Honduras, la que creamos

MA
/ 16 de febrero de 2021
/ 01:25 am
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Honduras, la que creamos

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Juan Ramón Martínez

A casi 200 años de la independencia, a muchos les interesa poco la efeméride. Otros, sentimos que lo logrado, nos crea pena y mucha vergüenza. Y para explicarse la situación, recurren a lo fácil: atribuirle la culpa a los demás. Nosotros en cambio, seguimos buscando explicaciones y, poco a poco, hemos descubierto que, la Honduras que tenemos, es la que hemos creado. Las generaciones del pasado lejano, las del reciente y las actuales. Es inmaduro renunciar a tal responsabilidad. Sin desconocer algunos esfuerzos intelectuales e incluso, serios intentos de reformas por Soto, Rosa, Carías, Gálvez y Villeda Morales, entre otros. Pero sin echar a andar al vuelo las campanas, porque los logros son muy mezquinos: somos la nación más atrasada de Centroamérica, una de las más pobres del continente y, de acuerdo con los índices educativos, las metodologías inadecuadas y los retos del futuro, algunos teóricos ponen en duda, que la República de Honduras pase más allá del 2050. En términos políticos, las élites que disputan por el poder, parecen, no tener conciencia de la realidad que enfrentamos. Carecemos de teóricos que, inviten a la reflexión, y el sistema universitario es, poco reflexivo y cuestionador.

Una rápida explicación de lo que nos ocurre, se logra, estudiando lo que han hecho otros países. Estados Unidos, se hizo a partir de estados y una república, Pensilvania. Se unieron y crearon, después de arduas e inteligentes negociaciones, una nación que, desde el principio, imaginaron como grande, diferente, influyente y singular. Nosotros en cambio, procedimos al revés: creamos la federación primero. Y después, los estados, constituidos sobre el concepto de provincias poco integradas, como fue el caso de Honduras, partida en dos grandes bloques antagónicos: Comayagua y Tegucigalpa. Además, en toda la Capitanía General de Guatemala, los conocimientos sobre la ciencia política, eran muy reducidos. O equivocados. Valle decía, con mucha razón, que no estábamos preparados para la independencia y que, debía consultarse a los ayuntamientos, es decir crear una voluntad y conformar un consenso mínimo, para usarla en dirección a la creación de una nueva nación. Pero, privó más el apuro de los criollos por los cargos que tenían bajo control los peninsulares, que el proyecto de construir una nueva nación. No tenían conocimientos de las nuevas ideas. No conocían a Vico y en consecuencia, no imaginaban la potencialidad creadora de la conciencia humana. Creían, algunos, que la razón, podía imponerse sobre la voluntad. Por ejemplo, les era desconocido el pensamiento de Herder, que fuera más allá de Vico, en el sentido que “el aumento de la conciencia humana, tal como se evidenciaba en la literatura y el arte, formaba parte de un proceso histórico, por lo general positivo”. “Vivimos en el mundo que nosotros mismos creamos”. Es decir que, como sostiene Peter Watson, “para Herder era el poder expresivo de la naturaleza humana, lo que había dado lugar a la existencia de culturas muy diferentes por todo el mundo, culturas a cuya conformación, estaba demostrado, también contribuían la geografía, el clima y la historia”. En pocas palabras, el hombre existe, no porque piensa, sino porque crea. Y para esto, como lo va a desarrollar Fichte, el factor más importante en el acto creativo es, la voluntad.

Los fundadores de CA, carecían de ella. El deseo de los criollos, era ocupar los cargos dominados por los peninsulares. Igual que ocurre ahora, sin una propuesta; ni con ninguna voluntad colectiva, para crear una nueva nación, con nuevas instituciones y oportunidades para la población que, tampoco tiene, una voluntad muy definida, porque incluso su conciencia, se satisface con el logro de necesidades básicas y no sabe, cuáles son sus intereses globales. Ni diferencia a sus amigos, de sus enemigos. Y, mientras tanto, evita el trabajo y se entrega, a la cómoda posición con el menor esfuerzo. Fichte en cambio –cosa que ni siquiera discutimos–, creía que “el trabajo, en vez de ser pensado como una necesidad desagradable, se empezó a considerar “la sagrada tarea del hombre”, pues solo mediante el trabajo, en esta expresión de la voluntad, puede el hombre imponer su personalidad definitiva y creativa, a la materia inerte de la naturaleza”. (Watson, 971).
Trabajamos cada día menos. Nos preocupamos menos por crear y, más bien, jugamos a la indigencia para que, los extranjeros, hagan las cosas.

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