Fortalezas de pensamiento y voluntad

Fortalezas de pensamiento y voluntad
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/ 23 de julio de 2020
/ 12:36 am
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Por: Segisfredo Infante

En países como Honduras estamos sitiados por la pandemia. El enemigo principal es el coronavirus y sus secuelas silenciosas; o mortales. No comprender este magno problema es ausencia de visión y de sensibilidad humana. Empero, es preciso agarrarse a las ramas del sauce flexible de la “Esperanza”, el cual permanece a pesar de las correntadas desbordantes de la “Historia”, de los malos políticos y de los siniestros “naturales”. Amén de las tragedias devenimos en la obligación imperativa de reflexionar más allá de los manualitos, los folletitos, los rencores “insalvables” y de los cánones acostumbrados, para luego buscar y encontrar los puntos de conciliación real. Sin detrimento de la democracia.

Durante varias semanas, quizás meses, he venido “craneando” sobre las probabilidades de resguardar los mejores valores del “Espíritu” occidental, tan socavados por la banalidad, cierto tipo de tecnología y por la frivolidad contemporánea. E inclusive conservar el lado positivo de las mejores tradiciones culturales de cada país, aun cuando existan algunos factores negativos o ambiguos. Solo con un pensamiento recio y autónomo, se pueden afrontar y neutralizar tales adversidades, incluso, como decía el poeta español Francisco de Quevedo Villegas, con un “Amor constante más allá de la muerte”. O a pesar de la inevitable y dolorosa muerte, añadiríamos nosotros.

Los sucesos de los últimos tiempos, nos han obligado a pensar en la necesidad de construir pequeñas fortalezas de pensamiento, de erudición y de buena voluntad, comunicadas unas con otras. Tales construcciones podrían ser, quizás, sedimentarias. Poco a poco, pero con firmeza, según el devenir de las cosas humanas y naturales, sin olvidar el factor divino. No queremos ser inflexibles ni tampoco dogmáticos. El pensamiento creador debe estar acompañado por la memoria de los eruditos. Si bien la erudición en sí misma nunca crea pensamientos ni viejos ni nuevos, por lo menos se encarga de reproducir los buenos conocimientos acumulados en el pasado reciente o lejanísimo. Así que también los eruditos serían piezas vitales de tales fortalezas interiores, concebidas un poco a la manera de los sólidos “castillos” del alma de la sefardita “Santa Teresa de Jesús”.

Al pensamiento y a la erudición debe sumarse la “buena voluntad”, según como la concebía el filósofo escolástico-moderno el padre Francisco Suárez, cuando sugería “una valorización más aquilatada de la voluntad”, tanto de Dios como del hombre. No me importa ni un pepino que filósofos desconstruccionistas actuales como el prestigioso Jacques Derrida desprecien el concepto fraseológico de “buena voluntad”, tildándola de ser una palabreja medieval, aun cuando tal concepto ha cobrado carta de ciudadanía moral en pleno siglo veinte. Un hombre sin pensamiento y sin buena voluntad decae en la verdadera indigencia mental. O se vuelve un “descarriado”, según lo sugeriría Maimónides.

El “decaimiento” y la “buena voluntad” son conceptos filosóficos que se remontan a diferentes momentos de la historia de las ideas, viejas y recientes. (No cabe en este punto el concepto de “voluntad” de Friedrich Nietzsche ni de sus martillazos). De tal suerte que en las pequeñas fortalezas del “Espíritu” que estoy proponiendo construir para este largo periodo de decaimientos de la “Historia”, es menester auxiliarse de los pensadores, de los eruditos, de los científicos y de los teólogos sobrevivientes de buena voluntad, sin importar para nada que sean católicos, judíos, evangélicos, “protestantes”, budistas o taoístas, siempre y cuando guarden una sabia distancia de aquellos fanatismos extremos que suelen contaminar a ciertos grupos religiosos y políticos, que se especializan en descalificar a los demás, a veces sin ningún conocimiento teológico ni mucho menos histórico. Por el simple placer de descalificar dogmáticamente a los que poseen conocimientos recios.

Algunos podrían anticipar que se trata de un proyecto utópico. Que conste que aquí se presentaría una contradicción de fondo entre “proyecto” y “utopía”. Pero otra vez tenemos que recurrir a la enseñanza histórica. Cuando los bárbaros y los vándalos inundaron casi todos los confines del continente europeo y del norte africano, al derrumbarse el “Imperio Romano de Occidente” durante el año 476 de nuestra era, los conocimientos greco-romanos y judeocristianos fueron salvaguardados en monasterios y abadías celtas, especialmente en algunos lugares remotos de Irlanda y creo que de Escocia, en el contexto incierto y brumoso de la Alta Edad Media.

Para que un proyecto silencioso de tal envergadura se haga realidad, es menester que sus probables integrantes asuman el principio de “tolerancia” llevada con paciencia hasta las últimas consecuencias. No puede haber pluralismo ni tampoco coexistencia amorosa entre los seres humanos, sin verdadera tolerancia ideológica. O sin el respeto mínimo al prójimo que piensa un poco diferente de nosotros. Esto significa que debe prevalecer un alto pensamiento impreso y una buena voluntad conciliadora. No la simple referencia de las “citas citables” sino, como dijeron los fenomenólogos, el conocimiento de “la cosa misma”, que para nosotros es el conocimiento mismo de los libros clásicos.

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