Desorden social en América Latina

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/ 13 de enero de 2020
/ 12:07 am
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Desorden social en América Latina

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Por Héctor A. Martínez
(Sociólogo)

¿Por qué la gente se está sublevando contra los poderes en América Latina? ¿De dónde provienen estos amotinamientos? ¿Qué están haciendo las élites para apaciguar la disconformidad de los revoltosos, evidentemente patrocinados por organizaciones financieramente poderosas?

Miles se han lanzado a las calles a generar destrozos y a saquear, mientras los rebeldes virtuales, los “smartmobs” de las redes sociales, los fugaces e inestables, como dice el filósofo Byung Chul Han, emiten juicios a tientas, mientras sus rabietas hormonales se desplazan vertiginosas, a lo largo y ancho de la banda del Internet.

Existen varias teorías sociológicas que explican el funcionamiento de las sociedades; de cómo se estructura el poder, cuál es la mecánica legal que rige las relaciones entre los individuos, y cómo las masas acatan las disposiciones emanadas de la autoridad máxima, en este caso, del Estado y las instituciones.

El funcionalismo, por ejemplo, teoría preferida por los norteamericanos y admitida en buena parte de Europa, explica que existen leyes y valores a los cuales el individuo debe apegarse “de conformidad”, es decir, que debe ser guiado por ellas para adaptarse al entorno y llevar una vida normal, sin crearle problemas al sistema social. Un delincuente, desde luego, sería un individuo “desviado”; y una revuelta social, como en Chile, deviene en un acto disfuncional contra las leyes. En ambos casos, habría que tratar el problema como una patología social, aplicando las “medicinas” institucionales que prescriban, según el caso.

Por el lado de la sociología crítica, de origen marxista, y la preferida por el 90 por ciento de los sociólogos latinoamericanos – casi todos fieles al marxismo-, si bien no elucida los mecanismos de correspondencia institucional, a la manera del engranaje funcionalista, justifica que el poder y la sociedad civil son antagónicos por antonomasia; que los recursos están mal distribuidos y que, por tanto, el conflicto permanecerá latente, mientras no se resuelva esta inhumana contradicción social. Luego, han aparecido otras corrientes que son, en realidad, variantes de esta última, incluyendo el neomarxismo posmoderno que acoge a la diversidad sexual, los ecologistas, feministas y a grupos defensores de la etnicidad.

Si bien el funcionalismo es una teoría descriptiva de lo que “debería ser” una sociedad equilibrada y libre de conflictos, no ha sido prescrita por la academia latinoamericana, es decir no ha servido de guía ni de “pegamento” social -como dirían sus defensores-, y ello explica, en buena parte, la facilidad con la que desafiamos a la autoridad y al poder. Los latinoamericanos somos muy propensos a romper las reglas más elementales, y nuestros valores son bastante relajados y observados con un bajo nivel de basamento ético. Jamás podríamos contar con sociedades altamente integradas mientras la disfuncionalidad prevalezca en nuestro ambiente.

La crítica marxista está ganando terreno, no por prescriptiva ni práctica, sino porque enuncia y denuncia, en sumo grado, el problema irresoluble de la desigualdad social del continente. Su gran ventaja: haber encontrado los canales de organización y aplicación pragmática en los partidos políticos, movimientos sociales y grupos de presión, todos ellos enmarcados en la censura contra las disparidades económicas del sistema.

La respuesta de los políticos y de las élites ha sido, hasta ahora, la más fácil de elegir, pero la más incendiaria: aplacar las revueltas a punta de programas populistas, fingir empatía hacia estos grupos, hasta llegar a la aprobación de leyes que permite a los rebeldes ganar espacios de poder mientras generan más desorden.

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