Páginas inolvidables de nuestra historia

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/ 16 de agosto de 2020
/ 12:03 am
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Por: Mario Hernán Ramírez

La espaciosa sala de recibo de la lujosa residencia del poeta Óscar Acosta (Q.D.D.G.) ubicada en la colonia Alameda de esta capital, sirvió de marco para reunir a un selecto grupo de amigos suyos, casi todos de afi liación liberal, dicho sea de paso, para darle la bienvenida al ilustre compatriota doctor en historia y literatura Carlos Contreras, quien tenía alrededor de cincuenta años de no visitar su tierra.

Entre los asistentes se encontraban los abogados Max Velásquez Díaz, Gautama Fonseca Zúniga (Q.D.D.G.) y Efraín Moncada Silva (Q.E.D.); doctora Olga Joya, el propio señor Contreras, el anfi trión y quien suscribe.

El ameno convivio se prolongó por espacio de tres horas y media, período en el cual, por supuesto, se disfrutó de un exquisito almuerzo y deliciosas bebidas dulces y espirituosas; oportunidad que fue aprovechada para tasar el pensamiento alto de los concurrentes y, sobre todo, las experiencias del agasajado doctor Contreras, quien sirvió cátedra en las materias que él dominaba en diferentes universidades de los Estados Unidos de América.

Lo anterior viene a relación a raíz del fallecimiento de la ilustre dama Isabel Salgado, amantísima esposa del consagrado artista Mario Castillo, quienes guardaban una excelente relación amistosa con el poeta Acosta y con algunos de los asistentes.

Al referirnos al fallecimiento de la exquisita soprano Isabel Salgado, lo hacemos para ponderar las voces de los también intelectuales Emilio Fonseca Batres y Jubal Valerio Hernández, quienes le dedicaron sendos artículos a tan destacada dama que con el privilegio de su voz honró tanto a la patria que la vio nacer y que nos abandonó a la respetable edad de noventa años. Y es que, Emilio, es hijo de Gautama Fonseca y heredó su talento, el que ha sabido cultivar en el arte, la cultura y la ciencia, al igual que su padre; en cuanto al abogado Valerio Hernández, es otro ciudadano ínclito de meritísimos reconocimientos por su sostenida labor cultural orientada a los diferentes temas que apasionan a la humanidad, sobre todo la música, de la que es un fervoroso admirador e intérprete.

Todo lo anteriormente expuesto se nos ocurre ahora que cuatro, de los siete mencionados ya partieron al más allá, es decir Acosta Zeledón, Zúniga Fonseca, Moncada Silva y Contreras Aguilar, quedando para contar la historia la doctora Joya, el jurisconsulto y diplomático Velásquez Díaz y este servidor.

Aquí hacemos un paréntesis para recordar que el esposo de “La Alondra de Centroamérica” como muy bien la ha llamado Jubal Valerio, el maestro Mario Castillo realizó entre sus grandes obras un retrato de cuerpo entero del egregio Juan Ramón Molina, el cual fue adquirido por el poeta Acosta y guardado celosamente entre sus mejores reliquias, que suponemos sus herederos protegen con igual celo.

Hay otro aspecto que recordamos de la interesante tertulia de esa memorable fecha que ya traspasa los veinte años, cuando don Carlos Contreras recordó con mucha tristeza el día en que falleció trágicamente el general Mariano Bertrand Anduray, en las inmediaciones del municipio de Curarén, F.M. en 1948, cuando algunas comunidades del país se habían levantado en armas contra el régimen imperante hasta entonces, en protesta por la imposición del candidato presidencial del partido en el gobierno, suceso sangriento que don Carlos, que acompañaba al general y escritor Bertrand Anduray, al hacerlo se desbordaban en sus ojos lágrimas de dolor, pues él era un ferviente admirador de aquel valiente intelectual, cuya vida habrá que recogerla en páginas de oro, para que la hondureñidad conozca su real contenido, en toda su dimensión.

Otro paréntesis digno de conocerse es que allá por 1986, asistimos al Primer Festival Latinoamericano celebrado en la República Federal de Alemania, evento en el cual tuvimos la agradable oportunidad de escuchar tres de las siete conferencias que el consagrado novelista Mario Vargas Llosa dictó en esa oportunidad en diferentes ciudades de aquella gran nación, en los que, dicho sea de paso, se le pagaron diez mil dólares por cada conferencia. Óscar Acosta, en esa época fungía como embajador de Honduras ante la Santa Sede, desde donde fue invitado también para dictar dos conferencias, coincidencia que sirvió para que nuestra embajadora de por entonces, una guapísima y muy talentosa compatriota, hija del recordado ingeniero Federico Mejía Rodezno, nos invitara a Óscar y a mí a una suculenta cena en un restaurante argentino en la ciudad de Bonn, donde disfrutamos de las atenciones de tan distinguida dama, la que al momento de pagar el consumo, notamos que la cantidad era un poco elevada, por lo que le dije a Óscar que contribuyéramos con algo, a lo que él me contestó que, se notaba que no conocía los vaivenes de la diplomacia, pues ese dinero le sería reintegrado a ella por la cancillería como gastos de representación.

Y así, vivimos uno de los días más excitantes de nuestra larga gira por aquel gran país, invitados por su gobierno, para participar como delegado del Ministerio de Cultura y Turismo de aquella época en representación del señor ministro profesor, escritor y diplomático Víctor Cáceres Lara, quien por sus altas responsabilidades delegó en mí semejante distinción que se prolongó por espacio de cuarenta y siete días.

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