Materia y espíritu

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/ 18 de septiembre de 2020
/ 12:25 am
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Materia y espíritu
Carolina Alduvín

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Por: Carolina Alduvín

La filosofía, palabra de raíces griegas, literalmente significa amor a la sabiduría, está en la base de todo conocimiento y, a través de las civilizaciones que registra la historia, se ha centrado en contestar tres preguntas básicas para los humanos: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo? y ¿a dónde voy? En la búsqueda de las necesarias respuestas, van surgiendo, al menos cuatro actividades propias del espíritu humano: arte, ciencia, política y religión, en estricto orden alfabético, cada cual las ordena conforme a sus valores, convicciones y prioridades; todas, en su acepción más noble, constituyen un camino para trascender la materia y aproximarnos a la divinidad.

El arte se centra en expresar libremente belleza; en general, existen cánones estéticos considerados clásicos, pero igual tiene variaciones relativas a tiempos, lugares y grupos. La ciencia busca la verdad, mediante un método riguroso, implica seguir pasos para arrancar secretos a la naturaleza, resultados que deben ser demostrables y replicables, es un mundo en el que se publica o se perece. La política se ocupa de la vida ciudadana, busca la justicia colectiva y el bien común. La religión persigue la bondad mediante religación con Dios.

En la práctica cotidiana, estos asuntos son un poco menos elevados; el arte, muchas veces representa fortunas para quienes comercian, especulan, o trafican con obras maestras, mientras que sus autores, apenas consiguieron en su momento, sobrevivir al canjearlas por unas monedas, o algo en especie. La ciencia se infravalora, casi se considera oficio de dementes fuera de la realidad, cuando es la base para el desarrollo y bienestar de la sociedad. La política es vista como una fuente de enriquecimiento fácil, de encumbramiento social o de poder ilimitado, mucha gente buena la considera una actividad sucia y despreciable, cuando debería ser abordada con estricta vocación de servicio al prójimo.

La religión, fuera del ámbito de las creencias personales y de las prácticas individuales para relacionarse con lo sagrado, la pregonada por líderes de diversas denominaciones, resulta ser aún más despreciable que la propia política ejercida por corruptos que van solo persiguiendo intereses personales o de grupúsculo; al menos, ellos no tienen la arrogancia de autodenominarse representantes de Dios en la Tierra, como si lo hacen los pastores que sin la menor vergüenza exigen a los políticos del patio, su propia tajada del dinero mal habido, tomado de los impuestos que pagan quienes sí trabajan y producen.

Nuestra Constitución garantiza el libre ejercicio de todas las religiones y cultos sin preeminencia alguna. No contempla religión oficial alguna, aunque tradicionalmente ha habido una mayoría de católicos como herencia cultural del período colonial español. Detrás de las compañías fruteras que dominaron la vida económica del país durante buena parte del siglo pasado, llegaron misioneros de diversas iglesias cristianas evangélicas, se establecieron primero en la costa norte donde comenzaron a ganar feligreses por razones que a las autoridades católicas les vendría bien entender y tomar en cuenta. De ahí se han venido extendiendo a territorios de baja y alta densidad de población. Proliferan las denominaciones, teniendo como factor común la innegable prosperidad repentina de sus dirigentes.

Cumplen con la deleznable misión de tener dormida y sumisa a buena parte de la población, complementan la labor del pésimo sistema educativo que padecemos, de los medios de comunicación que la distraen con política vernácula mañana, tarde y noche; fútbol, telenovelas y series, de las redes sociales. Nadie se levanta y nadie protesta, porque según los pastores, lo que sufren en el mundo material, es voluntad divina y les será recompensado en la otra vida, que la forma de prosperar es diezmando. La fe es algo personal, no debe ser asunto del Estado y mucho menos pagar por ello.

El título de pastores con el que se hacen llamar, lesivo, implica que conducen animales que pastan; puede alegarse sentido figurado, pero así, se está desconociendo el inmenso poder de las palabras. Estos dirigentes supuestamente espirituales, no tienen empacho en demostrar que son adoradores de la riqueza material, que los domina el enemigo que dicen combatir. Apenas uno que otro de ellos se ha demarcado de pretender ser otro parásito del Estado.

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