parte del texto constitucional. Pese a que muchos de sus cercanos amigos abogaban por una elección de la presidencia en segundo grado como había ocurrido en 1957, impuso su criterio de concurrir nuevamente a la consulta popular, esta vez a elecciones generales. Allí consolidó el liderazgo que hasta entonces llevaba prestado. Esa que se denomina la década perdida para la región centroamericana –pero que en imagen retrospectiva impele la oscilación pendular de regímenes autocráticos a gobiernos democráticos– fue hora tempestuosa de cielos encapotados.

La era más caliente de la guerra fría. De cruentos conflictos intestinos que derramaban cientos de refugiados a lo largo de las tres dilatadas fronteras del territorio patrio con sus vecinos. No eran baños al rumor del espumoso torrente, sino el arriesgado trayecto del buque –que exigía mano segura del timonel– desafiando las olas asesinas de un mar embravecido, al asecho esperanzador de un relumbrón que, entre la espesa bruma, asegurase la orientación correcta. Honduras, anticipándose con elecciones como salida al enmarañado laberinto, sorteando el furor de vientos borrascosos, pero asegurando la transición pacífica a otro período constitucional, fue faro luminoso que brilló en las tinieblas. Innegable que Roberto Suazo Córdova y su manejo cauteloso de una compleja transición fue pilar esencial de estos históricos acontecimientos. Le ayudaría, quizás, su destreza en el juego de naipes del conquián, cuando las situaciones amenazantes se presentan con barajas de cartas marcadas. Es bueno que lo sepan aquellos que hasta ahora despiertan a las duras realidades nacionales, sin idea siquiera de lo mucho que costó construir la democracia que, bien o mal, hoy se disfruta, a terciar en los debates de la problemática nacional con crítica acrimonia e inocente perspectiva. Como si la gravedad del atraso secular –complicado aún más por episodios recurrentes de inestabilidad política– fuese un paseo sobre alfombra aterciopelada. Nosotros, sí podemos decirlo, ya que junto al fallecido expresidente y a otros forjadores de ilusiones –por voluntad del Señor– allí estuvimos. El líder de la “tranquilidad serena”, Q.D.D.G., ya duerme el sueño infinito de la gloria eterna.

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