Libros que nunca leeremos

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/ 26 de julio de 2020
/ 12:01 am
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Por: Segisfredo Infante

George Steiner, fallecido en febrero del presente año, relataba con enorme nostalgia y erudición, los detalles relacionados con los siete libros que pensaba escribir, y que aparentemente se quedaron como un sueño trunco. “Los libros que nunca he escrito” (edición del 2008), es un texto en donde Steiner hace gala de una erudición precisa, pero al mismo tiempo enciclopédica y casi descomunal, habida cuenta que en algún momento se le catalogó como “uno de los hombres más sabios del mundo”. Se trata de siete ensayos agrupados en un solo tomo, que hacen pensar en las “Siete Noches” de Jorge Luis Borges, conferencias publicadas en 1980.

La prosa de Jorge Luis Borges era más encantadora que la de Steiner. E incluso que la de José Ortega y Gasset. Pero George Steiner era más riguroso y más preciso en sus fuentes bibliográficas que Borges. Incluso Steiner producía pensamiento. Así como Ortega y Gasset era más sobrio, más racional, más sosegado y mucho más profundo que Jorge Luis Borges, porque quizás al argentino universal nunca le simpatizaron los sistemas filosóficos “cerrados” ni tampoco “abiertos”. Hubo algunos entrevistadores que se la pasaron de listos y pretendieron encasillar en un discurso político-ideológico cerrado a Jorge Luis Borges, olvidando que el escritor argentino era por encima de todas las cosas un excelente literato, que de vez en cuando jugaba con la filosofía y que casi siempre desdeñaba a los escritores “comprometidos” con las ideologías unidimensionales que hacen ganar fama, prestigio y concursos a los escritores facilones. Lo de “unidimensional” es una expresión del viejo Herbert Marcuse, uno de los integrantes de la Escuela de Frankfurt.

Jorge Luis Borges ha sido distorsionado y a veces difamado por otros escritores que jamás han podido comprender las diferencias internas, o intra-textuales, entre el Borges cuentista, el ensayista, el poeta, el conferencista y el bromista empedernido. Cada una de estas facetas de Borges son muy diferenciadas entre sí. Por ejemplo, Borges inventa libros y bibliografías única y exclusivamente en sus cuentos y relatos. Nunca lo hace en sus conferencias y ensayos, en donde exhibe excelente memoria y rigor. Mucho menos en sus poemas motivados por personajes históricos. Borges tampoco es filósofo, como han pretendido algunos de sus intérpretes. Admiraba algunos arquetipos griegos; se aproximaba al sistema filosófico de Baruch Spinoza y se entusiasmaba con los conceptos de “voluntad” y “representación” de Arthur Schopenhauer. Pero estas aclaraciones de muy poco sirven, en tanto que varios individuos indeterminados continúan repitiendo las mismas boberías de siempre, confundiendo las facetas diferenciadoras de escritores como Jorge Luis Borges y George Steiner, para solo mencionar dos personajes eruditos.

En medio de mi otoño (por analogía con George Steiner) estoy casi convencido de los libros que nunca leeré, a pesar de las buenas intenciones. Contemplo con tristeza los muchos volúmenes pendientes de lecturas y relecturas. Y aunque tengo en la cabeza algunos posibles proyectos de libros por escribir y publicar, percibo mis limitaciones de tiempo, espacio, salud y éxodo, razón por la cual sólo Dios Altísimo puede saber de la probabilidad a favor y en contra de publicar nuevos libros. Me encantaría darle continuidad a mi libro especulativo “Fotoevidencia del Sujeto Pensante” (2013, 2014), y reunir algunos borradores de poesía que andan por ahí, como perdidos entre mis papeles. No vaya a resultar que en el futuro se inventen “escritos” que yo nunca escribí, tal como lo hacen algunos ociosos que pasan elaborando textos de autoayuda para adjudicárselos a varios escritores ya fallecidos. Incluyendo al mismo J.L. Borges y Albert Camus.

Comprendo a fondo la nostalgia, el vacío y el pesar de George Steiner (1929-2020) ante la imposibilidad fáctica o espiritual de publicar todos los siete libros que tenía pendientes de escribir o para la imprenta. Uno de tales volúmenes era sobre la obra y la personalidad de Joseph Needham, un marxista heterodoxo cuya memoria enciclopédica se encontraba situada muy por encima de la del mismo Steiner, hipotéticamente hablando. Pero unas mentiras de Needham, o su insinceridad, lo decepcionaron para continuar con el proyecto pluralista. Otro de sus libros era sobre la historia y la identidad de un pueblo “permanentemente” desterrado. Y el último texto, tal vez en orden cronológico, llevaría el título filosófico de “Petición de Principio”, con el objeto de explicar las razones de sus distanciamientos ideológicos y partidarios en el sectario y recargado siglo veinte.

No recuerdo muy bien si era Alfonso Reyes quien decía que los latinoamericanos perdemos demasiado tiempo redactando borradores que nunca publicamos. O cuando los publicamos, acuñaríamos nosotros, por regla general son panfletos sociológicos o seudopolíticos, cargados de sesgos, mezquindad, rencor y superficialidad. Pero lo más lamentable del caso es lo poquísimo que leemos en nuestras provincias. Tal vez por la escasez de libros, por desidia, por anti-intelectualismo o por otras infamias.

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