FUE BULLA

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/ 29 de diciembre de 2020
/ 12:25 am
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LOS días están contados –lee la información en la página del Monitoreo Económico– para el aeropuerto Internacional de Toncontín, que por más de un siglo ha sido la terminal aeroportuaria de la zona central de Honduras, afincado en la ciudad capital”. “El conteo final se debe a la inminente apertura de las instalaciones de lo que será el aeropuerto Internacional de Palmerola programada en aproximadamente 10 meses, de acuerdo al regulador de las Alianzas Público Privadas (APP)”. Para cualquier capitalino la noticia anterior debió ser motivo de tristeza. No solo por lo incómodo de madrugar; ir a agarrar vuelos a un lugar lejano, conduciendo kilómetros
de distancia por una carretera atestada de vehículos –ida y regreso– esperando horas completando engorrosos trámites en la terminal.

Lo primario sería lo otro. La inclinación de todo capitalino –por nostalgia, por cariño a lo suyo, por amor a sus pertenencias– de no perder, y menos dejarse arrebatar, bienes estratégicos de la ciudad. Presumiblemente la autoridad municipal sería la primera interesada en abogar por la conservación de sus caudales públicos. Como guardián de los bienes inmobiliarios de la metrópoli y a la vez tutelar del patrimonio propiedad de todos los vecinos. Sin embargo, por alguna rara circunstancia hay un desapego desafortunado a Tegucigalpa y Comayagüela, de muchos moradores citadinos. Una especie de desarraigo al hogar, como si anduvieran aquí de paso. Ningún afán de mantenerlo limpio, higiénico, bonito, presentable y bien arreglado. (Algo que algunos atribuirían a las migraciones a la ciudad procedentes de municipios del interior o de lugares aledaños. No se sienten capitalinos. Pero ni aún así. Ya que con el tiempo cualquier forastero desarrolla por el lugar que le brinda generosa hospitalidad el mismo afecto que tuvo por su lugar de origen. Así que más bien puede ser desdén atribuible a malos hábitos que se pegan. Que van adquiriendo costumbre. Por patrones de manada copiando la dejadez de otros del entorno comunitario. Resabios que con el tiempo van adquiriendo carta de ciudadanía colectiva. No sabríamos decir. Sería, quizás, tema de estudio interesante de la ciencia sociológica sobre la cual nosotros no nos atreveríamos a aventurar, por sus complejidades).

Ahora bien, la tal cruzada por recuperarle a Toncontín el elevado sitial que tuvo por mucho tiempo dentro de los haberes capitalinos, quedó –como suelen quedar tantas otras cosas– en pura bulla. Las huestes empresariales abanderadas de la causa claudicaron en lo parejo. Agotadas de la feroz campaña emprendida. No hubo un tan solo plantón en las calles. Sin presión poco se arregla. Prefirieron atrincherarse en la guerra de guerrillas de sus chats. Usando el rociador de mensajes que solo sirve para mostrarse en la vitrina de “los buenos” pero que, desgraciadamente, no lee ninguna autoridad competente en la toma de decisiones. No lograron –pese a su afinidad con la autoridad– obtener ni un “pío” de la alcaldía. Ni una palabra de respaldo a la pretensión de no despojar de su grado superior a Toncontín. Se va, una vez abran bulto en Comayagua, con baja deshonrosa y la cabeza agachada. Hubo quien, más bien, se enojó cuando apareció su nombre –nosotros de buena fe creyendo que cualquiera sentiría halago salir citado como hidalgo escudero del bien capitalino– en una de esas columnas que se redactan en broma y en serio. Por allá apareció un diputado figurando con una moción inútil. Una ley
que nunca verá la luz del día. La apangada chocó con el mismo desinterés que tuvo la sepultada segunda vuelta. Así que el vetusto Toncontín va apurado –como entierro de pobre– rumbo a su irreversible fin. Huérfano de defensores. El desamparado aeropuerto tuvo sus tiempos de gloria y fue símbolo del empuje de la ciudad capital. La agotadora lucha por salvarlo fue estéril. Víctima, no en tiempos de cólera –como diría Gabo– sino en los tiempos del coronavirus. Con los distractores navideños y las divagaciones de Año Nuevo, todo se olvida.

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