TEJIDO SOCIAL

ZV
/ 21 de febrero de 2021
/ 12:58 am
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TEJIDO SOCIAL

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DE primas a primeras podría creerse que se trata de un problema ideológico unilateral, de esos mediante los cuales se desea, táctica o estratégicamente, meterle una chispa al zacatal para que agarre fuego toda la pradera. Podría tratarse de eso, siempre y cuando el tema ideológico sea parte de una visión más integral, en tanto que los problemas en países como el nuestro suelen ser “multidimensionales”, según un nuevo concepto que se ha puesto en boga, en organismos de desarrollo.

No vale la pena discutir, por ahora, si acaso el tejido social hondureño se encuentra profundamente dañado; o sólo deteriorado en la superficie. Lo que debiéramos debatir, con sobriedad, honradez y equilibrio, está relacionado con el mejor camino probable en dirección a neutralizar la continuidad del daño individual y colectivo que ya padece la sociedad hondureña. La simple conflictividad, que por regla general sólo favorece a unos pocos, continuará con ese proceso de descomposición del tejido social que al final de la tarde sólo es un estímulo egolátrico para condimentar la estrategia de la anarquía.

Aquellos que están interesados en polarizar aún más al país, se niegan a escuchar las voces de la prudencia y de la sabiduría. Por desconocimiento histórico, o por bravuconada, sus posibles propulsores pretenden ocultar que las polarizaciones extremas tienden a desembocar en guerras civiles. Y que además las guerras civiles lo único que consiguen es el derramamiento de sangre, hasta de personas neutrales e inocentes, tal como lo ha demostrado contundentemente la experiencia histórica de muchos países.

Honduras, particularmente, posee una larga experiencia de caos, anarquía, montoneras y hasta de guerras civiles, durante la mayor parte del siglo diecinueve y primeras tres décadas del siglo veinte. Se derramó la sangre entre los mismos hermanos hondureños por causa de las intrigas de varios “caciques” (algunos con nivel universitario) que alegaban supuestos derechos en una o en otra dirección. Se levantaban banderillas de la noche a la mañana y se buscaba el auxilio paramilitar en los países vecinos para atizar las montoneras internas. Incluso al referirse a las mismas escaramuzas se hablaba de tal o cual “revolución”, para justificar el arribo al solio presidencial.

Algunos de los jefes que participaron en las mencionadas revueltas, al observar el derramamiento de sangre y la esterilidad de los objetivos egoístas, prefirieron retornar a sus hatos ganaderos, refugiarse en ellos y jamás volver a las ciudades. Otros persistieron en la intriga, y hasta murieron “con las botas puestas”. La explanada de Toncontín, el “Cerro de Juana Laínez” y el “Cerro del Berrinche”, en Tegucigalpa, son testigos mudos de las pilas de cadáveres acumulados por los enfrentamientos fratricidas. El mismo Juan Ramón Molina, en su poema “Adiós a Honduras”, menciona en sus versos las “olvidadas fosas” y las “solitarias cruces”, en donde yacen los restos mortales de sus correligionarios.

No negamos alguna excepción de la regla. Pero las guerras civiles, mayormente, destruyen vidas humanas y pulverizan los aparatos productivos por décadas, generando desempleo, pestes, enemistades y hambrunas. Vale citar recientemente los destrozos espectaculares de la guerra civil en Siria, a la que vino a sumarse una problemática de focalización extrema en el nor-oeste de Irak, con repercusiones ingratas sobre los mismos sirios. El pueblo humilde y los pequeños empresarios de aquel país del Cercano Oriente, han pagado con su sangre, sus vidas y sus bienes, una de las guerras civiles más sangrientas e inútiles de los últimos tiempos.

Por eso es prudente anticiparse a las aves de mal agüero y entregar todos nuestros esfuerzos físicos y morales en dirección a restablecer los lazos familiares y las viejas amistades tradiciones, sin importar las procedencias ideopolíticas, en función de regenerar los valores y el dañado tejido social hondureño.

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