A “sol y agua” esperan noticias afuera de los hospitales

ZV
/ 17 de agosto de 2020
/ 05:20 am
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A “sol y agua” esperan noticias afuera de los hospitales
Bajo el sol, la lluvia y a la intemperie pasan los familiares de los pacientes COVID-19 en las afueras de algunos hospitales en la capital.

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Escenas de tristeza, preocupación, impotencia y dolor viven los familiares de los pacientes COVID-19, en las afueras de diferentes hospitales capitalinos, tras cinco meses de la pandemia del coronavirus en Honduras.

Hijos, padres, madres y abuelos lloran de la impotencia y la deshumanizada forma en que las autoridades han actuado, al no habilitar un espacio para quienes están a la espera de noticias de sus parientes internos por COVID-19.

En las afueras del Hospital Escuela Universitario (HEU), los desesperados familiares permanencen, algunos sentados en sillas alquiladas a quienes ven la oportunidad de hacer un negocio, a costas de la pandemia y la necesidad de la gente.

Los que tienen menos recursos, se sientan en las aceras y cuando no hay cupos, los cansados familiares se arriman a los portones esperando noticias de adentro del hospital. “A sol y agua” permanencen los acongojados parientes -sobre todo, aquellos que vienen del interior del país- sin comer, sin ir a un servicio, que también es alquilado. Mientras los afectados son atendidos en una carpa, donde funciona el triaje para pacientes COVID-19.

Amparo Reyes Mendoza, una ama de casa originaria de la aldea Concepción, en el municipio de Alugarén, Francisco Morazán, pese a sus limitaciones económicas viajó hasta la capital para que su madre recibiera atención médica por complicaciones asociadas al coronavirus.

“Como pude me vine con mi madre, es una mujer de 84 años que se complicó y se supone que es por esa enfermedad, no me le han hecho pruebas pero lo que ella tiene y siente dicen los doctores que podría ser eso”, dijo.

“Ya tiene más de 11 días, y la llevamos a Infop y ahí no había nada y nos mandaron para acá, y me dicen que le tengo que comprar un chimbo de oxígeno si me le dan el alta, y yo cómo voy a comprar algo así”, detalló Amparo, entre lágrimas.

Aunque la tienen del “timbo al tambo”, es lo menos para la entrevistada de LA TRIBUNA, cuyos ojos son iluminados por las lárgrimas que le brotan. Entre sus manos carga una pequeña bolsa negra, con jugos (agua y azucar) para “matar” el hambre, mientras espera noticias de su progenitora, que está positiva por COVID-19.

Amparo, como muchos otros permanece todo el día en las afueras del hospital bajo el sol, pagando 10 lempiras para poder usar un sanitario en algunos de los locales de los alrededores, cuando la gente está de buena gana y le da acceso.

“Uno pasa aquí bajo el sol en algunos momentos, y en los últimos días hasta bajo la lluvia, debería haber un lugar para los familiares que seamos pobres no quiere decir que no sintamos”, recalcó Amparo.

De esta forma, Amparo, ha pasado alrededor de 15 días en las afueras del hospital, sin poder ver o hablar con su madre, en la incertidumbre, solo con lo que los médicos le dicen, “que está mal, pero estable o que está grave, pero estable”.

Amparo, como otros parientes, no tienen a nadie que les dé posada en la capital, permanecen no solo expuestos a las inclemencias del tiempo, sino que a la delincuencia que merodea las afueras de los hospitales, abusando de la gente que de por sí, ya está amolada por la pandemia.

Algunos buscan algún albergue, pero no hay ninguno donde se puedan quedar, el más cercano al HEU es el de la Fundación Abrigo, pero este está lleno de pacientes oncológicos y renales que se tuvieron que la pandemia no les permitió regresar a sus lugares de origen.

Pero, el primer inicio de la reapertura económica dejó contagios que ahora tiene a la hermana de Carlos Alvarado (37), conectada a un chimbo de oxígeno y bajo una alta supervisión médica por tener padecimientos de base.

“Yo trabajo en una panadería, a los días de haber iniciado a trabajar, empecé con algunos síntomas, me hicieron una prueba salí positivo y me dieron el tratamiento MAIZ, pero no me ayudó casi nada”.

“Después me dieron otros medicamentos, y ahí ya tuve un cambio, pero ahora mi hermana está mal, está en la carpa con oxígeno y ella es diabética”, lamentó Alvarado.

Ellos viven en la salida a la zona sur de la capital, y buscaron atención en el triaje que funciona en la Universidad Católica de Honduras (Unicah), y de ahí fueron remitidos al HEU.

“Yo vengo en la mañana, y como a la una de la tarde los doctores salen a decir cómo está cada paciente, y llevarles si uno les trae algo, pero no los vemos, pero uno tiene que estar en esas sillas que tiene aquí los vendedores o en estas aceras”, relató Alvarado.

Con el rostro desencajado y lleno de dudas, este hondureño permanece todo el día sentado a la espera de noticias de su hermana, pese a que él aún no se recupera por completo del coronavirus, que ha cobrado la vida de cientos de hondureños.

El hombre de tes blanca, pero quemado por los rayos del sol, ya que tiene que caminar varios kilómetros, desde su casa, hasta el hospital y viceversa, por la paralización del transporte público y por no contar con un medio de transporte propio.

Y otros como el caso del esposo de Suyapa Puerto, una mujer olanchana, originaria del municipio de Salamá, han sido atendidos en clínicas privadas, “donde solo se aprovechan de la gente”, y después de algunas horas o días los remiten a los hospitales públicos.

Su esposo es un hombre de 47 años, que fue atendidos en dos clínicas privadas en Catacamas y Juticalpa, donde su familia tuvo que pagar grandes sumas de dinero y su paciente no tuvo ninguna mejoría.

“Mi esposo es positivo, creemos que se contagió en un viaje que hizo a Juticalpa, y después empezó con varios síntomas. Lo llevamos a una clínica en Catacamas ahí estuvo y no mejoró nada, al contrario”.

“Lo trasladamos a Juticalpa a otra clínica, y ahí le descubrieron hipertensión, pero no mejoró y nos sacaron un dineral, y no importa que la gente gaste pero que vea mejoría, pero se aprovechan”, detalló Puerto.

Esta catracha, con lagrimas en sus ojos y un rostro lleno de tristeza observó como su esposo fue ingresado a la carpa y posteriormente trasladado a una de las salas COVID-19 del centro asistencial.

Para los pacientes los minutos son horas, mientras ven entrar y salir ambulancias con pacientes, o ven llegar a otros pacientes caminando de la mano de sus familiares llorando porque no imaginaron llegar a vivir la pesadilla del COVID-19. (DS)

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