Música y lectura

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/ 30 de diciembre de 2018
/ 12:51 am
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Por Segisfredo Infante

Es demasiado pronto para calibrar, intelectualmente, el año 2018: un año que comenzó con grandes dificultades para el Estado de Honduras, con ciertas posibilidades de diálogo político, en una sociedad que ha perdido su capacidad para hablar coherentemente, y para dialogar y pactar en términos pacíficos. Todo porque algunos dirigentes de nuestro patio son enemigos jurados de las lecturas de los buenos libros de ciencia política, y de la lectura en general. En este punto habría que indagar qué cosas obligatorias leyeron en los colegios de secundaria y en sus propias universidades, en el remoto caso que hayan leído algo sustancioso, aparte de las supuestas “investigaciones” de su especialidad, y de las tareas para aprobar las asignaturas. Resulta llamativo que Honduras sea parte del llamado “Mundo Occidental”, cuyas raíces se hunden hasta la historia de la Antigua Grecia, iniciada con “el salto hacia la razón”, es decir, de la aldea a la ciudad, según una expresión del filósofo, sociólogo y politólogo chileno-alemán Fernando Mires. El aludido “salto a la razón”, o de las cavernas a la luz platónica, fue posible mediante el diálogo ateniense, que debieran conocer más o menos algunos políticos megalómanos y mezquinos del corral catracho, acostumbrados a pavonearse con arrogancia, sectarismo y dogmatismo.

De hecho el contenido del párrafo anterior proviene de una conversación con los profesores universitarios Aldo Cárcamo y Karen Zavala, quienes decidieron invitarme a almorzar un enorme pescado frito en el pueblito colonial de Santa Lucía (en los alrededores de Tegucigalpa), unas pocas semanas después que estuve interno en el Hospital del Seguro Social, a punto de morir. Y aunque todavía me sentía frágil para salir a la calle por aquello de las afecciones bronco-pulmonares, me pareció atractiva la idea de conversar y comer con los dos amigos. Repasamos nuestras experiencias de estudiantes, cuando todavía los profesores de secundaria y de las universidades insinuaban lecturas interesantes de cultura general. Recordé, por ejemplo, que el profesor Víctor F. Ardón (QEPD) había publicado unos interesantes textos de “Castellano” para las clases de español que eran de mucha utilidad. Creo que el profesor Ardón fue el primero en publicar un texto de “Filología Castellana” en Honduras, siguiendo los pasos iniciados por el jurista y gran lexicógrafo don Alberto Membreño, uno de los fundadores del Partido Nacional, en el año 1918. Percibimos que en la actualidad varios profesores exhiben la tendencia de abrumar a los estudiantes con enormes cúmulos de tareas que se bajan de Internet, y que terminan elaborando los padres de familia, para de este modo pasar tranquilamente por la vida sin recibir ni tampoco ofrecer conocimientos sólidos a nadie, y sin trabajar mucho. El trabajo se lo dejan a los estudiantes, quienes tampoco aprenden nada.

Debo confesar, sin embargo, que durante el año 2018 leí muy poco, abandoné mis lecturas sistemáticas, debido a la nueva fragilidad de mi salud y por causa de los ruidos excesivos de ciertos políticos que hablan de todo, menos de la necesidad vital de ensanchar el aparato productivo nacional; de reforzar la lectura sobria, detenida y profunda en las universidades estatales; y de crear una democracia económica sostenible. Pero mi ausencia temporal de lecturas sistemáticas, ha gozado del agradable sucedáneo de la buena música y de las buenas conversaciones con personas de diversas edades, que me hacen recordar los tiempos en que, con el poeta y ensayista Roque Ochoa Hidalgo (QEPD), dedicábamos tardes enteras a escuchar música clásica y a conversar de literatura y de filosofía, ajenos a los ruidos ensordecedores de la ofensa “política” del entorno. En nuestras conversaciones, de los años setentas, ochentas y noventas, siempre aparecían y reaparecían los nombres de Esquilo, Khayyam, Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Kierkegaard, Darío, Camus, Lorca y, sobre todo, Jean-Paul Sartre. No le gustaba mucho, según recuerdo, la filosofía de Ortega y Gasset. Y casi nunca hablábamos de Guillermo Hegel. Sí mencionábamos, de vez en cuando, a Martin Heidegger, cuya obra central “Don Roque” estudiaba lenta y esquemáticamente. Olvidaba exteriorizar que siempre, en todas nuestras conversaciones, venía el abordaje del libro bíblico “Eclesiastés”, sin excepción alguna.

En tiempos más recientes he gozado de las conversaciones reposadas de jóvenes escritores, pensadores, poetas y científicos como Josué Danilo Molina, Abraham Pineda Corleone, Wilder Guerrero, Rossel Montes, Martín R. Mejía, Rolando Kattan, Kevin Guerrero, Denise Vargas, Frances Simán, “Riguito” Erazo, Daniela García Lezcano y otros integrantes y amigos afines del “Círculo Universal de Tegucigalpa Kurt Gödel”, incluyendo a varios de mis hijos. No puedo ni debo, finalmente, soslayar los nombres de viejos amigos intelectuales accesibles como Oscar Soriano, Abel Herrero, Julio César Pineda, Luis Martín Alemán, José Antonio Funes, Enrique Cardona Chapas, Atanasio Herranz, Oscar Montes, Tito Castellón, Rolando Sierra y, más recientemente, don Héctor Fortín. Por supuesto que se me han escapado varios nombres importantes. Pero un artículo es solamente un artículo.

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