“WHISKY”

“WHISKY”
ZV
/ 31 de diciembre de 2020
/ 12:33 am
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CAPITALINOS Y EL AEROPUERTOLO DOMÉSTICO Y LA SOLIDARIDAD
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RECORDANDO, con un cuento suyo, al director fundador de LA TRIBUNA, el día de su fallecimiento: No me gustan los animales, pero entendámonos. No es que no me gusten, que me causen repulsión. Quiero decir que no tengo, como muchas personas, esa simpatía que a veces se convierte en hondo y raro afecto familiar por los perros, por los gatos, por los pericos y loros, para hacer de ellos en el hogar algo así como los miembros zoológicos de la familia. Quizás el único animal que me agrada, que me agrada de verdad e incluso que me apasiona y que algunas veces me enloqueció de amor, es la mujer. Sobre todo, si se trata de mujeres bonitas, aún cuando no sean inteligentes, pues considero que el talento es una virtud, que no les hace falta a las mujeres cuando nacieron con la inteligencia, que no necesita ser demostrada, de ser bellas. No estoy diciendo que si son bellas puedan ser tontas. No. Dejemos bien claro este punto. La estupidez convierte a la persona más hermosa en un ser feo y repugnante. Simplemente insinúo que carezcan de talento. Creo –no estoy seguro– que fue Óscar Wilde quien dijo que el genio de las mujeres radica esencialmente en su belleza.

Esa devoción de las mujeres bonitas se reveló en mí más temprano que en los demás hombres, cuando se vive en la indefinible frontera de la niñez y de la adolescencia. No es culpa mía. Es que así soy. Y cuando uno es de determinada manera no hay modo de ser de otra distinta. ¡Genio y figura hasta la sepultura!, –dice un viejo refrán–. Tal vez el fenómeno se explique por el hecho de que, desde mi infancia me dediqué con amor al cultivo de las flores, pasión posiblemente heredada de mi madre, quien hizo del jardín, un lindo jardín que ella y yo cultivábamos, su distracción predilecta, pues gozaba admirándolo siempre florecido. Y es que las mujeres bonitas se parecen a las flores, a ciertas flores: tienen la piel –blanca, rosada o morena– suave y delicada como los pétalos de las rosas; y huelen unas a clavel y otras a jazmín, a violeta o a hojas de geranio. Pero no me propongo, en este relato, hablar de mujeres ni de flores, de lo que me gusta, sino precisamente, de lo que no me gusta, es decir, de animales.

O mejor, de un animal: de Whisky, un perrito cuyo nombre era ese… Whisky llegó a mi casa en un día de Navidad. Fue el aguinaldo de la madrina de Augusto, el menor de mis hijos. Cuando aquel 24 de diciembre regresé a mi hogar a las 6 de la tarde, el niño me esperaba ansioso y feliz. Yo le llevaba de obsequio un triciclo que él deseaba y me había pedido desde tiempo atrás. Pero ni siquiera reparó en mi regalo con el cual él había soñado con la intensidad de sus primeros seis años. ¡Mira, papá –me dijo– qué lindo el perrito que me regaló mi madrina! ¿Te gusta? No pude disimular mi contrariedad. Ya dije que no me gustan los animales y que los únicos animales que me gustan son las mujeres bonitas. “–¿Te gusta?– insistió el niño como reprochándome mi disimulo. Se llama Whisky…”. “¿Y por qué? –Le pregunté tratando de esconder un poco mi contrariedad– ¿por qué le pusiste ese nombre?”. –“¡Ah!– Me contestó –porque hace un momento quebró una botella de whisky que estaba con otros regalos al pie del árbol de Navidad–”. Whisky se convirtió desde aquel día en el juguete más atractivo, quizás en el personaje más importante en mi casa no solo para el menor de mis hijos sino para sus hermanos mayores, Roberto y Celsa. Yo, para ser sincero, diré que no lo veía bonito, aunque sí un animal raro. Era negro como el negro plumaje de un cuervo, de pelo largo, crespo y sedoso, es verdad, pero como los animales no son de mi agrado, apenas si le di importancia al aguinaldo que su bondadosa madrina le había hecho al menor de mis hijos. Visto de perfil resultaba difícil distinguir dónde tenía las orejas y dónde la cola, de tan peludo que era. ¡Pero mis hijos decían que era precioso! Lo adoraban y se disputaban entre ellos el derecho de propiedad, de tal manera que tuve que advertirles que Whisky no pertenecía a nadie en particular, sino que era pertenencia común de los tres. Pasó el tiempo y Whisky fue creciendo. Aunque, en verdad, por característica de raza, su estatura no sobrepasó nunca más de 20 centímetros.

Con el transcurso de los meses mis hijos lo querían y lo mimaban más y más, en tanto yo no cambiaba mi actitud indiferente hacia él. ¡Eso es! Mi actitud era de indiferencia no de hostilidad. Sospeché que, si el dueño o los dueños del animalito descubrían en mí hostilidad hacia Whisky, ellos podrían volverse contra su padre y me dio miedo tener en mi casa la animadversión de mis pequeños retoños. ¡Los niños, en sus pasiones o en sus caprichos son verdaderamente tremendos! Una pasión natural contrariada puede, con el tiempo, convertirse en ellos en peligroso complejo freudiano. Pero, de pronto, mi indiferencia hacia Whisky se convirtió en simpatía. Más que en simpatía, en afecto, en admiración, en gratitud, en ternura. Y llegué a quererlo tanto como lo querían Roberto, Celsa y Augusto. ¿Por qué? Las cosas sucedieron así: Un domingo por la tarde cuando leía en mi biblioteca, oí en la calle una mezcla confusa de gritos infantiles y ladridos. Distinguí con precisión la voz de Augusto profiriendo malas palabras y los ladridos de Whisky. Salí a ver qué sucedía: mi hijo menor peleaba con un compañero y mientras se defendía como un león en el suelo, Whisky atacaba, también como un león, al adversario de su amo. Ante mi presencia terminó la lucha entre los dos niños y vi a Whisky como tratando de curar con la lengua un rasguño que como trofeo ganado en la riña mi hijo tenía en la mejilla derecha. Desde entonces me sumé al amor que los tres hermanos y mi mujer le tenían a Whisky.

Y le llegó a Whisky, como también les llega a los hombres, la edad del amor. Se enamoró de una perrita del vecindario. Era, como él, chiquita, color de canela, aunque no peluda. Todos los días se veían en el jardín de la casa de sus dueños, o en el jardín de mi casa. No sé hasta dónde llegaron esos amores, si fueron como los que describen en sus versos los poetas románticos de antaño ya superados por la historia, o como los que vivió y detalla Casanova en sus “Memorias”. El caso es que el hecho no pasó inadvertido en casa. Oí a mis hijos comentándolo: “¡Whisky tiene una novia!”. Y aunque yo lo sabía, ellos quisieron darme la noticia: “¡Papá: Whisky ya tiene novia! ¡Es chiquita y bonita como él!”. Ya era tiempo –les dije– ya está en la edad… Pero un día, cuando la perrita (creo que se llamaba Canela) cruzaba la calle para reunirse con Whisky que estaba esperándola, un carro conducido por un chofer irresponsable y bruto, la mató. Whisky corrió hacia ella y allí se estuvo junto al cadáver tirado a la orilla de la vía pública, quizá llorando en silencio su soledad, hasta que su ama, una muchachita rubia y con sus ojos azules anegados en lágrimas, llegó a recogerla. Yo hice entrar a Whisky a la casa. Fue el principio y casi al mismo tiempo el fin de la tragedia, zoológica por los principales protagonistas de la misma, y humana, fundamentalmente humana, por el sentimiento de dolor que causó en nosotros, los espectadores, que a veces tenemos que ver, asombrados, cómo el drama de la vida de los hombres es similar, en muchos aspectos, al drama de la vida de los animales: Al día siguiente de la trágica muerte de Canela, un sábado, cuando yo llegaba a mi casa encontré a mis hijos llorando. También lloraba mi mujer. Minutos antes un carro había matado a Whisky. Murió en el mismo sitio donde 24 horas antes había caído su novia, la dulce y amorosa Canela. ¿Fue un suicidio? No lo sé. Pues si es difícil escrutar el alma de los hombres más difícil aún es escrutar el alma de los animales. A Whisky lo enterré en el jardín. Tiempo después, en el agujero más o menos profundo donde deposité su cadáver, sembré un injerto de rosa. De todos los rosales que hay en mi jardín el único que se mantiene permanentemente florecido es el que planté en el mismo espacio que le sirve de tumba a Whisky. Son unas rosas blancas, de las denominadas mármol, que en las mañanas dan la impresión de ser de cristal gracias al milagro del rocío que les cae de noche…

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