POR LA SOBREVIVENCIA

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MA
/ 22 de julio de 2020
/ 12:43 am
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LA CEPAL –en eso se lucen esas instituciones regionales, como la SICA y la SIECA acá, con sus burócratas bien pagados, haciendo estudios de un panorama desolador– alertó sobre un escalofriante aumento de la desigualdad. Lo alarmante de estos negros nubarrones es que si los pueblos en varias naciones del hemisferio se revolvieron antes de la pandemia, indignados por las disparidades –como sucedió hasta en Chile, ejemplo que ofrecía de un modelo económico exitoso– qué no podría suceder cuando calen más hondo las diferencias sociales. Más lúgubre el horizonte si a lo anterior se agrega que el antisistema crece. El descontento de la población, que ya era grande, va a crecer cuando salga más destartalada de la pesadilla. Con el riesgo de no encontrar forma de apaciguar la virulencia con que amenaza golpear.

La gente con exacerbada intolerancia por su agravada impotencia, ya duda que la democracia política sea remedio a los males que la atormentan. Eso es lo delicado. Que el camino ofrecido para dirimir conflictos y encontrar soluciones, haya llegado a tal punto de angostura. De allí el auge de las tendencias populistas. Para tapar el ojo al macho. A los políticos que las agitan, esas banderas solo les servirán, de momento, para medio sofocar la pesadez. Pero tarde o temprano se agota la paciencia y ellos también van a decepcionar a espectadores desencantados, después de haberlo probado todo, y encontrar que nada es respuesta suficiente a su intranquilidad. Así que cualquier estabilidad política institucional que haya en cualquiera de estas naciones, es muy relativa y demasiado frágil. Sobre todo en estos pintorescos paisajes acabados, más vulnerables al desequilibrio. No sería nada infructuoso sopesar lo que el enardecimiento provoca. Porque hay estructuras endebles que, sin forzarlas mucho, podrían venirse abajo como castillos de arena. Encima del desasosiego por los efectos tenebrosos de la enfermedad, los miles de contagios, las fatalidades, el desguace de las economías, la pérdida de los trabajos, la contracción de los mercados, y la asfixia de los ingresos familiares, vienen las hambrunas. La desgracia podría empujar a entre 80 y 130 millones de personas al hambre a final de año en todo el mundo, según el estudio de la FAO. Quienes se dedican a cuantificar en cifras los males que se padecen auguran que esta calamidad llegará a los niveles de la gran depresión de los años 30. Aquello fue como peste que se esparció, empobreciendo el mundo entero.

Pero no fueron las políticas de subsidios gubernamentales ni de incentivos a los mercados lo que acabó con aquella pesadilla. Fue el estallido de la segunda guerra mundial. Cruenta y salvaje. Pero fue, además de lo terrible, el aguijón que hizo posible la expansión industrial norteamericana. Obligada a producir pertrechos de guerra para su defensa y para auxiliar a sus aliados. Mientras los hombres iban al frente de batalla, las mujeres los sustituían en las fábricas de ensamblaje. Ese fue el motor de la rehabilitación. Los norteamericanos salieron de la guerra fortalecidos como poderío político, económico y militar. Esta peste de ahora, sin embargo, es otra cosa. Es una especie de guerra, pero de otra naturaleza. En medio de la crisis sanitaria, también plantea el desafío de no perder la frágil estabilidad política e institucional. Urge que haya respuestas en todos los frentes. Ocupa de un plan sensato bien estructurado. Porque también es una lucha por la sobrevivencia que debe pelearse en diversas trincheras, con tácticas y estrategia distintas.

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