El que no camina derecho nada sabe de derecho

El que no camina derecho nada sabe de derecho
ZV
/ 20 de agosto de 2020
/ 12:40 am
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Por: José Jorge Villeda Toledo

El pueblo era chico… tan chico que alguien inconforme le había agregado un cero al tablero de población que colgaba a la orilla de la entrada principal y que, por lo tanto, se leía: “San Buena Ventura 3,000 seres humanos”. Por deducción, caemos en la cuenta que no eran más de 300. Entre ellos, siempre llamaba la atención un chico que no solo se distinguía en la escuela sino en la calle donde en juegos y adivinanzas no solo era el más osado sino el más “vivo”, le metía miedo a cualquier niño que se le pusiera enfrente, pero con los adultos sabiamente no se metía. Era de cara redondo como la luna llena del once de enero. Su escuela de secundaria era de corte militar porque un gobierno ya muy lejano le había dejado esa enseñanza y un uniforme que no dejaba duda: guerrera azul, birrete y correaje de cuero negro.

En mes y medio, este chico llamado por casualidad Ventura, se recibiría de bachiller. Su sonrisa y mirada tenían algo de maquiavélico y hacía uso de ellas, como armas de confianza para mantener al “enemigo” a distancia. Ventura, en sus ratos libres, le gustaba ascender una cima que estaba a pocos metros de su casa y cobijarse bajo un frondoso guanacaste que le hacía sombra del inclemente sol de todas las tardes. Ahí veía un sueño que le perseguía no solo por las noches sino los días completos… aquel sueño lo veía alcanzar metas de triunfo y de conquista, lejano quizá para los que vivían en aquel paraje olvidado de San Buenaventura, pero no para él, que había recibido de su padre la clara idea del que persevera alcanza… no en balde era un encurtido militar de cerro, de aquellos que empuñaron el filoso machete y las incipientes escopetas de pólvora recargable, obediente al jefe mayor que residía en la casa de gobierno de la capital. “No te dejes vencer, hijo -le repetía- de cualquier problema que la vida te depare y, si por cualquier cosa te bota al suelo, levántate siempre y haz añicos a quien lo haya propiciado”. Ventura creció con esa disciplina que no permitía enemigos, sino solo amigos incondicionales. Y eso llenaba su ego, pero sin saberlo, comprometía su futuro. “Seré presidente”, se repetía. Pero para llegar a serlo tenía que prepararse. La universidad lo esperaba como antesala segura. Sin embargo, ¿qué estudiaría, qué carrera podría ser la más útil para que los demás se volvieran incondicionales? Claro, esa era… ¡Derecho! Esa profesión era la que le podría permitir conocer las leyes y, conociéndolas, sacar provecho de ellas.

Los años pasaron. No le fue difícil verse con el título en sus manos. Vestido con la indumentaria académica: la toga negra de alpaca, aquella misma con la que se veía en su sueño eterno. Sintió un cosquilleo cuando el rector le volteó la borla que colgaba de su birrete… ¡era como si le dieran permiso para comerse al mundo! “Estamos preparados -dijo para sus adentros- ahora a conocer la gente incondicional y alinear a la que no lo fuera”. Poco a poco se fue dando a conocer, incursionó en la política y llegó a presidir el recinto donde se hacen las leyes… desde ahí, le sería más fácil jugar con ellas para ponerlas a su favor. Pero, el partido de oposición ejercía la Presidencia y había que inventar algo para despejar el camino. Y recurrió a algo olvidado y de lo más prohibido: un golpe de Estado, pero novedoso e inconcebible, dado por el mismo partido que ostentaba el poder a su propio presidente y sin remover a nadie más de su cargo. Pero para que no le echaran el “muerto” era necesario hacerse “el vivo”, hizo que alguien de su partido fuera el presidente mientras él seguía asegurando su sueño sin abandonar el mando diputadil. Dividió a la oposición y demandó muchísimos años de gobierno, aunque solo cuatro eran permitidos. Al comienzo de su mandato quiso impresionar maquillando sus promesas, pero estalló la guerra, porque la gente se cansó de esperar algo tan vital que nunca llegó: pan para el hambre, paz para el hombre y armonía entre todos para forjar un país que, en lugar de ser ignorado, sobresaliera.

Ventura volvió cabizbajo a la cima de sus sueños y sintió que era más fácil soñar buscando la sombra del frondoso guanacaste que tanto le había protegido de las más peligrosas tempestades. Volteó hacia arriba, notó lo grueso de su tronco y pensó: “el que mucho abarca poco aprieta” y vio cómo la borla del birrete que lo había hecho sentir el amo del mundo, cayó a sus pies y le enseñó que la supremacía del yo se desborona ante un simpe soplo ajeno. Volvió a ver el tronco y, se estrujó, al ver lo derecho que se empinaba, sintiendo que su mente maquiavélica se enderezaba ante la frase que, de ahora en adelante ante una de las profesiones más derechas del mundo, normaría su conducta: “El que no camina derecho, nada sabe de derecho”.

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