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/ 29 de septiembre de 2020
/ 12:25 am
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EL ministro de Trabajo, contabilizando las cifras del empleo, declaró: “esta crisis económica es de un nivel nunca antes visto en el país, superior a lo acontecido luego del huracán Mitch”. No es el primero que exterioriza esa opinión. Ya, en otra ocasión, alertamos sobre lo impreciso de basar criterios amparados en ese tipo de comparaciones. Aquella catástrofe –provocada por un siniestro natural– y la crisis presente –consecuencia de una peste sanitaria y el efecto negativo al aparato económico a causa del confinamiento recomendado para evitar el contagio– son dos tragedias de origen, tipo y naturaleza diferentes. Este período de asilamiento y de contracción económica es prolongado. Estas son las cifras oficiales del desempleo: 126 mil trabajadores suspendidos bajo el mecanismo del Auxilio Solidario, 122 mil despedidos y 80 mil puestos perdidos a causa del impacto de la pandemia. Ello es así porque la crisis ha desbaratado empresas, industrias y comercios sobre todo en los sectores urbanos.

En cambio las actividades agrícolas sufrieron menos. Hay cosecha suficiente de granos básicos como suministro de otros artículos comestibles procedentes del campo. Un invierno generoso –no el diluvio de aquel huracán– provee agua bebible a la población. No hay escasez de combustible, más bien bajó el precio de los carburantes. Las exportaciones no se han caído del todo, sobre todo las de café cuyo precio de venta ha mejorado en el mercado internacional. El monto de remesas familiares que ingresan es sustancial, nada comparable a la pequeña suma que el país recibía años atrás. Cosa distinta a la del bíblico huracán, cuando se perdió toda la producción del campo –café, azúcar, frutas, bananos, palma africana, hortalizas, camarones– la gente desesperada emigró a las ciudades que también lidiaban con lo feo de semejante calamidad. En la capital, solo una represa quedó funcionando. Sí, el período de la paralización económica fue distinta. Los momentos de apremio durante el huracán fueron de varias semanas. Para la reactivación de muchas actividades se tuvo que comenzar de cero. La calamidad destruyó la infraestructura de todo el país y destartaló la capacidad productiva. Tierra cultivada y hatos ganaderos. Se desbarataron los caminos, las carreteras, los puentes, los tendidos de telecomunicaciones y los postes eléctricos. La geografía nacional quedó rota e incomunicada. Se cayeron casas y edificios. Se perdieron bienes y capital. La oferta de mercancías a tiendas y almacenes y se malograron las ventas en los mercados. Igual que ahora cayeron los ingresos familiares.

Se arruinaron negocios completos. Los riesgos de contagio sanitario obligaron a la vacunación masiva. Los muertos y desaparecidos fueron más de 35 mil personas, y los damnificados –que perdieron todo o la casi totalidad del esfuerzo de toda su vida–llegaron cerca a los dos millones; para aquellos días la tercera parte de la población. Los expertos calcularon que el país retrocedió 50 años de su avance histórico y tardaría tres décadas en recuperarse. Pero el daño ocasionado fue al país, en lo doméstico. No fue una catástrofe mundial. Razón por la cual –bajo el esfuerzo interno de una sociedad unida en la aflicción y dispuesta a no claudicar–muchos países enviaron asistencia y las multilaterales respondieron con financiamiento. Hoy el sistema multilateral, exceptuando al BCIE y en cierta medida el FMI –lento, carente de creatividad, insuficiente en el desembolso de los recursos, moratorias y salvataje– es una vergüenza. No ha respondido al gigantesco tamaño de los estragos. Otra diferencia sustancial –entonces hubo solidaridad, ahora es sálvese quien pueda– la reconstrucción del país volvió a dar empleo masivo a la gente desocupada. Hoy hay que lidiar con la dificultad de recuperar las empresas y levantar los negocios que generan empleo. Por supuesto que la contracción económica mundial afecta las posibilidades de restauración de lo propio. Ahora no solo es de reconstruir –o de restablecer lo que el viento y el agua se llevó– sino de reinventarse. Son períodos históricos diferenciados. Las calamidades son distintas y requieren de soluciones diferentes. Así que a cada generación le toca cargar con su cruz a cuestas. Esperanzada que la calidad y sobre todo el ánimo de los hombres dé el ancho en cumplimiento de su ingrata tarea.

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