Camelot: leyenda y pensamiento

Camelot: leyenda y pensamiento
ZV
/ 20 de diciembre de 2020
/ 12:04 am
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Por: Segisfredo Infante

Recuerdo, más o menos, que uno de los más importantes filósofos alemanes del siglo veinte, expresaba que “el lenguaje es la casa del ser”, y que los guardianes de esa casa son “los pensadores y poetas”. Nosotros podríamos añadir que cuando los guardianes se descuidan o son orillados por circunstancias dramáticas, el lenguaje y “el Ser” son atropellados continuamente, por entes individuales o grupales malcriados, exhibicionistas o con egolatrías desorbitadas. Por eso los filósofos genuinos nunca deben bajar la guardia, ni tampoco caer en las trampas de los provocadores de ocasión.

Durante los comienzos de la “Alta Edad Media”, imagino que los celtas irlandeses y británicos, hicieron un nuevo aporte a las ideas de “República” y “Democracia”, que venían desde el Mediterráneo, con lo nuevo del Rey Arturo, la ciudad encantada de Camelot y los caballeros de la “Mesa Redonda”, la cual se convirtió, con el paso del tiempo, en un símbolo de la cultura occidental. Detrás de cada leyenda bien puede existir un trasfondo histórico real. En los poemas de Homero encontramos una historia entrelineada de la civilización micénica o egea continental, y de algunos emplazamientos arqueológicos de la Troya antigua. A la par de la leyenda de Lempira, en lo que hoy es el occidente de Honduras, encontramos al Lempira de carne y hueso que se enfrentó, personalmente, a Francisco de Montejo y a Rodrigo Ruiz.

Las leyendas edificantes forman parte de las tradiciones populares. Sin embargo, no son ni pueden ser historia rigurosa para nada. Son apenas una bonita señal de sucesos históricos que se pierden en la bruma de los siglos. Así la leyenda del “Rey Arturo” ha llegado hasta nosotros por varias vías. Primero por el cine, con diversas películas que se aproximan al tema. Luego por medio de la literatura medieval. Sobre todo de las novelas e “historietas” de caballeros andantes que se escribieron y difundieron en la “Baja Edad Media”, es decir, en la época del arte gótico. Me encanta, por añadidura, un largo ensayo de Mario Vargas Llosa cuando aborda el tema de “Tirant Lo Blanc” y otros textos relacionados con la caballería valenciana. Pero no me gusta para nada cuando Vargas Llosa escribe superficialidades sobre filosofía, con el propósito de ridiculizar a la gran Filosofía continental europea, ridiculizándose, al final, a sí mismo. Es como si alguien pretendiera rebajar hasta el suelo a la gran Filosofía de la Grecia Antigua, sólo por estar a la moda del anti-historicismo de un escritor cuyo nombre, por ahora, prefiero “cubrir con un piadoso manto de silencio”.

Se presume que Arturo (o “Artorius”) era un “jefe” galés-británico que defendió su terruño contra los invasores sajones. Pero también se presume que era de origen romano, de los pocos que quedaron subsistiendo en la gran isla. Sea como fuere se trata de un personaje cuasi mítico rodeado de caballeros relucientes que se reunían alrededor de una mesa redonda dentro del castillo de Camelot. La noción del “primus inter pares” (el primero entre los iguales) de la mesa redonda del jefe Arturo, fue rescatada en la época realmente histórica del emperador Carlomagno y sus “Doce Pares de Francia”, que amén de tratarse de un hecho histórico concreto, fue llevado a la literatura mediante diversos textos, unos con respaldo histórico y otros fraguados en la ficción. Esta idea de la igualdad entre compañeros políticos, poetas y guerreros, es algo que se ha desvanecido en el mismo contexto de las democracias occidentales.

No hay que olvidar que Carlos Martel (abuelo de Carlomagno), fue el primero en enfrentarse a la invasión “indetenible” y asoladora de los musulmanes sobre Europa continental. Luego el mismo Carlomagno y sus “Doce Pares de Francia”, se enredaron en vagas escaramuzas con los vascos y los musulmanes, quienes se apoderaron, a sangre y fuego, de más de la mitad de la Península Ibérica. Ahora los musulmanes anhelan apoderarse de Europa construyendo mezquitas por doquier, sobre todo en Francia e Inglaterra, sin permitir, como reciprocidad pacífica, la construcción de nuevas iglesias cristianas y sinagogas en los países del “Cercano” y del Medio Oriente. En este punto la figura histórica del mayordomo Carlos Martel (o “Carlos Martillo”), se vuelve indispensable en la Historia del “Mundo Occidental”.

A la par de todo lo anterior hay mucha poesía. Las leyendas artúricas, el “Cantar de Roldán” y las historias, a media asta, de los “Doce Pares de Francia”, hacen volar la imaginación, tal como le ocurrió al genial Miguel de Cervantes al momento de escribir la primera parte del “Quijote de la Mancha”, gloria refulgente de las letras castellanas, hispanoamericanas y también sefarditas, según investigaciones recientes.

En lo que respecta a la leyenda artúrica recuerdo que Jackelin Kennedy, después del asesinato de su esposo, expresó que John F. Kennedy “era un Camelot”, es decir, un caballero de la “Mesa Redonda” de la democracia hipotéticamente universal.

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