El “Kratos” del “Demos”

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/ 26 de septiembre de 2020
/ 12:04 am
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El “Kratos” del “Demos”
Esperanza para los hondureños

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Por: Héctor A. Martínez
(Sociólogo)

Cuando éramos “cipotes”, los adultos se identificaban devotamente con los dos únicos partidos políticos existentes, con la misma pasión con la que seguían a los equipos de fútbol de la Liga Nacional. La fidelidad a los colores era la consigna personal: o se era azul del PN o se era rojo Liberal. No había para más, a pesar de la existencia del pequeño e insistente Partido de Innovación y Unidad (PINU), que no ganaba nada porque no lo dejaban participar, hasta el retorno a la legalidad constitucional en 1981 tras varios años de gobiernos militares. Además, la afiliación centroizquierdista del PINU chocaba con el conservadurismo politiquero del “catracho”, dado más a las arengas en los radioteatros que a las propuestas renovadoras.

El día que murió Ramón Villeda Morales, la melancólica cantinela “Pajarito pechito rojo”, una burda adaptación de la famosa ranchera de Pedro Infante “Gorrioncillo pechito amarillo”, aulló durante todo el día por la radio. Recuerdo muy bien a los padres de mis amiguitos llorando a moco suelto, como si se tratara de la muerte de un pariente muy cercano. Años atrás, el día del fallecimiento del general Tiburcio Carías, un acongojado vecino le dijo a mi padre que los tiempos dorados se habían acabado. Así era la cultura política catracha allá por los 60 y los 70.

Lamentablemente las cosas han cambiado muy poco. A pesar del rechazo ostensible hacia los políticos y a los partidos, hacia los procesos electorales y a la “legitimidad” de la representación popular, la gente sigue participando cada cuatro años, apostando por la renovación moral de la política hondureña. La esperanza está cifrada en esa quimérica figura del líder vacunado contra el virus de la corrupción, que pudiera venir a cambiar el orden de las cosas, aunque sea, como dicen algunos, que confunden los fines con los medios, “que robe pero que haga algo por el país”. El origen antropológico de esta resignación nihilista debemos buscarla en la escasa cultura política del hondureño y en el desconocimiento absoluto del contrato social entre el Estado y los súbditos.

El hondureño promedio, aún el formado en las aulas universitarias, supone que el Estado es el responsable de resolver los problemas más acuciantes de la población, incluyendo el combate a la pobreza y la generación de la riqueza nacional para distribuirla a manos llenas. Cree que solo un gobierno fuerte, con un enorme aparato burocrático y un presupuesto descomunal, podría lograr el sueño de la felicidad eterna. De ahí la esencia del discurso político en campaña, fundamentada en las mismas ofertas de siempre: educación, infraestructura, empleo y subsidios, por el simple hecho de vivir en la periferia urbana. Pero, las cosas funcionan al revés: entre mayor es la crisis, más se legitima la existencia del Estado, y más se justifica su presencia en todos los rincones.

Los partidos políticos, muy a nuestro pesar, ofertan ficciones e imposibilidades placenteras, difíciles de cumplir, porque, al final de cuentas, ese Estado en su versión liberal y democrática, no es un instrumento al servicio de la sociedad sino, un fin en sí mismo -como decía Gabriel Zaid-, que crece y se reproduce desmesuradamente. La creencia de que la democracia es el sistema de participación popular en el poder, es tan ficticia como la “Siguanaba” o “La llorona”, fantasías de la tradición mesoamericana.

El “poder del pueblo” no es más que un símbolo de la democracia plebiscitaria: la verdadera -y única-, participación popular que nos ofrece el sistema, es la oportunidad cuatrienal para que podamos sustituir a los incapaces y corruptos, y para que el poder de un partido no se prolongue más allá de lo prescrito por la ley. Al menos, esa es la intención cuando votamos.

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