Políticos, gobierno y caprichos

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MA
/ 28 de julio de 2020
/ 01:10 am
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Políticos, gobierno y caprichos, Juan Ramon Martínez

Derivado del adjetivo polis, –el término política es de Aristóteles, en su obra homónima–, y “que se refiere a la naturaleza, funciones, las divisiones del Estado y sobre las varias formas de gobierno, predominantemente, en el significado de ciencia de gobierno, es decir de reflexión, sin importar si con intenciones meramente descriptivas o incluso participativas”. (Norberto Bobes y Nicola Matteucci). En la práctica, la política es la búsqueda y ejercicio del poder. Y este es, según Hobbes, “consistente en los medios, para obtener alguna ventaja”: o al decir de Russell, “el conjunto de los medios para conseguir los efectos deseados”. En realidad, el poder es la relación entre dos sujetos, en que uno, impone su voluntad al otro. Para efectos nuestros, el poder se ejerce entre quien tiene los medios –el gobierno– y los ciudadanos, que, en términos democráticos, aceptamos el dominio de este, por su legitimidad. De hecho, o de derecho. Porque la “dominación” del gobierno sobre los ciudadanos, es consentida. Pudiendo ser, criticada, revocada, por la ley; o por la sublevación, como lo señala la Constitución.

Pero como la finalidad de los medios, no tiene carácter particular, sino colectivo; la legitimidad del poder también está garantizada por la eficiencia del uso de los medios, para alcanzar el bienestar general. Por eso es que, el gobierno es el gerente del bien común. Y cuando este gerente es incompetente –como está ocurriendo– se produce un cuestionamiento que, el titular del mismo, debe atender, para darle satisfacción a la ciudadanía. Y está aquí, en la necesidad que la misma exprese su opinión sobre la gestión gubernativa, donde juegan su papel los políticos. Lo que permite concluir que, no puede haber buen gobierno, sin buenos políticos.
La situación de Honduras no ha sido; ni es, buena. Y la culpa por los magros resultados, es porque hemos tenido, malos gobiernos y malos políticos. Democráticamente, hay una relación dialéctica hegeliana, entre el gobierno y los políticos, como la que existe entre caballo y caballero. Un mal caballo, en manos de un buen jinete, da mejores resultados que uno bueno, montado por un mal jinete. Villeda Morales, el más listo y urbano de los gobernantes, dijo una vez en el Congreso que, era tan necesaria la oposición, –para tener un buen gobierno–, que si no existía, había que crearla. De forma que, si los resultados del gobierno son malos –y una gran parte del público comparte este criterio, por los actos de corrupción y los escasos resultados observados– la responsabilidad es del gobierno, del gobernante; de la oposición.

Y de los políticos. No defiendo a nadie. Ni al gobierno; o a la oposición. Necesitamos, hidalgamente, aceptar que si queremos salir del marasmo en que estamos –donde el gobierno ha llegado al límite de su incompetencia– necesitamos que la oposición política, se quite los brazos sobre el pecho, y diga, proponga y exija, por los medios legítimos del poder nacional, qué es lo que se debe hacer. El uso de adjetivos –“dictador”, “usurpador”, “cómplice de los narcotraficantes”, “alcohólico”, “ladrón”, “pandillero”, y muchos más– no son suficiente. Eso es, puro barroquismo político. Expresiones de incultura. Necesitamos proponer, alternativas y soluciones. Y como aquí hay tanta “cultura” ganadera rural, dejaremos las citas académicas, para usar metáforas con olor a boñiga. Lo que necesitamos, urgentemente es que, la oposición le tome del belfo al caballo chúcaro; detenga su marcha equivocada, le apriete la cincha, le acomode la “tenedora”; le arregle el sombrero al gobernante, y lo alinee en la montura, para evitar que se caiga de la misma, y concluya normalmente su período.

El fin de la oposición no es hurgar el caballo, para que tire al suelo a JOH. O pedirle al Pentágono que le mande instructivos cómo cabalgar sobre el jamelgo. Y, mucho menos, sentarse plácidamente, a esperar que los actos de corrupción, los errores que tanto daño le hacen al país, den por los suelos con el gobernante y su sombrero. Necesitamos evitar que el caballo bote a JOH. Y, una vez que termine el plazo para aguantar los brincos del equino, encerrar al primero; y desmontar al otro, de conformidad a la ley. Si seguimos creyendo que su caída es, ordenada por los árabes rencorosos, continuaremos, como en el pasado, haciéndole daño a Honduras.

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