Dándole las espaldas al cambio

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MA
/ 11 de agosto de 2020
/ 12:42 am
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Dándole las espaldas al cambio, Rafael Delgado

No es una conspiración, tampoco son exageraciones, mucho menos un invento. Honduras avergonzada, resalta en los índices de ingobernabilidad y corrupción. Esto es real, pero no es justo para la gran mayoría de los hondureños que diariamente desde el lugar que les corresponde, en su trabajo u hogar, dan un testimonio vibrante que las cosas se hacen correctamente. Tampoco es justo para la ciudadanía organizada que se ha lanzado en innumerables iniciativas durante muchos años, para frenar el proceso de descomposición social haciendo propuestas para un adecentamiento de la justicia, de la política y los negocios. Sin embargo, los cambios no ocurren señalizando que mecanismos arraigados en la política y en los negocios siguen vivos e intocables maniobrando para dejar las cosas tal como están.

Nuevamente volvemos al mismo punto. El problema se origina en diferentes ámbitos de la vida del país. Pero no cabe la menor duda que uno de esos espacios donde más se han creado las condiciones para que cosas torcidas ocurran, es en los liderazgos políticos del país. El cultivo de las buenas prácticas como ser el respeto a las leyes, saber distinguir entre lo permitido y lo no permitido, entre los valores y los antivalores; aplaudir el mérito y rechazar lo indigno no es lo que ha sido cultivado en los partidos políticos. Todo parece haberse recrudecido en la última década frente a la conspiración del narcotráfico y la infiltración del crimen organizado que entró en la política. Ahora, después de muchos años de manejar los hilos a través de sus testaferros, la política está supeditada a esos intereses.

Hoy en Honduras, el quehacer de algunos políticos no es dirigir al país o al menos intentarlo. Todo se mueve en sospechosas iniciativas de diferente naturaleza que amagan hacer el bien repartiendo por aquí o prometiendo por allá, pero cuyas reales intenciones es mantenerse bajo la coraza de algún puesto público y así lograr inmunidad, para que sus delitos sigan impunes. Lo que les quita el sueño no son las angustias de la gente, sino sus propias angustias, sus temores de quedar expuestos en algún momento al veredicto de la gente o de la justicia.

Lo peor es que esto se ha regado al interior de los partidos políticos, creando una cultura del cinismo. Por eso no es de extrañarse que estén de fiesta porque a Rosa Elena de Lobo le repetirán el juicio; porque a la mayoría de los involucrados en el caso Pandora los absolvieron; porque supuestamente Yani Rosenthal lanzará su candidatura presidencial. El silencio y la indulgencia frente a situaciones que en otras latitudes resultan reprochables marcan la vida política. No hay sanción moral para los delitos de su correligionario, pero sí lo hay para el del otro partido midiendo así las cosas con dos reglas diferentes: al correligionario le tendieron una trampa en la que cayó por buena gente; al fin no fue tanto lo que robó y además todos lo hacen. Sin embargo: el opositor robó descaradamente, es más, siempre ha sido un delincuente y lo seguirá siendo; cometió un robo imperdonable. Estas actitudes son una señal fatal que se envía desde los círculos políticos para el resto del país. Indica que tenemos los problemas, pero que ya desde adentro no hay disposición para cambiar.

Creo que mucho de eso debemos atribuirlo a la falta de capacitación y de formación política. Por ello lo que observamos llegó para quedarse por mucho tiempo. Como siempre la educación hace la diferencia. Gente conocedora de su historia, sensible frente a los problemas, formada con valores y principios, motivada para hacer cambios, crean mejores ambientes. En definitiva, por allí empieza y termina el mejor mecanismo que protege a las sociedades y a sus instituciones, para que, si el delito acecha y entra, pronto se convertirá en una cosa marginal condenada por todos.

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