SEGUNDERO FATAL

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/ 16 de febrero de 2021
/ 12:25 am
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SEGUNDERO FATAL
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LA nueva administración demócrata está desmontando varias de las medidas de la administración republicana anterior, que castigaban a los inmigrantes. Han ofrecido que esta vez habrá reforma a las leyes inmigratorias, incluso con una ruta a la ciudadanía a cientos de miles de indocumentados. Restituyó el amparo a los “soñadores” y dio una prudente moratoria a las deportaciones. Suspendió, con intención de rescindir, los acuerdos de “tercer país seguro” que Washington suscribió con México y los gobiernos del Triángulo Norte. Sin embargo, las nuevas autoridades advierten que no deben confundir lo anterior a que vaya a haber una frontera abierta. Sin embargo, alentados por la flexibilización en la nueva política inmigratoria en los Estados Unidos –o más bien confundidos creyendo que ello es una puerta abierta a los que llegan– ya se anuncia la formación de nuevas caravanas.

Pese a que la autoridad norteamericana advierte que “este no es momento de venir y la gran mayoría será rechazada”. O bien porque la necesidad obliga. Hay un ejército de desocupados merodeando por las calles. No hay trabajo en ningún lado. Y todavía así, allí están sentados en una mesa tripartita, sindicalistas y empresarios negociando incremento al salario mínimo. Como si las empresas moribundas tuvieran ingresos para aumentos, si apenas pueden con la planilla de empleados, después que muchas despidieron trabajadores para reducir sus costos de operación. Gente de la clase media ofreciendo en venta sus bienes inmuebles o lo que antes tenía como negocio, a un escaso número de compradores. Rótulos de “se alquila” por todos lados sin que haya clientes que los quieran ocupar. Letreros de “se vende” en el vidrio trasero de los automóviles. Disponen de sus activos, a precio de gallo muerto. Sin que haya plan –ya sea de las alcaldías municipales o de algún otro lado– que los asista a subsistir. Tantos son los angustiados hondureños que ya no reciben ingreso, porque perdieron su trabajo, o su negocio fracasó. Se ven obligados a rematar sus líquidas pertenencias. Los que no tienen esperanza de encontrar trabajo –más ahora con la pandemia a tuto, con empresas agonizantes y el desplome de los mercados–empacan su maleta y se van. En una bolsa les cabe la vida. Hasta donde dan a entender los voceros oficiales en Washington, la flexibilización de la política inmigratoria abarca a los que ya viven en los Estados Unidos.

O sea los que ya cruzaron la frontera y tienen tiempo de residir y trabajar allá. Incluso una nueva oleada migratoria podría poner en aprietos a la nueva administración y hasta en riesgo los mayores beneficios ya otorgados. Entorpecer las anunciadas iniciativas a los inmigrantes hispanos pendientes de una resolución definitiva. La portavoz de la Casa Blanca comentó que es un “tema sensible” para el propio presidente, y necesitan “tiempo” para poner en marcha y para implementar “un proceso integral y un sistema que permitirá el procesamiento en la frontera de los solicitantes de asilo”. Están los que ya habían cruzado el lindero que regresaron a territorio mexicano, bajo el programa “esperar en México” firmado por AMLO cuando Trump lo amenazó con sanciones arancelarias. Estos siguen esperando –en refugios de mala muerte– que las Cortes de Inmigración estadounidenses les resuelvan su solicitud de asilo. Washington anuncia que reabrirán los casos de los devueltos a México. A la luz de las consideraciones anteriores, no hay otro remedio a la estampida migratoria más que la creación masiva de empleo. Mientras cae maná del cielo, gobierno y empresarios deben arremangarse las mangas de la camisa y echar manos a la obra. El desempleo es una bomba de tiempo, con pulsaciones de un segundero fatal, que amenaza la estabilidad nacional y que en cualquier momento revienta.

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