¡A llorar a la Dalia!

ZV
/ 20 de febrero de 2021
/ 12:04 am
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¡A llorar a la Dalia!
Buscábamos en los diarios la cartelera para asistir al cine. Noten el precio de las entradas.

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Hola mis amables lectores en Honduras y allende fronteras. Como relax, otra lectura de sabadito. Las estampas que vivimos las generaciones pasadas, historias e historietas, costumbres, tradiciones y más, eran contadas por madres y abuelas. Se recuerdan de generación en generación.

Todos sabemos que con esta “cosa fea”, más las secuelas de los huracanes que nos azotaron, todo ha cambiado. Es más, por la ley natural de la vida todo es mutante. Nada es estático. Lo que debe cambiar es nuestra actitud a lo positivo ante las adversidades.

Se recuerdan las celebraciones de las ferias patronales y su alegría desbordante por varios días que hacían olvidar -aunque fuera por un tiempo- las penas de la vida diaria, en las circunstancias que estuviéramos.

LA JUVENTUD

Los jóvenes de hoy ya solo no creen, les resulta ridículo, que alguien les hable de “La Sucia”, “El Cadejo”, “Caperucita Roja”, “San Nicolás”. Y muchos otros cuentos e historietas del ayer que, si no eran creídas, las escuchábamos con respeto de boca de las abuelitas.

Hoy, no se comunican entre sí las parejas de enamorados por medio de aquellos papelitos -preferentemente de color rosado- en las que el pretendiente plasmaba sus pretensiones amorosas de noviazgo en gajos de poemas.

De esta manera se “le declaraba” a su amada en el barrio. Días enteros esperaba la respuesta. Y cuando esta no llegaba, era consolado por sus amigos “de la cuadra”. Si era aceptado, se convertía en la comidilla.

Hoy los WhatsApp, audios de voz, videollamadas, mensajitos, (los correos electrónicos ya son obsoletos) han sustituido aquellas viejas pero nostálgicas costumbres. Gracias a la tecnología moderna. Y no precisamente en base a frases amorosas, llenas de ternura, educación y respeto. Como antes.

Las buenas usanzas hacia sus semejantes se han perdido “gracias a la modernidad” (¡!) hasta el grado que para muchos -para ejemplo- la acción que él le abra cortésmente la puerta del auto para que su amada entre, es considerada “pasada de moda” y otros la califican de “ridícula”.

Las parejas, los amigos y amigas ya no fluyen sus conversaciones en amenas pláticas en las esquinas de los barrios y colonias. Uno, por la inseguridad reinante y otro porque, aunque estén juntos… los celulares los separan.

DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN

Estas costumbres han ido cambiando de generación en generación, de familia en familia. Cuenta la historia que legalmente fueron 16 las familias fundadoras de Tegucigalpa que son prácticamente las mismas que 194 años más tarde aparecen en la nómina de vecinos principales que firman la solicitud para que el Real se convierta en Villa.

Los primeros entornos. La población había crecido y tenía una relativa organización política, pero aún no contaba con un diseño urbano. Los franciscanos, habían llegado a finales del siglo XVI y habían fundado un convento dedicado a San Diego de Alcalá.

Vengámonos más cerca. Algunas generaciones todavía recuerdan pasajes de ese ayer. No había semáforos. En el propio centro frente al parque Central, se apostaba aquel policía de hojalata, como les decíamos. “Tapasoles” de lona los cubrían de las inclemencias del tiempo, subidos en sus cajas de madera con la publicidad de un refresco.

Agentes de tránsito que orientaban el tráfico vehicular que no era mucho. La acción era para que cruzaran la calle y sin ningún peligro los transeúntes. Cuando entraban o salían de clases estudiantes del Instituto Central (quedaba a unos pasos en plaza La Merced) la Normal de Señoritas, Normal de Varones, Tegucigalpa y compañía.

LLORONAS

Por otro lado. Muchos recuerdan por ahí cerca, las carretas de los naranjeros que también vendía los famosos “cincos de caña”.

Los cortejos fúnebres a pie hacia el Cementerio General en Comayagüela. Una noche anterior, en los velorios se reunía casi todo el barrio o colonia. A los mayores daban bebida, comida, contaban chistes y jugaban a las cartas. Muchas veces esto incomodaba a los dolientes ya que “se colaban” muchos que nadie conocía en el barrio. Llegaban solo a comer y beber de gratis.

Si el velatorio del difunto era en una funeraria capitalina, una de ellas ofrecía servicios “extras” a lo normalmente establecido. Por si no tenían quien se compungiera de su partida. Contrataban a “lloronas”. Que no eran más que mujeres que con suma facilidad “estallaban en llanto” en medio de la vela. Muchas encima del féretro, exaltando las “cualidades” del difunto.

Aunque ni por cerca lo conocieran, lamentaban su partida a “moco tendido” como se escuchaba en aquel entonces, Pero, para ello se preparaban. Con antelación a la vela, estas damas, que cobraban por “llorar”.

Se acercaban a los familiares para empaparse de su nombre y otros datos que les ayudaría a que la llorada se notara más sentida. Por el “pesar” de la partida del ser “querido”.

A LLORAR A…

Una de estas funerarias que se hizo famosa por estos “extras” se llamó “La Dalia” que operó comenzando el sector de barrio La Fuente de la capital. Luego se instaló más arriba, en la casa que vivió Paulino Valladares que luego dio a paso a un instituto con su nombre.

De ahí surgió aquella famosa frase: “A llorar a la Dalia”, cuando alguien se quejaba de la pérdida de algo. Una jugada de póquer, un juego de lotería, un partido de fútbol…

Ya recuerdas las famosas ventas de ciruelas cocidas para el día de los difuntos. La antigua Farmacia Modelo, en avenida Cervantes, donde nuestros padres compraban las medicinas. Las ventas de madrugada en el mercado San Miguel y Los Dolores, donde adquiríamos café con pan, osmil, poleadas y otros panecillos.

También aquí comprábamos los pasquines de Turok, Batman y Robin, Supermán, La Pequeña Lulú en donde aparecía el anuncio de un atleta llamado Charles Atlas que soñábamos con tener sus músculos para “pintear” con las chicas.

Las famosas enchiladas de “macarrones” (espaguetis)que se vendían en el barrio Casamata. Las galletas de a tres por dos, las moritas de a dos por centavo, guarachas, atoradores, de pulpería “La Fresa” ahí en La Hoya.

Las paletas de “Chico Perico” con su carrito lleno de campanitas cuyos clientes eran los barrios altos de la capital, El Bosque, Buenos Aires, La Leona y demás.

Y…

Las hojuelas de “pingón” que se apostaba en las calles donde los cipotes jugábamos potras. “Los raspados” de don Nayo al que las madres no querían que compráramos porque -enfrente de los “güirros”- se iba al monte a hacer sus necesidades fisiológicas y no andaba agua para lavarse las manos… (¡!).

Después, tomaba el hielo entre sus manos y a echarle los distintos jarabes de colores. Los cipotes no conscientes de tal situación de salubridad, tantas veces desobedecimos los consejos con tal de “saborear” los deliciosos raspados de don Nayo… el mión y cag… como le pusimos… Y nada nos pasó.

Hoy todas estas cosas están guardadas en el baúl de los recuerdos. Que hemos abierto para ti. Para el relax.

Si tienes más que contarnos de tus años mozos las páginas están abiertas. Hemos dejado otra HUELLA imborrable en el pedregoso camino de un ya largo trajinar.

QUE DIOS NOS CUIDE A TODOS

(Comentarios y más a mi correo: cartute@yahoo.es. Y en nuestro FB Carlos Arturo Matute)

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