LOS MAYAS Y EL PICHINGO

LOS MAYAS Y EL PICHINGO
ZV
/ 27 de julio de 2020
/ 12:47 am
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EN la medida que las naciones se encierran intentando capear los efectos demoledores de la peste, sus economías se desmoronan. Escoja usted. Que se contagie la gente y se mueran muchos a causa de la enfermedad, o se mueran de hambre, a falta de trabajo y de ingresos. Los países arrinconados, de un lado por la crisis sanitaria y del otro por el desplome de los mercados, se han dado cuenta que a dos puyas no hay toro valiente. La reacción de los gobiernos, al segundo problema, ha sido recurrir a las recetas de alivio del laureado economista inglés John Maynard Keynes. A ver si no hemos olvidado del todo los sermones en las clases de postgrado de Economía Internacional y Finanzas allá en la universidad. El curso de economía básica apoyado en un libro de Paul Samuelson, con lectura obligada de Fundamentos de Análisis Económico, contentivo de data estadística corroborando que Keynes tenía razón. Es a Keynes, arquitecto de Breton Woods, a quien sus fieles discípulos partidarios de la intervención, queman incienso, arguyendo que los mercados no logran los correctivos por sí solos.

Sin embargo, la cátedra –para beneficio o tuerce nuestra– la dictaba un acérrimo seguidor del célebre Premio Nobel, Milton Friedman, de la escuela de Chicago. Los monetaristas, aunque también partidarios de llevar equilibrio económico a los mercados utilizando políticas fiscales, no tenían fe que fuese el santo grial. Argüían que Keynes se había equivocado al dar poca atención a la política monetaria. Ello es el papel que juega el dinero en la economía. Friedman reinterpretaba la crisis de la gran depresión como un fenómeno atribuible al dinero, no necesariamente a los efectos de la demanda. La inflación, es un fenómeno atado al dinero, no al manejo de la demanda y de lo fiscal. Eso, más o menos, resume el debate entre ambas escuelas de pensamiento. La conspiración contra Breton Wood acabó al desatar el valor de las monedas del estándar oro, trasladando el sistema a un tipo de cambio libremente flotante. La recesión con inflación –estanflación– vino a darle vuelta de carnero al recetario keynesiano. Nosotros, influenciados en la academia por la escuela austríaca de Ludwig Von Mises, no dejábamos de prestar atención, por esas penurias que sufren los pintorescos paisajes acabados, a Raúl Prebisch, Furtado, Rostow y los contemporáneos, Hernando de Soto y Jeffry Sacks. La fregada de la teoría económica es que cada zambullida que ocurre exhibe características novedosas. El pichingo cada vez luce un traje distinto. Las condiciones de ayer difieren vistas a la luz de los efectos de la globalización. Los tradicionales factores de producción rivalizan con las vertiginosas transformaciones tecnológicas.

Aparte, que la propensión de la gente al consumo y al ahorro, sus inclinaciones a conductas previsibles o imprevisibles, obedece a influjos humanos y sociológicos. Entran en juego los sentimientos, miedos, aprensiones y ansiedades. Las sociedades de ahora más que nunca ocupan de terapia. Sospechas si los gobiernos y las multilaterales inviertan el dinero –los sesgos en cómo disponen de los recursos– donde cause mayor beneficio. También los vericuetos de la inequidad. No es ni parecido el comportamiento de los ciudadanos en la era de la revolución industrial que en la época de la revolución tecnológica, lo que dificulta sugerir cuál sea el mejor manejo de los ciclos comerciales. Las prácticas convencionales para introducir correcciones cuando la crisis financiera es producida porque estalla una burbuja especulativa, no son iguales a cuando ocurre el bajón por otras circunstancias. Las palancas disponibles ahora –que requieren de intuición y magia para el hábil y equilibrado manejo de lo monetario y lo fiscal– cuentan con otros mecanismos. No hay consenso sobre cuánto y cómo mover cada palanca. El endeudamiento interno y externo, la colocación de bonos, la flexibilización cuantitativa. La economía y los mercados responden a un sentimiento de confianza o desconfianza de las personas que no siempre es obvia ni fácilmente detectable. Las inequidades producen abismos dependiendo de la naturaleza del trabajo desempeñado y entre quienes sufren más y quienes menos cuando ocurre una terrible sacudida. Cuántos pueden funcionar en forma virtual y quiénes deben hacerlo en cuerpo presente. Así como la inequidad demanda de estímulos, los estímulos, a la postre, pueden acabar produciendo mayor inequidad. Y otra consideración que juega en la ecuación. El sistema multilateral –creado precisamente para responder como resorte frente a los desequilibrios– ha fracasado. No ha reaccionado ni con la creatividad, la diligencia, la efectividad, ni ha aportado las herramientas ni la magnitud suficiente de los recursos que el gigantesco tamaño de la emergencia demanda. Esta pandemia, es otra cosa. Exige otro tipo de respuesta. Ya dijimos que –tengan o no tengan fe en las profecías– los mayas tenían razón. El inicio y el fin de los ciclos de la humanidad. Hay un AC y un DC. Antes del coronavirus y después del coronavirus. (Continuará).

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