En una fiesta sin festividad

En una fiesta sin festividad
MA
/ 26 de diciembre de 2020
/ 12:39 am
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Un presupuesto sin política fiscal
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Julio Raudales

La Navidad es el domingo del año, la temporada en que como humanos, detenemos el andar de nuestras acciones y rutinas para reflexionar sobre la marcha; sobre lo bueno y lo malo surgido de las causas y azares.

Son días, al igual que los de la Pascua judía o el Ramadán de los musulmanes, que suponemos meditativos. Estamos conmemorado el nacimiento de Jesús, Dios hecho hombre, un hijo del hombre, como se refería Él a sí mismo con suma insistencia.

Sin embargo, nosotros, los seres humanos a quienes Jesús vino a guiar, estamos más preocupados por cosas muy distintas al reino que Él predicaba. Los que venden en vender, los que compran en comprar. Eso en sí no tiene nada de malo. Tanto el comercio como la política surgieron allí, donde no había más que guerra, por tanto, ambos, no la guerra, también son una forma de acercarnos a esa esencia que Jesucristo vino a proclamar.

El comercio pacificó las costumbres, introdujo formas de cortesía, dulcificó el trato social. Pero como escuché decir a un comentarista en la televisión, el 25 de diciembre debería ser declarado el día de Mercurio, dios del comercio, según la mitología romana y no el día del aparecimiento de Dios hecho hombre.

La política por su parte, es (o debería ser) en sí, la forma más deífica en que Él, por naturaleza egoísta Sapiens, resuelve la paradoja de la convivencia en sociedad. Cristo vino a eso, a enseñarnos el camino de la humanización mediante el comportamiento antihumano (antianimal), guiado por la inteligencia en la observancia de sus mandamientos. “Ama al que te aborrece”, “haz bien al que te maldice”.

Parecen acciones imposibles que, vistas desde una perspectiva inteligente, sin duda ayudan a concretar la acción humana en la búsqueda de su desarrollo y, por ende, de su plena felicidad. Eso último concuerda en un 100% con los objetivos de la acción y el trabajo de los políticos.

En resumidas cuentas, y a despecho de lo que muchos críticos de la frivolidad occidental piensan de la Navidad y sus parámetros axiológicos, la verdad es que la temporada resalta en sí, una actividad -el comercio- que soslaya la violencia, busca la unidad y nos hace más humanos. Y al final, si la actividad comercial es tan importante para la paz, debemos concluir que su hermana gemela, la política es tan necesaria como este para alcanzar dicha paz, que es el valor cristiano por excelencia.

Para terminar con la idea, me atrevo a mencionar un pensamiento que para las personas religiosas puede sonar como herejía: Estos días de recordación de la venida al mundo de Jesucristo traen consigo una buena noticia: no es necesario esperar al Mesías, al Cristo. El Mesías -si asumimos como válidos los evangelios- es solo una posibilidad del Ser, cuando a través del pensamiento convertido en espíritu buscamos la presencia de Dios (el Ser total y absoluto) en la verdad parcial y simple de las cosas. Al fin y al cabo, Dios hecho hombre debe ser la forma en que lo trascendente se vuelve alcanzable para la limitada capacidad de nuestros pensamientos.

Parafraseando al gran Baruch Spinoza, nunca accederemos a la totalidad infinita, es cierto, pero a la vez, siempre tendremos la posibilidad de comunicarnos con lo que Es y no solo con lo que Está. Un Ser que nunca veremos en sí mismo, pero que se encuentra en la verdad, no solo de lo que vemos, sino también de lo que no vemos.

Para decirlo con ejemplos: Nadie ve la milésima parte del átomo, pero esa parte existe, es. Nadie conoce los universos del espacio infinito, pero existen: son. Nadie ha visto ni verá a Dios en persona, pero al mismo tiempo lo vemos a cada momento en sus representaciones, sean humanas o no.

Quizás esa y no otra, sea la reflexión que nos debe dejar la Navidad, en especial esta Navidad, la de un año que nos ha desnudado en el absoluto de nuestras carencias. Somos débiles sí. Aún estamos lejos de encontrar ese equilibrio que nos permita construir un futuro amigable con el entorno, tanto el físico como el natural y el humano, pero también estamos dotados de la capacidad de hacer que esa relación funcione para nuestro bien.

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