Don Héctor Coto, el sastre presidencial

ZV
/ 18 de enero de 2020
/ 12:04 am
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Don Héctor Coto, el sastre presidencial

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Corrían los años 50, cuando don Héctor Coto dejó los campos bananeros y se trasladó a Tegucigalpa convencido que lo suyo era el corte y confección. Hoy, con 87 años recién cumplidos, es un sastre clásico de los sacos, su especialidad, con una variada clientela que va desde el expresidente Carlos Flores hasta los empleados del Seguro Social. Por la escasez de sastres, es una especie en peligro de extinción en la capital. Ni el “bultic” ni las maquilas han logrado aniquilar su taller “El Sol” en el Barrio Abajo. Aquí trabaja concentrado, como el primer día, interrumpido de vez en cuando por el bullicio de vendedores y el claxon de los buses y taxis que retumban en las paredes del viejo inmueble rentado. Dos máquinas de 1964, un mesa de la misma época, un radio para escuchar noticias y su hijo, Marco Antonio, son sus compañeros cotidianos en el oficio más limpio de todos, como le llama.

¿Cómo empezó?
Me enseñó un señor salvadoreño con quien aprendí a hacer saco, pantalones en El Progreso.

¿Ahí nació?
Me trajeron chiquito de Trujillo a El Progreso porque mi papá trabajaba con las bananeras pero yo trabajé la sastrería desde siempre

¿A qué edad aprendió?
Tenía como 20 años, trabajé en las bananeras pero la verdad que esos trabajos no me gustaron.

¿Cómo llegó a Tegucigalpa?
Yo vivía en El Progreso y como no hallaba trabajo entonces decidí venirme para Tegucigalpa.

¿Y las bananeras?
Antes de la huelga obrera del 54 había trabajo pero después ya no fue igual.

¿Con quién llegó?
Yo vivía con mi abuela en El Progreso y nos venimos en 1959. Ya tenía esposa e hijos y ya trabajaba en la sastrería.

¿Por qué la sastrería y no otro oficio?
Siempre me llamó la atención cortar y confeccionar. Por eso desde que llegué a Tegucigalpa no me regresé a El Progreso.

¿Dónde comenzó a trabajar en Tegucigalpa?
En un tallercito en Comayagüela. Estuve poco tiempo y de ahí me vine a trabajar a esta zona del Barrio Abajo con un italiano que se llamaba Pascual Bruni.

¿Fue su maestro?
Como le decía, cuando yo vine a Tegucigalpa ya sabía hacer sacos pero Bruni era un maestro de la sastrería. Su taller estaba ahí por los ministerios. Hacíamos trajes para el Pequeño Despacho y costura general.

¿Cuánto tiempo trabajó con Bruni?
Trabajé como dos años, éramos cinco operarios, pero se retiró para atender la fábrica de Café Maya.

¿Y para dónde se fue usted?
Pasé a trabajar con el dueño de esta sastrería, don Adán Ávalos, un gran maestro salvadoreño. Estamos hablando del año 1963 pero se retiró en el 74 y me dejó la sastrería. Desde entonces estoy aquí.

¿Se la regaló con todo?
Sí, cuando se retiró me traspasó la sastrería completa, desde entonces, costuro independiente.

¿Quiénes fueron sus primeros clientes?
Muchos personajes de la capital, entre ellos, don Óscar Flores, el papá del ingeniero Carlos Flores a quien le sigo confeccionando sus sacos. También le he hecho pantalones a Lizzy y a doña Mery.

¿Don Óscar venía aquí en aquellos tiempos?
Venía de vez en cuando pero casi siempre iba a tomarle las medidas. Al ingeniero Flores se las voy a tomar a su oficina.

¿Qué otros personajes conserva como clientes?
Me quedaron como clientes Nicolás Cruz Torres, Gustavo Alfaro, ministro de la Presidencia de Carlos Flores, el periodista Esdras Amado López y entre otros que ahorita no me recuerdo.

Casi no hay sastrerías en Tegucigalpa ¿qué será?
Fíjese que han cerrado casi todas porque la venta de ropa usada ha quebrado el negocio. Ahora, la gente va a comprar un saco usado en 300 lempiras o un pantalón y listo.

¿Siempre estuvo en este local?
Estuve en otro lado, pero aquí rentó al dueño que me traspasó la sastrería. El hijo del dueño iba a reparar la casa pero murió repentinamente de un infarto.

¿Cómo se siente de salud?
Fíjese que me siento bien, me levanto a la misma hora, me arreglo y me vengo al taller. Abro a las 10 de la mañana y me voy a las 6 de la tarde.

¿Costura en general o solo sacos?
Costuro a todo mundo, hago uniformes, tengo clientes entre los empleados del Seguro, estudiantes y gente en general, son clientes de hace mucho tiempo.

¿Es difícil aprender a costurar?
Con interés, se aprende rápido. Pero para mantener una sastrería hay que ser atentos con los clientes, tratarlos de la mejor manera posible y aceptar lo que ellos le dicen a uno.

¿Qué cuidados hay que tener con las telas?
Hay que saber manejar la tijera y las medidas, es una regla para el corte.

¿Alguna vez se equivocó en las medidas?
Claro, al principio, siempre pasa. También tuve que pagar una tela por mal corte.

¿De qué depende un buen pantalón o un buen saco?
Todo depende de la tela, Vlendis Santiago es una buena tela para trabajar, 55 por ciento de poliéster y 45 por ciento de lana virgen. Es una tela bonita para trabajar.

¿Cuánto costaba un traje en aquellos tiempos?
En aquellos tiempos costaban 45 lempiras y a uno de operario le pagaban 15 lempiras y por un pantalón 1.50 lempiras. El dueño cobraba cinco lempiras.

¿Cuánto cobra hoy?
La confección de un traje vale tres mil lempiras si el cliente trae la tela pero si quiere le ponemos la tela.

¿Es un trabajo agotado?
Es agotado pero la verdad es bonito y un oficio aseado con respecto a otros.

¿Todavía maneja la máquina?
Claro que sí, es parte de mi trabajo. Estas que tengo las compré en 1964.

¿Cuánto le costaron?
En aquellos tiempos la compré a 200 lempiras al crédito en La Curacao, ahora, cuestan tres mil lempiras.

¿Qué cuidados hay que tener?
Hay que estar despierto. Cuando yo empecé la aguja me traspasó la uña y el dedo. Yo aprendí a los tres meses.

¿Cuánto tarda en hacer un saco?
Hoy me estoy prácticamente la semana. Antes me estaba tres días. Hay sastres que se hacen un saco diario pero no sé cómo lo hacen porque hacer un saco no es de un día.

¿Aprendieron sus hijos?
Solo uno de ellos trabaja conmigo. Se llama Marco Antonio Coto y trabaja muy bien.

¿Ha bajado el negocio?
Como le decía, esa ropa de “bulto” ha matado el negocio. Antes tenía cuatro operarios y yo también trabajaba. Sacábamos 15 pantalones a la semana y unos 15 trajes al mes, sobre todo, en diciembre.

¿Y hoy?
Casi nada, este mes de diciembre solo hice un traje a Nicolás Cruz Torres.

¿Qué días trabaja?
Todos los días, menos el domingo, descanso en la casa.

¿Qué hace el domingo?
Descansado, antes iba al estadio todos los domingos a ver al Olimpia.

¿Tiene partido político?
Ya no voy con ningún partido.

¿Lo decepcionaron los gobiernos?
Principalmente el actual que es un solo desastre, no sé por qué se empeña en seguir, a lo mejor porque el pueblo es pasivo.

¿Qué recuerdos tiene de la huelga del 54?
Recuerdo que se pararon todos los campesinos que trabajaban con la compañía bananera. Yo trabajaba en la sastrería pero no nos paramos.

¿Y el golpe de Estado a “Pajarito”?
Fue un golpe bárbaro. Yo presencié cómo mataban a los guardias civiles. En esa posta de Belén, después del macaneo de la mañana, en el mediodía, me fui a ver y en un callejón que había vi los policías muertos amontonados. Fue bárbaro eso.

¿Qué piensa del golpe a “Mel” Zelaya?
Fue un golpe que se lo dio la empresa privada, otras instituciones y el gobierno y Estados Unidos porque miraban que era un hombre estadista. Favoreció bastante a la gente pobre.

¿Simpatiza con él?
Sí.

¿La guerra del 69 asustó a los capitalinos?
Se oía que venían los salvadoreños para Tegucigalpa pero al final no vinieron, solo fue allá en la frontera.

¿Cómo era este barrio cuando llegó?
Eran tiempos muy bonitos y sanos, había desfiles y procesiones, uno se iba a meter a las iglesias.

¿Fue bailador?
Sí, joven, en El Progreso pero aquí en Tegucigalpa no me gustó aunque ahí donde ahora está el Ministerio de Educación ponían bailes los domingos.

¿Sigue bien de la vista?
Sí, gracias a Dios, hay que tener la vista buena, porque hay que enhebrar la aguja de la máquina.

¿Hay más sastres que hagan sacos en Tegucigalpa?
Somos muy pocos los saqueros.

¿Fue a la escuela?
Llegué hasta sexto grado porque en Trujillo no había colegio y a El Progreso llegué de 20 años a trabajar a los campos bananeros.

¿Ha pensado retirarse?
Cuando sienta la necesidad, lo haré, mientras tanto no, porque esto me mantiene activo.

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