El poder y el miedo

El poder y el miedo
ZV
/ 26 de octubre de 2020
/ 12:01 am
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Por: Dennis Castro Bobadilla
Doctor, abogado y médico forense II Vicepresidente del Congreso Nacional.

He notado, en los últimos tiempos, que aquellos que desean llegar al poder, y los que quieren seguir aferrados a él, se vuelven más “científicos” cada vez, y una muestra de esto es que apelan constantemente a ese mecanismo instintivo de defensa y supervivencia que vive latente en cada uno de nosotros: el miedo. Por supuesto, esto no es algo nuevo, sin embargo, en Honduras se ha convertido en una receta que se aplica inescrupulosamente en muchos ámbitos, sobre todo en política.

Más le conviene al Príncipe ser temido que amado, dijo Maquiavelo, porque los seres humanos son volubles y, si no se les puede hacer el bien permanentemente, se olvidan fácilmente de la gratitud y repudian al Príncipe; pero, si el Príncipe es cruel, será temido, y el miedo al castigo hará que los hombres se abstengan de proceder contra él, de aquí que se mantendrá seguro en el poder. Aunque, Maquiavelo aconseja también que el Príncipe no debe ser tan cruel porque, entonces, será odiado, y el odio es semillero de rebeliones.

En Honduras, desde hace algunos años, se ha implementado la cultura del miedo. Se ha desarrollado una tesis alarmista que llega a las mayorías a través de los medios de comunicación masiva, y ha dado buenos resultados.

La derecha política, conservadora o ultraconservadora, ha satanizado a su eterna antagonista, la izquierda, presentándola como un “monstruo” que está en contra de lo tradicional, de los valores nacionales y del estilo de vida normal de los hondureños.

En los años ochenta el comunismo fue presentado como el enemigo mortal de Dios, de la religión, de las libertades y de la democracia. Se aterrorizó al pueblo con la posibilidad de que los frentes guerrilleros impusieran en Honduras un gobierno totalitario que no solo lo controlara todo, sino, también, que le quitara casi todo a aquellos que algo tenían. En los últimos tiempos, el socialismo del siglo XXI ha sido el fantasma con el que se ha querido asustar al pueblo. Pero, la izquierda también es inteligente. Acusa a la derecha de violar las leyes, de corrupción institucionalizada, de entreguismo al poderío norteamericano, de imponer una dictadura en el país, y aprovecha cualquier escándalo para decirles a los hondureños que si los mismos siguen gobernando, habrá más muertes por delincuencia, más hambre por desempleo, más manipulación de la justicia, más miseria, más emigrantes… Y es el juego del nunca acabar.

Bien dicen que las campañas electorales son como una guerra que se desarrolla exclusivamente en el cerebro del elector. Es al elector al que hay que manipular con información negativa para dañar a unos y con información positiva para beneficiar los intereses de otros, aunque los mensajes sean falsos, incluyan verdades disfrazadas o sean mentiras descaradas.

No me extenderé hablando de la fisiología, de la psicología o de la bioquímica del miedo, pero sí diré que debe regularse desde el Congreso Nacional el mensaje que los partidos políticos envían a los electores en tiempos de campaña, ya que la manipulación colectiva debe ser considerada un delito grave porque induce a la gente, bajo engaños, a querer a uno y a odiar a otro en ese sucio juego por el poder.

Yo creo que la izquierda y la derecha tienen cosas positivas y que sí pueden hacer el bien a las naciones. Y creo, también, que son los actores políticos los que rinden sus frutos en mal o en bien de la sociedad. Sabemos perfectamente que el poder corrompe. Pero, sabemos, también, que el camino al poder está lleno de corrupta malignidad porque manosear el cerebro del pueblo es asqueroso, repudiable, indignante y censurable, aunque a los que se sirven de estas técnicas esto no les importa; buscan el poder, y desean llegar y mantenerse en él sea como sea. A fin de cuentas, la gran mayoría son dignos hijos de Maquiavelo, lo que, en religión sería lo mismo decir que son dignos hijos del diablo.

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