La comedia del salario mínimo

MC
/ 31 de diciembre de 2018
/ 12:06 am
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Por: Héctor A. Martínez
(Sociólogo)

La comedia del salario mínimo suele reestrenarse en diciembre de cada año, a manera de un adviento de tipo político. Los actores principales: el Estado, los “representantes” de los trabajadores y la empresa privada. La obra: “Cómo quedar bien con todos menos con los trabajadores”.

Pero nadie le entiende al trámite de la negociación, ni los actores principales, ni el público. Porque el de los salarios es un tema delicado para cualquier técnico, no digamos para un lego en la materia. Aunque los economistas puedan sugerir algunas tácticas, al final, no existe una guía de recomendaciones que pueda orientar a los actores. Si usted no cree esto, revise los textos “gringos” sobre economía: los autores no se meten de lleno a ese “rollo”, por el contrario, lo despistan a uno con una jerga pletórica de tecnicismos que termina por desalentar a cualquiera.

La gente cree que el “estira-encoge” de cada año debe concentrarse en determinar quién gana el pulso para que las propuestas sectoriales sean aceptadas. Porque, a decir verdad, nadie sabe cómo aplicar un porcentaje que sea el adecuado y que todos salgan ganando: los empresarios cuidan de que la planilla no se les infle -y, por tanto, los costos-; las centrales obreras, tratan de que el porcentaje pactado sea tan popular que los mantenga en el puesto por cuatro años más, y, demás está decirlo, el gobierno quiere hacer la buena propaganda justiciera con el aumento de marras.

Si uno se va detrás del telón griego -de los que se abren hacia los lados-, ya la obra ha sido bastante practicada, en los camerinos, para ser exactos. A la “mesa” se sientan los caballeros que se han entendido muy bien desde hace algunos días, y un poco de polémica le pone salsa al asunto. Los periodistas explican en sus reportajes que hay diferencias, todavía, que impiden llegar al tan ansiado acuerdo, aunque, al final, el numerito ganador no sea el reflejo de la realidad.

Heilbroner y Thurow aducen que el salario mínimo debe ser superior a los precios promedio del mercado, porque, de lo contrario, no tiene ningún sentido establecer un porcentaje menor a este índice. Lo cierto es que los beneficiados son aquellos que entran a trabajar por vez primera y, mejor aún, que los que no poseen un buen nivel educativo. A los demás hay que hacerles un pequeño ajuste, y los que están por sobre ese promedio, pues… ni para los confites.

Si tuvieran un poco de voluntad patria, establecerían una estructura salarial por niveles y no por sectores o rubros como hasta ahora. Eso de “agricultura, silvicultura, pesca, caza” es de la época colonial. Hay que trabajar la propuesta por rentabilidad, tiempo de estar en el negocio, y si se trata de pequeña, mediana y gran empresa. Se diseña una diferenciación de salarios. La estandarización, que es una medida muy politizada, afecta a los que tienen pequeños negocios y premia a los malos trabajadores. De todos modos, la SAR tiene la información de facturación de cada empresa, se supone. ¿Y si en cada empresa se establece un sistema de gestión por resultados, y se paga un salario fijo más uno variable -así como ganan los que trabajan en ventas-, no sería lo más adecuado? Productividad, calidad y bonos por resultados. Así, el Estado decretaría cada año el precio por inflación, y el patrono establecería su nuevo sistema salarial, supervisado por la Secretaría de Trabajo y la SAR. No habrá chance para las centrales obreras. ¿Qué lleva mucho trámite? Talvez, pero eso se llamaría justicia y equidad y la comedia desaparecería para siempre.

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