Las redes sociales y yo: pleitos digitales y desaparición de lo cotidiano

Las redes sociales y yo: pleitos digitales y desaparición de lo cotidiano
MA
/ 8 de diciembre de 2020
/ 01:34 am
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Las redes sociales y yo: pleitos digitales y desaparición de lo cotidiano. Federico Rosa

La primera vez que supe sobre Facebook, la idea me pareció baladí, pero me inscribí. Mi interés en ella creció exponencialmente y fui coleccionando “amigos” como puntos en un videojuego, publicando fotos y frases trilladas como que si fuesen noticias de última hora (y decepcionado cuando no se me tomaba en serio o se me criticaba), relatando mis fotos y actividades antes llamadas cotidianas. Naturalmente, viendo las publicaciones de los demás, sufría súbitos ataques de envidia hacia personas con más “amigos” o de personas que publicaban fotos desde Miami o alguna playa exótica más vistosa que Tegucigalpa.

Mi participación se volvió tan agresiva que dos años más tarde, a la altura de la crisis política del 2009, fui, de manera de facto, exiliado del círculo de artistas de Tegucigalpa. Mi posición “política” me tildaba, de manera simplista, de un arraigado fascista y “golpista”, y ellos, los demás artistas, se autotildaban, de manera aún más simplista y aún vanidosa, de heroicos revolucionarios. Perdí varios colegas en este rubro tan escaso y hasta desconocido en nuestra sociedad, en gran parte por mi creciente participación en Facebook. Todo era, al final, me parece, para atención. ¿Por qué quería yo tanta atención? ¿Y de quién? Recuerdo que mi esposa me dijo alguna vez: “al conocerte me gustaste mucho, pero vi tu página de Facebook y luego pensé que eras un idiota…”. Las redes sociales nos convierten, a muchos, en idiotas.

Me imagino que algunos hemos tenido momentos de saturación mental con las redes sociales. Polache, por ejemplo, resaltó hace algunas semanas por publicar un video en su página de Facebook. Aparentemente, leyó los comentarios ofensivos de un par de troles. Estos insultaban su labor humanitaria hacia los damnificados de las recientes tormentas en el país. Sorprendió su rabia y su limitado uso de lenguaje, pero esto se debe a que las redes sociales nos condicionan a querer recibir una recompensa (ya sea un “me gusta”, un halago, un seguidor o “amigo” más, etc.) y detestar las críticas. Las sensaciones negativas duran más, y nos hacen sentir la necesidad de volver, buscando las positivas. Dudo mucho que Polache haya borrado su cuenta en Facebook, que sería lo más sensato, ya que las personas de farándula son presa fácil para los troles. Además, como él afirmó, dar a los menos necesitados es el hecho más importante, no quienes lo vean. Pero, las pequeñas recompensas de unos “me gusta”, de unos halagos, son tan fuertes que regresamos a buscarlos y la memoria borra nuestra experiencia negativa. Y así va la tómbola.

Mis observaciones y razones para hacer hincapié en el daño que hacen las redes son una forma de auto examinación, no de crítica social. Mi hipótesis es que la verdad y la realidad están siendo alteradas de manera irreversible. Mi propósito no es negar las cosas positivas de las redes y subrayar las negativas. Estas se conocen o se pueden conocer fácilmente. Pero ¿nos hemos puesto a pensar por qué y cómo nos están manipulando las redes y sus algoritmos? ¿O de cómo enaltecen la hipocresía, la falta de respeto mutuo, de cómo confunden la realidad con imágenes baladí, la verdad con el rumor, cómo nos roban del tiempo, y hacen millonarios a personas en California, quienes afirman que nuestra membresía es gratis? Las cosas buenas pueden permanecer.

No son gratis, vendemos nuestra atención. Cedemos nuestra necesidad de una conexión humana y nos acostumbramos a fabricar realidades superficiales y anhelar historias falsas de nuestras vidas y hasta envidiar la de los demás. Nos volvemos una máquina adicta a la atención de extraños mediante pequeños corazoncitos o pulgares. Esto no es casual; no es accidente. Es parte de un esquema de negocios que modifica el comportamiento humano de la manera más sofisticada de la historia. Intente no utilizar las redes sociales por una semana y verá que se ha vuelto dependiente. ¿Qué haría usted sin WhatsApp o Facebook? ¿Qué es lo que hacía antes de usar estas aplicaciones? No es una pregunta retórica, ya que hay manera de comunicarse sin redes sociales. Las mismas nos hacen pensar que la vida sin ellas es imposible. ¿En realidad lo es? Las mismas redes nos hacen pensar que efectivamente, es imposible vivir una vida plena sin una plataforma social en las redes.

Lo cotidiano, es decir, las pequeñas cosas como un paseo, una mañana, un desayuno, dar a los más necesitados, una noche con amigos, se han vuelto eventos que necesitan la aprobación de extraños. Esto es un hecho triste, a mi parecer, porque compartimos cosas que antes tenían valor por su significado a nosotros, y ahora, pues necesitamos un corazoncito, un pulgar de personas desconocidas que nos den el visto bueno de cómo vivir nuestras vidas.

Hay numerosos artículos y libros sobre cómo las redes sociales causan depresión en los jóvenes, incluso hasta el suicidio. Hay varias razones por las cuales es más apto comparar las redes sociales a una adicción que a una reunión virtual con “amigos”. Estas son demasiadas para enumerar en un solo artículo, aunque a los interesados sobre el tema, deberían de buscar y leer a Jaron Lanier, Cathy O’Neill y Virginia Eubanks, para ahondar más en él y sus efectos dañinos. Las dos últimas autoras mencionadas, examinan los efectos opresivos y antidemocráticos de las redes digitales en las sociedades más vulnerables.

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