Tropas de Ferrera hacen prisionero al hijo mayor del general Vicente Tosta en el combate de Naranjito

MC
/ 29 de diciembre de 2018
/ 12:46 am
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Por: Jesús Evelio Inestroza Manzanares

En Honduras transcurría con desasosiego el año de 1922. El general otoreño Gregorio Ferrera González se había levantado en armas contra el gobierno constitucional de Rafael López Gutiérrez en 1921. El presidente ordenó al general Vicente Tosta Carrasco, gobernador político y comandante de armas del departamento occidental de Copán que atacara de inmediato al insurrecto, por lo que reclutó de emergencia unos 600 copanecos y santabarbarenses con la intención de aniquilar al levantisco Ferrera, el esquivo coterráneo que recién en al año 1919 lo había acompañado para derrocar a Francisco Bertrand. Los informes de inteligencia en poder de Tosta establecían que Ferrera se encontraba acantonado en las inmediaciones del pueblo de Naranjito, en el departamento de Santa Bárbara. Se desplazó entonces a marcha forzada, llegando a San José desde donde destacó dos espías para averiguar si el rebelde se encontraba en las cercanías; regresaron poco después reportando que el camino estaba libre de enemigos. Se reinició la marcha, la montada iba adelante con instrucciones de conseguir comida. Llegaron a las proximidades de Naranjito, a la altura del cerro “Las Crucitas”, donde les salieron al encuentro dos muchachos con la noticia de que Ferrera se encontraba a orillas del poblado. Tosta dio la orden de “pie en tierra” y destacó varios pelotones al mando del teniente coronel Julián Manzanares Gámez con la orden de tomarse las alturas dominantes, pero antes de que las fuerzas pudieran organizarse tácticamente fueron atacados con furia por ambos flancos. La situación era difícil.

Vicente Tosta Borjas, el primogénito del general gobiernista, acompañaba en aquella ocasión a su padre. Las circunstancias de apremio lo obligaron a empuñar el fusil y participar por primera vez en una acción de armas. Hizo disparos a los blancos escurridizos hasta “enconchar” su fusil calibre 11 y terminó por emprender veloz carrera, siguiendo la dirección de los espantados oficiales y soldados de su padre que huían derrotados, llegó jadeante al sitio donde se encontraba el “tren de guerra” y pidió un arma y municiones al encargado, quien admirado y lleno de compasión se negó a dar cumplimiento a semejante solicitud. En el momento de indecisión el muchacho se percató que la muerte rondaba en la cercanía y sintió miedo. ¡Viva el general Vicente Tosta!
Bruscamente las vivas se trasformaron

¡Viva el general Gregorio Ferrera, hijos de puta!

Se escucharon pasos apresurados de hombres que se acercaban y se sintió el jadeo de los indios de Ferrera. De inmediato se entabló un combate rápido. Arnulfo abandonó el sitio buscando el camino a San José y tres kilómetros adelante se sentó a la sombra de un matorral. Pasaron interminables las horas…la luz del día asomó silenciosamente.

En su vejez Arnulfo recordaba vívidamente el drama de aquella madrugada, cuando la llovizna le azotaba la frente mientras tembloroso buscaba los contornos difusos de Naranjito. Sin reparar en lo que hacía encaminó sus pasos al pueblo. Todavía tenía la esperanza de encontrar vivo a su padre.

¡Quién vive!

Arnulfo había aprendido a reconocer el peligro que se escondía en esos requerimientos y le pareció prudente contestar de inmediato: ¡Honduras!, así los hizo, pero el retén se mandó a silencio, siguió caminando y tropezó con un centinela que le apuntaba con un fusil “bala en boca”.

-déjenlo que se acerque, es un cipote-

Lo registraron y le encontraron una navaja que le había prestado un soldado en medio del combate para “desconchar” el arma. No cargaba nada más, pues había tenido el cuidado de dejar el fusil, la vaqueta y el salveque con municiones en un cerco de piedra cercano. Arnulfo no era sospechoso. Suplicó que lo dejaran marcharse. Un indio se acercó, se sentó a su lado y lo interpeló:

-Usted que hacés aquí- Arnulfo contestó: solo venía a ver si eran cuetes, suélteme por favor, si mis padres se enteran que ando fuera me van a castigar-
Aquellos soldados habían aprendido las crueldades de la guerra asolando poblados, saqueando y violando mujeres, pero en ocasiones se mostraban extrañamente considerados. Arnulfo fue tratado con afecto, son el sentimiento simple y llano que puede dar la guerra, le pusieron un “capote Choluteca” encima, aquellos que cubrían al jinete con todo y caballo, y hasta se permitieron bromear:

– ¡Pucha, vos!, como cuidas usted el cipote, parece que lo estás criando.

Con la aurora llegó la claridad haciendo aparecer la figura de dos soldados que estaban amarrados uno al otro, de los brazos. Reconocieron al hijo de su general, pero se hicieron los disimulados. Arnulfo los saludó con un gesto, tratando de no ser sospechoso.

A las cinco de la mañana llegó el general Ferrera con una fuerte escolta. Arnulfo se estremecía cuando muchos años después recordaba la impresión que le causó aquel hombre legendario, con su inseparable sombrero ala tendida, polainas de lona, pistola enfundada y asegurada a su muslo derecho con una cinta de cuero crudo y un cuchillo que sostenía moviéndolo acompasadamente mientras fijaba su mirada fría e impersonal en los dos avanzados y el muchacho. Le dieron el parte y se acercó a los prisioneros, y comenzó a conversar con ellos. Les preguntó si se sentían bien y se interesó en los detalles del combate que le proporcionaron. Aquellos pobres Diablos pasaron del terror a la tranquilidad y de la tranquilidad a la confianza, pidieron a Ferrera su libertad y este accedió. Dio orden que los soltaran y que dieran a cada uno cuatro reales para que buscaran comida en algún lado. Viéndose libre uno de los soldados dirigió su vista donde estaba Arnulfo y con voz alta, para que lo escucharan todos, dijo: -dígales quien es usted Tostita, no le tenga miedo al general que no le hará nada.

Todas las miradas se fijaron en el muchacho, los feroces soldados, casi todos yamaranguilas, rodearon al hijo del general Tosta blandiendo sus machetes y apuntándole con sus fusiles. Los hombres de convierten a veces en irracionales, y más aquello como los de nuestra historia, que solo saben leer la venganza y el odio en el libro de la guerra. Los ojos pequeñitos de Apolinario, unos de los soldados más sangrientos, se contrajeron mientras se acercaba al frente de un grupo de soldados al aterrorizado Tosta. Cuando todo parecía indicar un sangriento final, se oyó la voz calmada pero firme de Ferrera:

– ¡Que nadie toque al niño! -, es mi ahijado ¿Escucharon?

Sin decir más, extendió su brazo nervudo hasta tocar el hombre de Arnulfo y lo condujo al pueblo. Naranjito estaba cerca. Toda la tropa comentaba el suceso y hasta la población civil que se enteró del suceso estaba sorprendida:

-¡El general Ferrera no solo tiene “güevos!, también es buena gente.

Ferrera y su protegido desayunaron con pan y sardina enlatada en la tienda del alemán Alfredo Koute. A una pregunta del anfitrión sobre lo que pensaba hacer con el muchacho, Ferrera le contestó: -lo voy a tener conmigo hasta que se calme la cosa, después veré como lo mando a su padre. El extranjero advirtió a Ferrera que eso era muy peligroso porque una bala enemiga en un ataque sorpresivo podía herirlo o matarlo. Además, se corría el riesgo de que uno de los soldados podría atentar contra su vida. Le aconsejó que lo dejara en su casa que estaba bajo el protectorado de su país de origen. Ferrera aceptó. Apenas habían terminado de comer cuando se escucharon disparos. Ferrera salió presuroso para hacerse cargo de la situación. Tosta con apenas seis soldados en el cerro “Las Crucitas” hacía pensar al enemigo que contaba con refuerzos.

Ahora podemos entender de donde surgió el comentario generalizado de que Ferrera y Tosta eran compadres. La verdad es que no eran tal cosa ni nada parecido. Algunos historiadores se han encargado de registrar como cierta dicha falsedad. La actitud del guerrero otoreño respondió al humano interés de salvar la vida de un niño de apenas 14 años, aprovechando el sentimiento reverencial que los soldados de la Sierra de Opalaca guardaban ayer, como hoy, a los sagrados compadrazgos.

Arnulfo realizó estudios en Gulf Coast de Missisipi. Fue portero del Olimpia y pícher afamado en Honduras. Los años pasaron y los recuerdos se perdieron poco a poco. Para el niño aquel, como para el hombre maduro que transitaba las calles asoleadas de Jesús de Otoro, la tierra natal de su padre y también la de Ferrera, la guerra fue después de todo parte de su ser como lo es el cerro Campanario de la escarpada Sierra de Montecillos.

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