Bicentenario, actitudes y compromisos

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/ 25 de febrero de 2020
/ 12:06 am
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Bicentenario, actitudes y compromisos
El Tratado de Bogotá

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Por Juan Ramón Martínez

Hay quienes dirán, –desde la oscura frontera de la amargura–, que no hay nada que celebrar. Ni porqué celebrar. Que nacimos mal. Que no hemos hecho nada y que la independencia es un tema postergado. Y que, estamos obligados a satanizar nuestros orígenes, condenar a nuestros padres e incluso, –los más neuróticos–, declarar que mejor no hubiéramos nacido. Ante estos excesos emocionales, creemos que hay que aprovechar la oportunidad –dentro de una perspectiva moderna– para evaluar lo que hemos sido, los logros alcanzados, lo que hemos hecho inconscientemente o deliberadamente mal, para desde allí, imaginando lo que a los historiadores más rígidos no les gusta –cosa que no hay que darle mayor importancia porque esta es una celebración más allá de esta ciencia y sus cultores; es de todos– qué habría ocurrido si las cosas las hubiésemos hecho mejor. Desde este punto de vista, podemos –sin renunciar a los errores pasados; pero sin que nos paralicen y nos dominen– imaginar un futuro de esperanza y de sueño que, nos permita asegurar la existencia de la nación hondureña y construir desde ese compromiso, una etapa de rectificaciones que nos permita hacer de Honduras y de Centroamérica, “una gran nación”. Junto a otros colegas, estamos en el esfuerzo, trabajando desde 2019 –sin recursos; pero con gran voluntad y espíritu de servicio– para aprovechar tanto la fecha el 21 de septiembre de 2021, como la del 1 de julio del 2023, fecha en que nos declaramos, en forma mucho más clara, que nuestra nación, Centroamérica, era libre y soberana de cualquiera potencia, para celebrar dos siglos de independencia política. De México y de España. Sin rencores ni traidoras cuchilladas para vengar imaginarias ofensas.

Hemos partido de algunos conceptos básicos. Que la independencia es la suma de todas las independencias individuales. Bajo la sombrilla del pensamiento de Valle. Y dentro de una estrategia de inclusión en que, contrario a lo que ocurrió en 1921, en que la celebración fue de los gobiernos, esta de los 200 años será “de los pueblos”. Sin distinciones políticas, sociales, económicas, raciales o aficiones sexuales. Y lo más importante, desde la base hacia arriba, es decir, desde el municipio y sus aldeas, para seguir hacia el departamento y al final, cubrir la nación. Sin descartar el encuentro, con las demás fracciones de la fallida República Centroamericana.
Para hacernos y sentirnos hermanos. Reduciendo odios y diferencias artificiales, que nos paralizan y para evitar objetivamente, las trampas de una subjetividad engañosa en que al final, lo que se ha impuesto es, un individualismo cerril, y una vocación destructiva en que además de enemigos, los unos con los otros, todos creemos que hay que destruir a la madre Honduras, porque ella tuvo la culpa de traernos al mundo.

De esta manera, cada municipio y departamento se organizarán para efectuar su propia celebración. Con lo que cuenten y en la forma que lo quieran, compitiendo unos con otros, para demostrar quién hace más por la madre patria y levanta más alto la bandera de la identidad, del patriotismo y la dignidad. Y dentro de un esquema de esperanza, derrotando mentalmente el centralismo capitalino, creando objetivos locales, desde los cuales desarrollar estrategias compartidas para diseñar planes de desarrollo, en lo que, por la acción conjunta, se garanticen el bienestar y la felicidad de los ciudadanos que, no lo harán posible Estados Unidos, Rusia o China, sino que nosotros mismos: los hondureños.

Será un esfuerzo de imaginación, optimismo y esperanza. De modo que lo contrario a lo que se hizo en el 1821, –en que unos pocos declararon la independencia antes que los pueblos–, sea antes que punto de llegada, uno de arranque vigoroso de un esfuerzo colectivo para hacer de Honduras y de Centroamérica, una región en donde no vengan a terminar los albañales de las grandes potencias que se disputan el mundo. Con lo que, demostraremos que no hay patria pequeña o patria desgraciada, sino que ciudadanos que la sueñan pequeña, sola y mezquina. Haciendo de la celebración de los 200 años, el inicio de un nuevo ciclo que imaginaremos nuestro y bajo nuestro control.

Tenemos casi todo diseñado. El riesgo es que, nos distraigamos con tonterías. Y la división y la amargura, vuelvan a imponer sus banderas.

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