No responderle a los inferiores

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/ 19 de febrero de 2021
/ 12:03 am
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No responderle a los inferiores

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Por: Juan Ramón Martínez

En la década de los setenta del siglo pasado, fui a servir varios cursos de Doctrina Social de la Iglesia Católica a Panamá. La mayoría, de ellos, fueron un éxito de participación y entusiasmo. Sin embargo, en el último, me encontré con una dificultad: un alumno, por más esfuerzos que efectuaba, no lograba su participación. No hablaba siquiera y me veía, cuando le interrogaba, con absoluta indiferencia, negándose a responderme. Sin la experiencia que tengo ahora, estuve a punto de perder la paciencia. Pero en una pausa, plantee el problema al resto de los participantes en el seminario. Ellos, me aclararon, en forma natural, que el participante que no respondía a mis preguntas, era porque me consideraba inferior, en vista que era cacique de su tribu y yo, un simple mortal que, no merecía la mínima de sus consideraciones. Se consideraba que, por su posición en la tribu, donde era la figura sobresaliente, era indigno relacionarse con una figura inferior que, además no era siquiera miembro de la comunidad de sus súbditos. Recuerdo esta anécdota, porque ahora –cuando las reflexiones profundas se imponen– muchos creen que las culturas precolombinas eran democráticas y que, los colonizadores, despóticos. De lo primero no hay pruebas, sino que cierta nostalgia del “buen salvaje”. Y un fuerte acento para buscar fórmulas para achacar a los españoles, la culpa de todos los males que pasamos, sin asumir las responsabilidades correspondientes a la condición que modernamente asumimos como seres humanos, creadores de un mundo mejor.

La democracia introduce el concepto de la igualdad que, ya el cristianismo había impulsado y que, desarrollaron los pensadores españoles que crearon las bases de los derechos humanos. Y bajo el concepto del bien común, posteriormente, crearon el concepto que el gobierno –que es una ficción jurídica, que se ha desarrollado en forma exagerada en los esquemas autoritarios– es un servidor, para que el ciudadano, pueda lograr sus objetivos y consolidar su felicidad. El funcionario como servidor, facilitador y cumplidor de la ley, es una conquista reciente. De tan corta edad que, algunos –muchos compatriotas incluidos– no terminan por aceptar que, la autoridad está bajo el control de la ciudadanía y que ellos, tienen la obligación de respetar a las peticiones de sus gobernados, incluso en contra de su voluntad. En Estados Unidos, país en que los ciudadanos eligen a casi todas sus autoridades y que, no hay sino una burocracia profesional que, no cambia con el ingreso de un nuevo presidente o partido al Ejecutivo, las relaciones entre las autoridades y los ciudadanos de a pie, son muy horizontales.

Aquí, junto a ejemplos de nobleza democrática, encontramos conductas infantiles, actitudes autoritarias en que, igual que el cacique de Panamá, que olvidé decir que terminó comunicándose conmigo, por medio de otro de sus subordinados que estaba a la altura de mi condición de inferior, cuando uno se dirige a algunos funcionarios, responden; pero, por medio de otra persona, porque ellos no pueden rebajarse, relacionándose con un inferior. Pasando por alto que, si hay inferior en esta relación no es el ciudadano que, además de la fuente de la soberanía, con sus impuestos paga los salarios, las canonjías de los altos funcionarios de la República, de la que ellos son humildes y mansos servidores.

Hace algunos pocos años, una hermana residente en Estados Unidos, necesitaba un servicio que, por indolencia, carga de trabajo –o sepa usted la causa– no respondían con diligencia debida, una petición consular. Su marido, se dirigió al senador de su Estado y este, a su vez, al lento cónsul en Tegucigalpa. Y este, como corresponde, procedió inmediatamente a resolver la petición que, además, estaba dentro de la ley. En cambio, de casualidad, llegué a conocer la embajada de Honduras en Madrid, cuando el embajador era Eliseo Pérez Cadalso que, aunque me conocía y mantenía con la familia de mi esposa relaciones fraternas, porque fueron compañeros, sin que le pidiera nada, se disculpó porque iba almorzar con el embajador de la República Dominicana.

Estas conductas no las conocen los presidentes. Los malcriados, son zalameros con los superiores. Para el pueblo, las ofensas recibidas, se las atribuyen a los gobernantes que, sin saberlo, cargan con las que, los acomplejados funcionarios le dan, –en un ejercicio de franca inferioridad emocional–, a los ciudadanos.

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