¿Ares O Atenea? He ahí la cuestión

¿Ares O Atenea? He ahí la cuestión
ZV
/ 19 de diciembre de 2020
/ 12:03 am
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Un presupuesto sin política fiscal
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Por: Julio Raudales
Economista y sociólogo, vicerrector de la UNAH.

La discusión del Anteproyecto de Presupuesto de Ingresos y Egresos presentada en días previos al Congreso Nacional por parte del Ejecutivo, me recuerda una recurrente discusión de los sabios griegos en el Ágora: la rivalidad encarnizada entre Ares y Atenea.

Los griegos buscaron siempre en su teosofía, una forma de encarnar sus pasiones y sueños más deseados; por eso dedicaban a sus diosas y dioses templos, oraciones y ritos. Ellos, igual que nosotros, 25 siglos después, buscamos en la trascendencia divina, el Olimpo de nuestras aspiraciones. No en balde Grecia es la forjadora de nuestra cultura occidental; el efluvio de nuestras aspiraciones terrenales o eternas.

Ares, el dios de la guerra era un fanático de la violencia; se destacaba por su férrea disposición al ataque, a la glorificación de la fuerza por sobre el entendimiento, a la apología de la destrucción del enemigo. Su fama era terrible, según Homero, Ares era un asesino sangriento y conquistador de castillos, y la mitología lo retrata como un ser amoral, despiadado y cobarde, instigador de la violencia, mal amigo y peor amante. Aun así, fue el único hijo de Zeus y Hera que accedió al Olimpo. Debido a su propensión a la lucha y destrucción, su hermana gemela y pregonera no era otra que la Discordia.

No es de extrañar que Ares tuviese una enemiga visceral, su hermana Atenea. En efecto, con nadie se llevaba, peor el furioso guerrero que con la diosa de la inteligencia, de la sabiduría y el conocimiento. El dios de la violencia profesaba una gran hostilidad a la ciencia y la cultura. Ambos concebían la guerra de forma radicalmente distinta, él como un fin en sí mismo, ella como recurso de la sinrazón y midieron sus fuerzas en más de una ocasión. Ares la consideraba débil, pero, como dice el refrán, más vale maña que fuerza, y Atenea le ganó siempre la partida.

Atenea inventó el aceite de oliva, la flauta, la trompeta, la olla de barro, el arado, el rastrillo, el yugo para bueyes, las riendas del caballo, el carro y el barco. Fue la primera en enseñar la ciencia de los números y también pionera en cuestiones de cocina, hilado, bordado y tejido. Los romanos la llamaron Minerva, y era la personificación de la sabiduría y la templanza. Además, a pesar de que iba siempre desarmada, era la diosa guerrera por excelencia. Solo que sus armas fueron siempre la razón, las ideas, ¡en fin!, la inteligencia, a despecho de la fuerza del otro.

Su confrontación más célebre se dio en Troya, donde el dios de la guerra sufrió su derrota más humillante. Hera, su madre, le rogó que luchara del lado de los griegos, pero Ares se inclinó por los troyanos, pues Atenea apoyaba a los rivales. Tras herirle Diomedes, cuya mano guio Atenea, los dos dioses decidieron resolver personalmente su pulso en la batalla definitiva de la contienda y Ares perdió.

Nosotros los hondureños, porfiados e indolentes, solo hemos demostrado con el comportamiento de las autoridades, especialmente el de la última década, nuestra sólida vocación por la estulticia y la miseria. Como los ignorantes espartanos, a despecho de florecientes atenienses, apostamos por la fuerza y desconocemos las bondades de la sabiduría. Mala decisión que nos podría llevar, como a Esparta, a la destrucción total.

La continua decisión de las autoridades de reducir la inversión en educación y salud, pilares del desarrollo humano, nos está llevando paso a paso por el camino de la desaparición. Por el contrario, un simple vistazo a las cifras fiscales, nos muestra un incremento de casi 150% en el gasto militar y policial en la última década.

Es cierto, Honduras nunca ha tenido un sistema educativo boyante, inclusivo ni eficiente. Los niveles de escolaridad son los más bajos de la región, la calidad de nuestros profesionales, salvo honrosas excepciones más ligadas a esfuerzos personales que a políticas de Estado, siempre han rayado en lo mediocre. ¿Cómo esperar entonces que las cosas cambien si el Estado, ese llamado a generar el cambio, no cristaliza sus intenciones en un mejor esfuerzo presupuestario?

Todavía es tiempo de cambiar. Probablemente no lo harán quienes gobiernan, si no hay presión de la ciudadanía, pero no perdamos la enjundia; tal vez en los años por venir debamos invocar insistentemente la templada prudencia de Atenea y entonces las cosas empezarán a ser distintas.

juliocraudales@gmail.com

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