Discurso de Abel García Cálix pronunciado con motivo del CV aniversario de la Independencia Nacional

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/ 20 de febrero de 2021
/ 01:22 am
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Discurso de Abel García Cálix pronunciado con motivo del CV aniversario de la Independencia Nacional

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Abel García Cálix

Honorable Corporación Municipal:
Señores:

Bien está que hoy, que cumplimos el 105 aniversario de nuestra vida libre, nos reunamos en este salón del I. cabildo de Tegucigalpa, para consagrar un recuerdo a la imperecedera memoria de los próceres, cuyo ejemplo magnánimo ha de darnos valor para sobreponer a tantas miserias, a tantas conmociones sociales, a tanta acometida del instinto como padecemos.

Nunca está de más, en ninguna parte de la tierra, el culto fervoroso a los antepasados. Por el contrario, él ha de ser una de las virtudes medulares de los pueblos que saben, con íntima convicción, que la vida humana carece de sentido cuando el sol de la libertad no calienta sus anhelos, sus dolores y sus pensamientos.

Pero he aquí llegado el instante que nosotros, hijos de la antigua Hibueras, rindamos cuentas sobre el uso que hemos hecho de esa libertad. Porque solo es digno de la libertad -ya lo dijo un gran poeta alemán- el que es capaz de conquistarla día por día.

Si se examina con atenta mirada, el trayecto recorrido por nosotros desde el 15 de septiembre de 1821 hasta nuestros días, habrá de admitirse que somos un pueblo de carácter inquieto, de actividades locas, cuya trayectoria ha ido a parar indefectiblemente a los charcos de sangre. Podrá alegarse, como excusa, que nuestra deficiencia y extravió como nación hay que cargarlos a la cuenta abierta de los cortos años que llevamos vividos. Sin embargo, analiza esa reflexión a la luz de la verdad y la profundidad, se tiene que afirmar que ella está fundada únicamente en el sofisma y en la piedad. Porque, ¿no existen, acaso, en la América española muchos pueblos, tan jóvenes como nosotros, que siguen una recta y honorable línea de conducta? Uruguay, por ejemplo, ¿no representa un caso admirable, no solo como país libre, sino como país organizado, política, administrativa y socialmente hablando? ¿Por qué su pequeña dimensión territorial no es motivo para que sus hijos vivan enrolados en guerras fratricidas, labrando su propia ruina y despertando la codicia de poderes extraños, como sucede entre nosotros?

No hay discusión. Nosotros -por más que nos duela esta verdad- nos hemos dejado dominar demasiado por la influencia del trópico y por el espíritu levantisco de las razas aborígenes. Nosotros solo hemos tenido capacidad para mantener bien alimentada la trágica pira de la muerte; nosotros, desatendiéndonos de la inmensidad del desastre, nos hemos negado a oír las palabras de cordura y de civilización que, por instantes, se han alzado de lo más hondo de nuestra conciencia; nosotros, como Erinas implacables, apenas hemos tenido voluntad para perseguirnos a través del territorio nacional y, en la hora suprema; precipitarnos por la Roca Tarpeya de la insensatez y del egoísmo; nosotros, para decirlo de una vez, no hemos sabido hacer uso de la libertad que nos legaron los próceres.

La libertad, en nuestras manos, ha sido libertinaje, festín pavoroso de caníbales. Durante 105 años que cumplimos hoy de ser independientes, no podemos ofrecer ni una sola década de tranquilidad constante, de trabajo intensivo y de fraternidad creadora. ¡Tan inmensa ha sido nuestra desgracia y tan grande nuestra responsabilidad!

No podemos, en este nuevo aniversario de la Independencia Nacional, ahogar en la garganta estas verdades amagas y tremendas. Preferimos –antes que seguir el camino trillado de los oradores del 15 de septiembre, en cuyos labios han vibrado, con una monotonía sorprendente, el consabido relato histórico y el canto lirico a la libertad, que repiten de memoria hasta los tiernos infantes- alzar la voz para decir; ¡Los hondureños, con nuestros malos actos, hemos ofendido a la libertad; los hondureños, con nuestros desbordamientos de odio, hemos manchado la libertad; los hondureños, con nuestras matanzas endémicas, hemos hecho pedazos la libertad!

Y no es justo seguir por el mismo precipicio de muerte y de ruina. Al confesar la deplorable situación que nos rodea, es con el levantado propósito de hacer un llamamiento cordial, tanto a los compatriotas que me hacen el honor de escucharme, como a los que están diseminados en toda la extensión de la República, a fin de que rectifiquemos nuestra vida y desagraviemos a los ínclitos varones que nos hicieron la sacra dadiva de la nacionalidad.

Bien es verdad que para coronar este gran ideal de elevación humana, es necesario transformar profunda y radicalmente la psicología nacional limando el carácter, limpiando de manchas el espíritu, estimulando el ejercicio amplio, vigoroso y fecundo del pensamiento, haciendo de cada ciudadano un hombre, realizando, como quiere Guyau, el acuerdo de la vida individual, intensa con la vida social más extensa. Es decir: se necesita educar en forma más racional a nuestro pueblo, enseñándole a tener un concepto exacto, y no torcido, de las cosas y fenómenos que atañen a la existencia civilizada y a la patria. Porque la patria y la existencia son fuerza; la fuerza, luz; la luz, inteligencia, pan y guía del género humano. Y para que la existencia y la patria rindan sus frutos sanos y naturales, precisa que se desenvuelvan y convivan en la paz.

En una briosa arenga, pronunciada por el tribuno mexicano Jesús Urrueta, al celebrarse las fiestas patrias de 1908, decía, entre otras cosas: —La guerra tenía sus grandezas; la paz, para igualarla, debe tener las suyas. No debe ser sino otro campo de batalla, con otros enemigos que combatir: el vicio que endurece el alma más que la lucha; la miseria que mata el cuerpo mejor que las balas. ¡Ah, señores, sentirse solidarios en el peligro que pone a desnudo en todos el instinto de conservación y que iguala las vanidades de los grandes con los sufrimientos de los desheredados, es fácil; pero qué difícil es sentirse hermanos en la cooperación de la paz, de la paz que descubre, en los privilegios de la fortuna, los instintos egoístas, más ávidos cuanto más satisfechos, de los mercaderes de cochinos de Chicago, y hacer brillar las maravillas de su industria y de su hijo sobre la clase obrera, medula de la nación, miserable, heroica y divina, que sostiene en sus espaldas el orden social, porque es fuerza y trabajo, y que si se detuviera un momento paralizaría la vida en una angustia infinita….! Y luego, para robustecer su pensamiento, cito aquel célebre grito de Mirabeau, a los nobles, para prevenirles el estallido de la primera huelga general: “¡Cuidado, no irritéis a ese pueblo que lo produce todo y que para ser formidable le bastaría inmovilizarse!”

Pues, bien: hagamos nosotros, señores, de cada ciudadano de Honduras un propagandista ferviente de la paz; porque habiendo paz podremos en afrentarnos con el grave problema de la educación, enseñando a cada hombre rico o pobre, grande o pequeño, que todos estamos en el deber de aportar nuestra cooperación a la obra común que habrá de salvar a la patria. Y esa cooperación ha de ser de clase a clase, de hombre a hombre, de voluntad a voluntad, sin regateos y distingos; pues de otra suerte jamás nos será posible amasar un nuevo organismo nacional, que responda, en primer término, a los reclamos cada vez más distintos, del grande y generoso ideal de la solidaridad humana.

Aunque por momentos lo olvidamos, formamos parte de un conglomerado de pueblos que están elaborando todo un tipo de civilización; y, por esta causa, no solo nos urge aprender a vivir en sosiego, sino estimular a los distintos factores raciales que dan cuerpo y alma a esta generosa tierra que los antepasados nos legaron, en un bello gesto de magnanimidad y heroísmo, a efecto de que cada día se vuelvan más aptos y más espontáneos para adoptar su concurso a esa civilización, que a todos nos beneficiará en común.

Como nación independiente, Honduras está rodeada de todo género de peligros: peligros de carácter internacional y peligros de carácter doméstico. Pero, si no hemos de salirnos del radio de la verdad es indispensable a firmar, con acento categórico, que el mayor peligro que amenaza a la patria lo constituimos nosotros mismos. Nosotros, que por no saber dominar a la bestia bravía de la ambición, nos extraviamos del deber que nos impone el patriotismo, exponiéndola e ella a las mayores angustias y las más arteras acechanzas.

Ahora mismo, que estamos celebrando esta solemne misa cívica, hay amenazas en el horizonte. Aguzad la mirada, clavadla en los cuatro puntos cardinales y os convenceréis de la presencia de rostros congestionados por la codicia o por el odio, que nos miran con vidriosas pupilas de fieras que se preparan para el salto.

Y en presencia de semejante estado de cosas, ¿vamos a proseguir en nuestra insensata obra de aniquilamiento total? ¡mposible! ¡O cambiamos de sistema, haciendo de nuestra vida una fuente tranquila de creación, o pereceremos, para no levantarnos jamás!

Dice el eminente José Vasconcelos, refiriéndose a su tierra de Anáhuac, que la patria será perdurablemente dichosa y fuerte, cuando el Águila devore a la Serpiente; esto es: cuando a la ignorancia y a la incomprensión, sucedan la sabiduría y el amor. A nosotros nos pasa lo mismo. Honduras se mantendrá incólume. Acariciada por los suaves vientos de la fortuna, cuando la fuerza de las ideas se sobreponga a la fuerza del sable; cuando la profesión de trabajar sustituya a la profesión de matar; cuando la paz orgánica reemplace a la guerra civil.

Y para entonces, para cuando esta transformación se haya operado, gracias a la influencia de la voluntad, del interés elevado y de la constante predica redentora, yo os invito desde este momento, ciudadanos, para que celebremos con todas las banderas del espíritu desplegadas y las fanfarrias echadas al viento, los gloriosos aniversarios de la Libertad; pues solo en tales momentos seremos dignos de cantarla, en la lengua y con el júbilo con que la ganaron nuestros amados e inmortales próceres.

SEÑORES:
He tenido el honor de hablar en nombre de la I. Corporación Municipal de Tegucigalpa.

Abel García Cálix
Tegucigalpa, 15 de septiembre de 1926.

Abel García Cálix. (Viernes, 17 de septiembre de 1926) El discurso de don Abel García Cálix pronunciado con motivo del CV aniversario de la independencia Nacional. El Demócrata, p. 1. Tegucigalpa. Año I. Número 168.
Miguel Rodríguez., historiador.

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