Cuando se pierde a quien se ama

Cuando se pierde a quien se ama
ZV
/ 31 de julio de 2020
/ 12:35 am
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¿Vuelven los oscuros malandrines del 80?
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A Jorge Alberto y Jorge Abraham Valladares

Por: Óscar Armando Valladares

El trance tan complicado que estamos todos pasando, agrava el advenimiento de la muerte y las dificultades de los dolientes, quienes a más de asumir en soledad el doloroso infortunio no pueden llevar a cabo las honras fúnebres con la dignidad que merece la persona caída. Desde mediados de marzo, miles son las familias que han tenido que abreviar sus lágrimas y sin lugar a enjugarlas procedido al terraje de sus seres amados, víctimas del azote pandémico incontrolado, de una dolencia repentina o de un padecimiento terminal. A causa del llamado alejamiento social, el círculo de padres, hijos, esposos, hermanos se ve impedido de compartir la pena, de corear sus creencias, de participar en las exequias, de atemperar la desesperación del que más sufre, de expresar el mensaje más congruente con el drama, de dar y recibir el abrazo oportuno.

Difícil es, en verdad, aceptar que aquel ser tan especial -que hemos tenido con nosotros, que hemos amado y nos ha amado por igual, partió al seno de la madre tierra trocando las alegrías en tiempos de pesadumbre. A buen seguro, entre él o ella y nosotros había tantas cosas por hacer y tantos propósitos que tocar y esbozar su realización. ¡Cuántos cumpleaños y encuentros felices quedaron en la vereda! ¡Cuántos hijos se han engolfado al faltarles el consejo de la madre y la protección paternal! Y cuántas personas fallecen día a día, sin que ello sirva de consuelo a la hora de experimentar el hecho en nuestro ámbito, pues la muerte es casi siempre subjetiva y por lo mismo “personificada”. Más todavía: pese a que estimamos improcedente la vieja idea de la inmortalidad, resistimos aceptar la levedad de la vida y, en esa hora suprema, prorrumpimos la amarga queja: ¡Por qué a mi hija! ¡Por qué a mi hermana! ¡Por qué a mi abuelo, si era tan bueno! A veces -aduce una creyente- el dolor es una razón para dudar de Dios, o la pérdida acusa el reclamo de Antonio Machado: “Señor, ya me arrancaste lo que más quería/. Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía”.

Los años y lo que resta atender, acaban por aminorar los efectos de la pena, aunque -claro- los recuerdos no dan lugar al olvido, ni tampoco las imágenes que quedaron impresas. Las palabras que siguen, de Dalai Lama, son aleccionadoras: “Durante los períodos de crisis, parece imposible reflexionar sobre cualquier significado que pueda esconder nuestro sufrimiento. A menudo, lo único que podemos es soportarlo. Y es natural considerarlo una injusticia y preguntarnos: ¿Por qué a mí? Afortunadamente, sin embargo, en los momentos de alivio o en los períodos posteriores a experiencias de sufrimiento agudo podemos reflexionar sobre él y buscar su significado”.
La física partida de Norma Morazán, madre y esposa de Jorge Alberto y Jorge Abraham, les ha golpeado hasta el fondo, más allá de la congoja que la postración de ella producía en casa. Duro golpe emocional que desde luego impondrá su huella. Pero esa misma alma que se ha ido, les proveerá la fuerza que deberán asumir juntos, para continuar el camino y compenetrarse más que nunca: el hijo siendo lumbre de su padre -por su vista disminuida-; Jorge Abraham, pastoreando a su retoño y al pequeño fruto de él.

Amaron con entrega a la reina del hogar; rodearon su condición con el paciente cuido que sus últimos años requerían. Heredero del bondadoso carácter de nuestros padres, Jorge -en especial- dedicó sus días y desvelos para que Norma trajinara su existencia de la mejor manera posible y percibiera a su entender el amoroso afecto que su esposo le prodigaba y le dispensó sin término.

Hermano: así como Enriquito, Mamatina y Papabán residen en nuestra memoria -en evidencia de que la muerte no nos despoja enteramente de los seres queridos- la evocación constante de quien voló a lo ignoto seguirá en tus sueños, en tu lúcida mente, incorpórea ahí en la silla en que le cantabas y le contabas entrañables historias que la dulcificaban sobremanera. ¡Porque el amor trasciende más allá de la muerte!

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