EL SÓLIDO ESLABÓN

ZV
/ 18 de septiembre de 2020
/ 12:26 am
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EL SÓLIDO ESLABÓN

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LO uno, poco a poco, fue llevando a lo otro. La celebración de lo sublime, la exaltación de lo memorable, con el tiempo fue depreciándose hasta caer en licencioso obsequio a la banalidad. De la calidad del derecho a un día festivo que trasciende el eterno pasar de los siglos, a prebenda adquirida para derrocharla en trivialidad. ¿Alguien, en su inquieta curiosidad, habrá reparado sobre las razones que motivaron instituir los feriados cívicos y para qué sirven hoy los asuetos?: Érase una vez, en épocas remotas, un majestuoso reino de ilusión que atesoraba valores imperecederos. Amor a la lectura, respeto a las personas, apego a la ética, admiración a lo propio, más allá de cualquier envidiosa sensación de embeleso por lo ajeno. Se educaba por vocación y se aprendía por ansiedad de saber. El civismo como el deber ciudadano, era calidad inherente de la personalidad; no demandado de nadie como obligación.

Nadie, entonces, ponía en duda la importancia de enaltecer la memoria de figuras excelsas o celebrar con solemnidad su legado de vida. Su ejemplar conducta, su digno proceder, su dechado comportamiento, todo ello, objeto del reverente miramiento de la sociedad. Sus contribuciones intemporales, imposibles de olvidar. Momentos apartados para honrar, en remembranza exclusiva, todos los años. Ya fuese evocación a la fecunda existencia de un prócer, digamos, en la fecha de su onomástico. O fuere el recuerdo, quizás, de una gloriosa epopeya, de un épico acontecimiento, de una legendaria efeméride, acreedora de realce. Ello incluye, regias ceremonias de exaltación. Por supuesto, el ondulante despliegue de la bandera hondureña, acariciada por los vientos; flameando al aire, luciendo en asta enhiesta, sus nítidos colores sacrosantos. La presencia imponente de todos los símbolos, emblemáticos de nuestras tradiciones, de nuestra naturaleza, de nuestras autóctonas raíces, de nuestra identidad. El afinado canto a lo entrañable; la sonora entonación de las vibrantes notas del Himno Nacional. Todo ello en vistoso y armonioso conjunto. Una sinfonía magistral de luz y resonancia, honrando el nacimiento de la patria, como república libre, soberana, e independiente. Pero, igual, puede ser cualquier otra virtuosa consagración. A la proeza o a la heroica hazaña.

La celebración a la narrada anécdota o a la inenarrable obra de alguno de nuestros venerados antepasados. La conmemoración de una fecha histórica trascendental objeto de un especialísimo reconocimiento. Lejanos, casi como difuminados en la sombra del olvido, machacados, como el polvo a la tierra, por el tempestuoso recorrido de tantos años transcurridos, aquellos días distintos a los de hoy. Cuando en las familias, en las escuelas, en la calle, el motivo del feriado cívico era objeto de estudio y de fervorosa exaltación. De inefable vivificación. Una parte vital, insustituible, imponderable de la enseñanza. Instrucción valiosa de precioso quilataje como esperado enriquecimiento a la cultura general. Así, bajo un estro extraordinario de correspondencia, bajo el soberbio manto de mentes despejadas, civismo y patriotismo, se abrazaban como términos yuxtapuestos de un sólido e indestructible eslabón. Eran días de asueto no para hacer de ellos puentes turísticos para el frívolo entretenimiento, sino para dedicarlos a Honduras. Al cuento de su historia, al recuento de su acrisolada exuberancia, al patrimonio espléndido de su heredad.

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