Ni pandemia frena venta de sabrosos curiles sureños

ZV
/ 21 de febrero de 2021
/ 05:30 am
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Ni pandemia frena venta de sabrosos curiles sureños
Olga Barahona y su hija Marielo preparando los deliciosos curiles.

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Por: Eris Gallegos

El CUBULERO. Alianza, Valle. Olga Barahona amaneció alegre, limpiando las mesas de su local y con su equipo de sonido encendido. “Marielo” se llama su negocio, en honor a su hija menor, que esa mañana le ayuda afanosamente.

“Los Bukis” cantan uno de esos temas rompe venas. Enfrente, Reina Cárcamo también hace lo mismo, acompañada de su hija que anda de visita de los Estados Unidos y su hermana. Son mujeres hacendosas, divertidas y con un trato especial para el cliente.

A unos cuantos metros adelante de estos dos negocios, Romeo Guevara también limpia mesas y revisa los freezers llenos de refrescos y cervezas de todas las marcas. Cuando se cansa, se recuesta en una hamaca, mientras Ingrid y una amiga que llegó a ayudarle, continúan los preparativos del día.

En la mesa de estos tres negocios hay condimentos para un plato exquisito: Cebollas, tomates, sal, chile picante, salsa negra y, por supuesto, pailas llenas de curiles.

LA CUNA DEL CURIL

Estamos en El Cubulero, la cuna del curil, son casi las 12:00 meridiano y “el diablo anda en pelotas” por el calor del mediodía.

En pocas horas los clientes abarrotarán estos locales hasta terminar el último curil (Anadara tuberculosa, su nombre científico).

Los clientes llegan poco a poco, en parejas y familias enteras. Vienen de todos lados del departamento, incluso de Choluteca, Tegucigalpa y ahora, con el canal seco construido entre Goascorán y Comayagua, también llegan de Siguatepeque y San Pedro Sula, lo mismo que de los cantones (municipios) vecinos de El Salvador, cuya frontera está a pocos kilómetros, separada por el río Goascorán.

“A pesar de la pandemia, la gente sigue viniendo”, dice Romeo, meciéndose en una de las tantas hamacas que tiene en un amplio patio y que resultan una tentación para el cliente, con 35 grados de temperatura. Se siente una brisa marina que no termina de refrescar.

PLATILLO INTERNACIONAL

Por alguna razón, los clientes viajan hasta este pueblo con mucho potencial turístico y donde el magnetismo de la gente y sus curiles terminan cautivando a todo mundo.

Aquí hay toda una cultura alrededor de este molusco, desde su pesca hasta ponerlo en el paladar de los clientes.

Los preparan de todas formas, al vapor, fritos, en arroz, revueltos con huevos, asados o simplemente crudos con cebolla, tomate, limón, como los prefiere la mayoría de la gente.

Se han popularizado tanto, que los piden desde Miami, Houston, Los Ángeles, Virginia, Nueva York y otras ciudades de los Estados Unidos, donde viven muchos hondureños.

Los “viajeros” (comerciantes locales) se encargan de llevarlos por miles mensualmente.

Entre los clientes de Romeo, ha llegado Ricardo Herrera, originario de aquí, pero residente desde hace 30 años en Florida, donde labora en el famoso restaurante Wet Willie’s, en el corazón de Miami Beach.

Le sorprende, dice, la fama del curil y de su pueblo. “No tenés idea cómo prefieren estos curiles de aquí, ahí en Miami, es una locura cuando los “viajeros” llevan para venderlos”, dice, mientras saborea un plato que le ha preparado Ingrid, quien se acaba de estrenar en este negocio.

Para ser nueva, le han quedado muy sabrosos, pero sin llegar al punto que reclama la clientela. Ciertamente, preparar curiles es un arte y aquí son especialistas.

Muchos residentes en Estados Unidos, como Richard, lo primero que buscan, al bajarse del avión, son los curiles de estos locales.

DEL MAR AL PLATO
Se consumen 50 mil semanales

La fama de El Cubulero ha crecido de la mano de los curiles. Es una tradición desde su fundación, hace más de 150 años. En sus calles polvorientas se pueden ver conchas blancas de curiles y cascos de burro. No hay excavaciones, sean superficiales o profundas, que no escondan los vestigios de conchas, usadas también en las escuelas para trabajos manuales decorativos.

Tan solo en el El Cubulero fácilmente se consumen unos 50,000 curiles semanales.

Su valor comercial y gastronómico proporciona además una fuente de ingresos para decenas de familias de pescadores y comerciantes locales.

En tiempos normales, es un carnaval permanente de visitantes los fines de semana.

El delicioso platillo ha sobrevivido a la pandemia y la extinción. La contaminación ambiental del golfo, la captura sin control y el tráfico a El Salvador, donde los pagan en dólares, los tienen escasos y con precios cuadruplicados.

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