Es el mercado, no Keynes

Es el mercado, no Keynes
ZV
/ 29 de agosto de 2020
/ 12:11 am
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Esperanza para los hondureños
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Por: Héctor A. Martínez
(Sociólogo)

Casi todos los economistas y políticos del mundo occidental -En Honduras también-, adoran el modelo keynesiano por una sencilla, pero poderosa razón: el keynesianismo es la receta perfecta que combina política con economía, es decir, el Estado, y nadie más, se arroga el derecho de distribuir la riqueza de un país según sus intereses políticos.

El Estado keynesiano, por naturaleza intervencionista y protector, nació con la idea redentora de ser el único organismo en toda la galaxia que podía garantizarnos hacer de este mundo un lugar más vivible que el de nuestros ancestros coloniales. También para hacernos felices, sino ¿qué gracia tendría venir a este mundo si no es para ser felices? Bien: la felicidad -piensan los beneficiarios directos del keynesianismo, entre los que se cuentan además de los políticos, académicos, y sindicalistas-, nos la puede obsequiar el Estado si tan solo le otorgamos el poder a una minoría para dirigir nuestras vidas, pero no la vida de los integrantes de la clase alta, sino la de esa masa empobrecida que no sabe cómo diablos dirigir su propio destino, porque no están preparados para eso. Es la misma masa que todo lo acepta sin razonamientos, como bien decía Gustave Le Bon.

La idea “original” de Keynes era buscarle una salida a la crisis de 1929 con una receta que sugería aumentar el gasto público -o sea que el Estado gastara más por la vía del reparto social-, para estimular la demanda agregada, es decir, aumentar la producción, generar empleo y fortalecer el poder adquisitivo de la gente. Keynes lo hizo con la sana intención de sobrellevar la catástrofe, pero una vez pasada esta, a los políticos les gustó la idea de controlar el presupuesto nacional mediante la ejecución de programas de protección social que fueron aceptados con algarabía por su apariencia justiciera.

De esta manera, el Estado keynesiano, o de “Bienestar”, comenzó a inundar cada resquicio de la sociedad a partir de una compleja red de instituciones sustentadas en la mal llamada “justicia social”, una mampara socialista inventada para aparentar la “justa” distribución de la riqueza, pero que, en realidad es un fracaso porque resulta imposible satisfacer las necesidades del cien por cierto de la población. Sino, que lo diga el sistema de seguridad social y de previsión de toda la América Latina. Por otro lado, el Estado interventor, para cubrir de buena fe sus compromisos sociales, tiene que pedir prestado al FMI o poner a funcionar la maquinita de hacer billetes sin respaldo, que, como todos sabemos, dispara la inflación, que es lo mismo que decir un alza desproporcionada de los precios de la canasta básica. Así, el endeudamiento se torna impagable, prolongándose durante varias generaciones que recibirán el impacto de la irresponsabilidad de los políticos de hoy. En el futuro, los irresponsables ya estarán bien muertos.

Tras esta terrible sentencia, la única salida es ser frugales con el gasto público, dejar de regalar tanta plata, generar riqueza mediante la creación de instituciones que promuevan el crecimiento económico por encima de la tasa de crecimiento poblacional, y permitir que los trabajadores accedan al empleo, no por medio de programas gubernamentales, sino a causa de la alta productividad del sector privado. Así se genera riqueza sana y no ficticia, de modo que los ciudadanos ya no dependerían de las dádivas politiqueras, sino del fruto de su trabajo. Y, el Estado, ya no tendría que preocuparse por la pesada carga presupuestaria como sucede hoy en día. De modo que Keynes no es la solución para nuestros eternos males, sino las instituciones que promueven la generación de la riqueza y el fortalecimiento de la economía de mercado.

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